Cuentan las crónicas del 12 de diciembre de 1948 que, pocos meses antes de su muerte, el escritor boliviano (Sucre) Carlos Medinacelli, escribía a su amigo Daniel Zambrana lo siguiente: “Si queremos ser nación, lo primero es que vayamos aprendiendo a pensar y expresarnos, en conformidad al genio nacional, al alma, a la raza, al espíritu territorial; porque eso es lo propio nuestro […] Más vale relinchar por cuenta propia que vestirse con las plumas del grajo. ¡Atrevámonos a ser bolivianos!
Al hilo del tiempo. Hay quiénes recordarán a “La Chaskañawi”, uno de los trabajos literarios más emblemáticos de Medinacelli, obra que pasó a convertirse en lectura recomendada para la educación regular boliviana. El libro recoge magníficamente la relación de clases sociales en la Bolivia de mediados de siglo XX. Su estilo, conserva un tono irónico y triste, casi melancólico, enmascarando su pensamiento profundo a través del sarcasmo y la burla, aspectos con los que el autor busca evitar cualquier resultado contraproducente al de sus propias ideas, mucho más en tiempos en los que la discrepancia política, era sinónimo de muerte.
Tras su desaparición en 1949, muchos de sus trabajos quedaron condenados a desaparecer bajo el fino manto del olvido; Mariano Baptista Gumucio, sería el encargado de publicar una recopilación estupenda de la obra y pensamiento preclaro del hombre de letras, el año 1979. Bajo el título de: “Atrevámonos a ser bolivianos: vida y epistolario de Carlos Medinacelli”, mostrando el espejo de la bolivianidad. Aquella sociedad de identidad confundida y trágica, que destaca su contenido psicológico en un eterno desencuentro con los intereses nacionales, pensando más en los intereses de grupo, sin preocuparse por encontrar un fundamento existencial, mostrándose parsimoniosa, desinteresada, solitaria y aislada.
La profunda crisis de identidad del pueblo boliviano en doscientos años – acentuada en las últimas dos décadas –, viene aparejada a una profunda crisis de valores morales, la degradación total de los principios elementales de la ética y el respeto, que se encarga de debilitar el tejido social y los cimientos de la misma. Bajo esa premisa, no puede exigírsele a los ciudadanos que tengan un trato civilizado y de convivencia pacífica. Una sociedad que pierde los valores de conducta ética, conducta moral, está condenada trágicamente a vivir en un caos permanente.
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Una sociedad que es permisiva y tolerante con la corrupción, que acepta vivir en anomia total mientras se pisotean sus derechos, que elige y premia a violadores de niñas con la conducción del gobierno, que elige a partidos políticos que se pasan por el forro las leyes que ellos mismos se encargan de elaborar, una sociedad que naturaliza vivir sin justicia, sin instituciones que la defiendan y encargadas de ejecutar el fraude y el engaño, mientras el silencio cómplice observa el latrocinio grosero que comete el poder político, la expoliación de la riqueza de unos pocos en desmedro del futuro de los muchos. Esta sintomatología debe ser diagnosticada y tratada urgentemente.
Un país sin identidad, donde no existe el Estado de derecho e impera la fuerza bruta e irracional, confrontando a movimientos sociales, sindicatos, grupos gremiales, colectivos y organizaciones políticas en su afán de disputarse el control del poder, coludidos con organizaciones criminales, no goza de buena salud. El diagnóstico: Bolivia está herida en sus tejidos sociales más profundos, penetrado por un discurso irracional de odio. Sufre violaciones y violencia sistemática por parte del Estado y de los grupos de poder que pelean descarnadamente por poseerla.
El Remedio: requiere sin lugar a duda una intervención de emergencia que permita sanar sus heridas; extirpar el cáncer de narrativa adoctrinante y falaz que ha provocado úlceras sangrantes desde hace veinte años. Es imperativo reconducir el rumbo de su destino para recuperar el futuro, puesto que el pasado ha sido cambiado (reinventado, reescrito) y el presente robado de la peor manera. Lo contrario, significará seguir por el camino de países como Argentina, Cuba, Venezuela o Nicaragua.
Mientras el caldo electoral en el año del Bicentenario coge temperatura, Bolivia se desangra lentamente. Al tiempo, los “líderes” políticos todavía no han caído en cuenta acerca del grave peligro que amenaza al país, por lo que insisten (tozudamente) en permanecer en su mundo de realidad virtual. Hace veinte años vista, los “eternos candidatos” manejan la misma receta insípida y desabrida, con los resultados sobradamente conocidos.
En un contexto en el que los “líderes” políticos se muestran incapaces de representar la demanda de los sectores sociales, es imprescindible contar con la participación de alguien que invoque la recuperación de la identidad del pueblo, diferenciándose de los liderazgos populistas que hoy más que nunca no generan confianza ni empatía en la ciudadanía. Con diferencia, Marcelo Claure, el exitoso empresario boliviano, es un “outsider” en toda regla, tratando de romper los paradigmas de la política boliviana. Aterrizado de entornos completamente distanciados de la política, su entrada disruptiva ha alcanzado en los últimos meses un protagonismo que supera – de lejos – los esfuerzos anacrónicos de aquellos “viejos políticos” que hacen política a la usanza de los años ochenta del siglo pasado.
Como producto de la crisis cultural, social, económica y fundamentalmente política de la actualidad, Claure apela a mecanismos de consulta directa en búsqueda de encontrar respuestas que brinden a la ciudadanía alternativas viables de solución al entuerto en el que se encuentra el país, gracias a su enorme influencia en redes sociales y a su labor empresarial. Sin embargo, la experiencia nos muestra que, parte de la población ha sido anulada en su libertad y capacidad para elegir por cuenta propia, delegando aspectos de su vida cotidiana en manos de terceros. Estos sectores requieren certezas, “el quién, el qué, el cuándo”; no necesitan más dudas aparte de las que ya les generan los “políticos de siempre”, por lo que se debe trabajar en ello.
Es bueno recordar que los partidos políticos, con estructura, ideología, militancia, pensamiento, liderazgo, tradición, plan, etc., han sido cambiados por “partidos taxi”, aquellos que se ofrecen al mejor postor. Agrupaciones tan inconsistentes ideológicamente, que se han vuelto un negocio altamente lucrativo para los representantes (dueños), lo que hace aún más complejo decantarse por propuestas (muchas veces inexistentes o mal planteadas), aspecto por el cual el “outsider” (sea o no candidato), más allá de lo consultivo debe proporcionar directrices a la población en tanto se construye un referente identitario y se personaliza el poder.
No dejemos que el desánimo y la frustración hagan presa de nosotros: ¡Atrevámonos a ser bolivianos! Tengamos en cuenta que: “estamos acostumbrados a ver al poderoso como si se tratara de un gigante, sólo, porque nos empeñamos en mirarlo de rodillas y ya va siendo hora, de ponerse en pie”.