Las migraciones invisibles


 

Todo el mundo habla de la migración de las ballenas. O de los flamencos. Incluso del ciclo eterno de las mariposas monarca que recorren el espinazo de América. Pero nadie, o casi nadie, ha levantado la voz por ellas. Las más discretas, las más denostadas, las más imprescindibles. Me refiero a las moscas. Sí, esas mismas que nos revolotean frente al rostro con un zumbido que enloquece. Y que, sin embargo, son las verdaderas maestras de la migración.



Fuente: Ideas Textuales

Hay algo profundamente poético, y profundamente político, en un texto escrito para la revista Conversation, de Will Hawkes. Él no habla solo de insectos, sino de un fenómeno que pone en evidencia los cimientos de nuestra desconexión con lo natural. Porque si millones de moscas pueden atravesar el Mediterráneo desde el Oriente Medio hasta Chipre, cargando polen, nutrientes y memoria genética en sus cuerpos mínimos, ¿qué nos dice eso sobre nuestra forma de habitar el mundo?

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No hay migración sin historia y no hay historia sin intercambio. Y ahí están ellas, las moscas, migrando como lo hacen los pueblos, los sueños, los mitos. Atravesando mares, cruzando fronteras, encontrando refugio, muriendo en el intento. Lo que para muchos es apenas un dato curioso o una nota de color en la biología, para nosotros —los que aún creemos en los símbolos— es una señal de alerta y una invitación para reconectar con la complejidad del mundo vivo.

Desde el campo científico, los números son apabullantes. Durante una sola temporada, se registraron casi 40 millones de insectos migrantes cruzando la punta oriental de Chipre. De ellos, el 86% eran moscas. Y aunque esto ya debería bastar para una revaloración urgente, el dato más conmovedor es su función. Son polinizadores, descomponedores, controladores de plagas, vectores de nutrientes. Las moscas, esas que aplastamos sin culpa contra la pared, son responsables, en buena medida, de que el mundo no colapse bajo el peso de su propia descomposición.

Pero no basta con reconocer su valor biológico. Hay que entender lo que su movimiento revela sobre nosotros. Porque los flujos materiales son también flujos simbólicos. Las moscas cruzan desiertos, océanos, campos de monocultivo y ciudades cementadas. Llevan con ellas restos de lo que hemos destruido, señales de lo que podría regenerarse. En su migración, se articulan tiempos diversos. El de la flor que espera polen, el del pájaro que las sigue para alimentarse, el del campesino que, sin saberlo, depende de su zumbido invisible.

Y, sin embargo, seguimos actuando como si no existieran. En los planes agrícolas, en las políticas de conservación, en los discursos mediáticos sobre el cambio climático, nadie habla de las moscas. Y eso es una forma de ceguera cultural. Porque si no somos capaces de mirar lo pequeño, lo humilde, lo abyecto, entonces tampoco veremos las grietas profundas de nuestro modelo civilizatorio.

Hoy, las moscas migran como nunca. Pero también mueren como nunca. El 97% de los sírfidos que se alimentan de pulgones han desaparecido en algunas regiones de Alemania. Y con ellos se van los cultivos, los equilibrios, las relaciones invisibles que sostienen la vida.

Si hay algo que este fenómeno deja claro es que necesitamos una nueva ética del reconocimiento. Una ética que no se base en el tamaño, ni en la simpatía, ni en el beneficio económico directo. Sino en la interdependencia. Porque sin ellas, las moscas migratorias, no hay agricultura sostenible, ni diversidad genética, ni redes tróficas saludables. Porque sin ellas, no hay nosotros.

Entonces sí. Tal vez sea tiempo de abrir la ventana. No solo para dejarlas salir, como pide Hawkes, sino para dejarlas entrar. A nuestra conciencia. A nuestra cultura. A nuestra forma de mirar lo vivo. Porque, como ya sabían los antiguos, la verdadera sabiduría está en atender aquello que vuela bajo y que, sin embargo, sostiene el cielo.

Por Mauricio Jaime Goio.

Fuente: Ideas Textuales


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