Fuente: https://ideastextuales.com



Hoy, un grupo creciente de científicos y filósofos sugiere que quizás haya que seguir abriendo la puerta: esta vez, a las plantas.

La idea parece provocadora, casi herética. ¿Plantas conscientes? ¿Con pensamientos, memorias, intenciones? La ciencia tradicional responde con escepticismo. Pero los estudios del filósofo Paco Calvo, el biólogo František Baluška y las ideas del filósofo Emanuele Coccia abren grietas en el paradigma vigente. En este campo en disputa, lo que está en juego no es solo una categoría científica. Es una manera de concebir la vida, sus jerarquías, y el lugar del ser humano en el cosmos.

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La teoría cognitiva dominante, heredera de Descartes y el computacionalismo del siglo XX, postula que la conciencia requiere un cerebro que construya representaciones del mundo. Según esta mirada, los procesos cognitivos son internos, se basan en el procesamiento de símbolos y se localizan en un órgano central. Las plantas, que carecen de neuronas y sistema nervioso, quedarían automáticamente fuera del juego.

Esta idea no solo tiene una base científica, también responde a una larga tradición cultural que coloca al ser humano –y, por extensión, al animal con cerebro– en la cima de una pirámide evolutiva. Una jerarquía que, como denuncia Coccia, no se basa exclusivamente en datos empíricos, sino en valores teológicos y culturales que privilegian la acción sobre la quietud, el movimiento sobre el crecimiento, la centralización sobre la descentralización.

Frente a esa ortodoxia, el pensamiento 4E (encarnado, enactivo, extendido y ecológico) propone un giro radical. La mente no reside en el cerebro, sino en la interacción activa entre cuerpo y entorno. Desde esta perspectiva, las plantas no son objetos pasivos, sino sujetos activos que perciben, anticipan y aprenden.

El trabajo de Calvo lo demuestra con ejemplos contundentes: raíces que sortean obstáculos, hojas que recuerdan experiencias pasadas, mecanismos de comunicación entre individuos, ajustes finos de comportamiento ante cambios ambientales. Lo más revolucionario es que todo esto ocurre sin un centro de mando. La cognición vegetal es distribuida, emergente y silenciosa. Incluso anestésicos humanos afectan a las plantas, lo que sugiere una integración funcional entre percepción y acción.

¿Y si no fuera necesaria la conciencia como representación interna para hablar de inteligencia? ¿Y si la vida misma, en su capacidad de autopoiesis, adaptación y sentido, ya implicara formas mínimas de cognición?

La idea de una planta que “siente” pone en jaque nuestras categorías. Si las plantas pueden anticipar, si tienen memoria, si se comunican, ¿podemos seguir tratándolas como cosas? Aceptar la cognición vegetal implica no solo revisar conceptos científicos, sino también estructuras sociales, económicas y éticas. Como advierte Baluška, si las plantas fueran conscientes, habría que replantear todo el sistema agrícola tal como lo conocemos, del mismo modo que la ganadería intensiva ha sido cuestionada por los derechos animales.

Por eso la resistencia no es solo epistemológica, sino también política. Aceptar que las plantas tienen mente nos enfrenta a una disyuntiva incómoda. O redefinimos el concepto de mente, o redefinimos nuestra relación con el mundo vegetal.

Los enfoques “E” no pretenden inflar las capacidades de las plantas para igualarlas a las humanas. Más bien, buscan horizontalizar la vida, desinflando la excepcionalidad humana. El pensamiento ecológicoque emerge de estas propuestas no es solo biológico, sino también filosófico y cultural. La vida ya no es una escalera hacia el Homo sapiens, sino una red en la que todas las formas tienen agencia, aunque esta no se parezca a la nuestra.

En esa red dejamos de ser observadores encerrados en nuestro cráneo para vernos como procesos vivos, abiertos, acoplados al entorno. Ya no hay “mente dentro de la cabeza”, sino flujos sensoriomotores que nos atraviesan, como también atraviesan a las plantas.

La discusión sobre la conciencia vegetal es, en el fondo, una discusión sobre nosotros mismos. ¿Estamos dispuestos a abandonar la jerarquía? ¿A vivir en un mundo de sujetos, no de objetos? ¿A reconocernos como una forma más –ni superior ni inferior– de cognición encarnada?

Por Mauricio Jaime Goio