LOS VIEJOS DOMINGOS…
Los domingos eran bonitos porque tenían su encanto.
El abuelo venía y siempre me dejaba un quinto y yo pelaba a la venta de la comadre María a comprar un tarringo chiquitingo de leche condensada. Luego, dos huecos hechos con un clavo y a disfrutar se dijo.
Papá se afeitaba cantando y en la radio a pilas tronaba «El Club de la Amistad» de radio Grigotá.
Casi siempre, el compadre Cossio cruzaba la calle, solo para conversar de algo en un domingo radiante bajo el palto.
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El domingo era bonito por que había fútbol en fecha doble y desde temprano, don Wally Aparicio decía: «Vamos al estadio» y la gente llamaba y daba su pronóstico de resultado.
Y claro, a veces los mayores armaban un picadito en plena calle y uno le hacía barra a su padre; jugaban por «polla» y el partido se definía con «el último gol pa cualquiera y ese gana», aunque estuvieran ocho a cero.
Los domingos eran bonitos por que había comida de domingo y en eso mamá era la tora: Sopa de maní y picante de gallina con su brutal pedazo de lengua como segundo.
El domingo tenía su encanto, porque si de pasear se trataba, la cita era en «La Moliendita», aunque lo más común era treparse a un Jeep que hacía de taxi y hacer malabares entre arenales para llegar a Cotoca a la misa de las siete y después a los sonsos o la patasca o al chocolate con leche, delicias en las cuales son maestros los cotoqueños.
…El problema era la vuelta: La panza te sonaba como cachuela y venías apretando, para entrar como escupido al ñoba y lo más probable era que pillés la frenada de moto que tenías que lavar a escondidas, todo por pura vergüenza y gran dignidad ante tus hermanos mayores…
Y claro, ir al cine, la matinal, y salir con la rapidez de Django, las patadas del boxeador chino o la fuerza de Sansón y Hércules juntas.
Otro nivel eran las tardes en el Piraí, previa caminata por el Jardín Botánico, en una época en la que el agua no te sacaba manchas en el cuero, ni estabas pensando en que del monte salgan los maleantes y te lastimen.
La vida era hermosa con el encanto de las cosas simples.
Éramos felices y recién lo entendemos. Es cojudinga la sabiduría, siempre llega cuando ya la embarramos.
EL ESCRIBIDOR
Fuente: El Escribidor

