La intimidad como trinchera


Durante siglos, la intimidad fue el hogar natural de la humanidad. Un espacio de reserva donde se gestaban los vínculos profundos, los pensamientos más frágiles y las decisiones más complejas.

Fuente: https://ideastextuales.com



En el corazón de la intimidad ocurría lo verdaderamente humano. El amor, la duda ante lo sagrado, la lenta maduración de un duelo, la construcción del carácter. Hoy, en cambio, ese hogar parece haberse convertido en una trinchera. Una pequeña cueva donde resisten quienes aún se niegan a vivir bajo el reflector incesante de la exhibición.

Nunca habíamos mostrado tanto. La tecnología no solo ha habilitado la posibilidad de exponernos, sino que ha instalado un mandato de visibilidad. Si no se publica, no ocurrió. El desayuno, la rabia, el viaje, el dolor, incluso el silencio se ha convertido en contenido. Las redes sociales, ese gran panóptico voluntario, nos han enseñado que existe una recompensa por mostrarnos: atención. Pero no cualquier atención, sino una fugaz, condicionada, que reemplaza la mirada profunda por el “me gusta” automático. Lo íntimo, mientras tanto, ha comenzado a parecer sospechoso.

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La antropología ha mostrado que muchas culturas entienden el secreto no como un signo de ocultamiento, sino como una forma de proteger lo sagrado. Los rituales iniciáticos, los nombres verdaderos, los saberes ancestrales, todo lo importante ha estado siempre envuelto en capas de silencio. Esa reserva no es falta de comunicación, sino su forma más profunda. Porque hay cosas que, para no banalizarse, no deben ser dichas a cualquiera, ni en cualquier momento. El exceso de exposición, por el contrario, trivializa lo que toca. Un dolor mostrado en masa se convierte en espectáculo. Una alegría narrada para la audiencia pierde su raíz.

En medio del estrépito digital, hay quienes han comenzado a defender la intimidad como un gesto político. Escribir un diario íntimo, orar sin testigos, tener una conversación profunda sin registrar ni compartir nada, construir una familia sin performance. Se trata de pequeños actos de resistencia. Como plantar una semilla en un terreno baldío y cuidarla del ruido, del juicio, de la constante necesidad de validación. Hay una ética en elegir el silencio, una forma de dignidad en no entregarlo todo al consumo de los otros.

Este texto no es una nostalgia por un pasado mejor. No se trata de idealizar el mundo previo a las redes ni de negar los aspectos positivos de compartir la vida con otros. Lo que intento decir es otra cosa. Si no defendemos con celo ciertos territorios de intimidad, terminaremos perdiendo la capacidad misma de habitarnos. Y sin ese espacio propio, lo que mostramos no será una expresión de quienes somos, sino apenas una caricatura. Un reflejo pulido para los otros, pero cada vez más ajeno a lo que sentimos de verdad.

Tal vez el gran desafío contemporáneo no sea mostrarse, sino proteger lo que importa. Guardar en silencio ciertas palabras, ciertos gestos, ciertas memorias. Como nuestros abuelos o nuestros padres, que no necesitaba contar su historia para vivirla con hondura. En su mecedora, bajo el calor de la tarde, había algo que el mundo digital aún no puede dar: presencia. Y eso, en estos tiempos de fugacidad, es casi un acto revolucionario.

Por Mauricio Jaime Goio.


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