“El poder corrompe, y el poder absoluto corrompe absolutamente” – Lord Acton.
Cuentan las crónicas del 17 de abril de 1980 que, Robert Mugabe, tomaba el mando de la otrora colonia inglesa Rodesia del Sur, asumiendo el cargo de Primer Ministro, Mugabe pasó cerca de una década en prisión por sus ideas marxistas, lo que lo llevaría para 1974 a enlistarse en la guerrilla de liberación que buscaba la independencia de los británicos. Ese objetivo fue alcanzado el año 1979 ante la decisión unilateral de los ingleses expresada en los acuerdos de Lancaster House, dando origen al nuevo Estado, la República de Zimbaue y dejando en manos de los líderes de ZANU – FP (Unión Africana Nacional de Zimbabue) – Frente Patriótico, el control del poder, mismo que no abandonarían “MAS”.
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El flamante gobierno había heredado una economía estable, con una industria sólida y un sector agrícola en franco crecimiento, consolidado principalmente por los empresarios ingleses que la desarrollaban. Durante esta primera parte, el gobierno de Mugabe convirtió a la guerrilla en militares, impulsó los derechos relacionados con el acceso a la salud y la educación, asumió medidas de impacto que fueron aplaudidas por los países de occidente. Se encargó de atender las prioridades de su gente y encaminaba al país por las sendas del proyecto que muchos, al igual que él, habían anhelado.
Sin embargo, el postureo no duró por mucho tiempo, trasluciéndose el verdadero rostro del gobierno y sus oscuras intenciones. La imagen de líder tolerante y conciliador, fue tornándose en una figura de despotismo, autoritarismo y crueldad. Corría el año 1983, cuando Robert Mugabe, ordenaba la ejecución de la operación “Gukurahundi” (traducido de lengua “shona” como: “la primera lluvia que limpia el campo de paja tras la época seca”), nombre con el que se conoce la primera limpieza étnica (masacre racial) realizada en contra de la minoría Ndebele, en las regiones próximas a Matabelelandia (Suroeste – Zimbabue), promovida por el mandatario de aquel país, con un saldo aproximado de treinta mil personas ejecutadas.
Para 1984 buscó instaurar un sistema de partido único que no prosperó, logrando empero, reformar la constitución y convertirse desde 1987 en presidente ejecutivo, con las prerrogativas de control absoluto sobre los recursos del Estado y sus instituciones, acabando con la separación de poderes y los mecanismos de control, para dar inicio a la política del terror mediante prácticas de represión implacables en respuesta a la crisis económica y el descontento generalizado que crecía en la población.
El control de las instituciones públicas permitía que el Ejecutivo manipule los resultados de las elecciones sucesivas, sin que existan alternativas para la ciudadanía de promover un cambio de mando o de políticas públicas que frenen el inminente colapso económico que el discurso oficialista atribuía a la “burguesía blanca” o “las sanciones internacionales” (en los mismos términos de su amigo y correligionario político Fidel Castro), acusando a los disidentes del régimen de “traidores” y “vendidos”.
En febrero del año 2000, Robert Mugabe convocó a referéndum para reformar la constitución. En su intento de ganarse el respaldo popular y la simpatía de su gente, mandó grupos de avasalladores a asaltar las tierras de los productores agrícolas a los que acusaba de provocar la crisis, prometiendo un reparto más justo y equitativo de las tierras –que finalmente se supo beneficiarían únicamente a los veteranos de guerra y los grupos vinculados al régimen–. El dictador perdió la consulta y provocó el abandono total de las tierras y el fin de la industria agrícola, que representaba el 70% del total de los ingresos de la población.
El líder marxista, afirmaba en sus entrevistas que: “él era Zimbabue” y que “Zimbabue era suyo”. “Este (Zimbabue) es un país de negros y por eso es un hombre negro el que debe decidir de quién es la tierra y de quién no”. Los constantes desaciertos llevaron a un país próspero al mayor desastre económico en su corta historia. Aumentó el desempleo y el hambre, la hiperinflación llegó a los 14.000.000 (catorce millones) anuales durante el 2008, para lo cual la emisión monetaria imprimió cerca de cien mil millones de “dólares zimbabuenses”, convirtiendo su moneda en papel mojado que no servía para adquirir los escasos productos existentes, ante este panorama el éxodo era inminente, debiendo buscar sus habitantes alternativas fuera de sus fronteras.
El país considerado “granero de África” no lo era más, sin víveres, gasolina, empleo y condenados sus habitantes a perecer de hambre, más de un tercio de la población decidió huir. Los abusos constantes, la represión brutal, acentuada por la conducta irascible y la demencia senil del dictador, que con 93 años ordenaba que su segunda esposa (41 años menor) ocupe la presidencia. Este y otros motivos, obligaron a su vicepresidente, Emmerson Mnangagwa a dar un golpe militar (tras 37 años de depredación y expolio revolucionario) en noviembre de 2017, sin que esto haya significado que el nuevo mandatario corrija o modifique las políticas públicas y económicas, ni mucho menos aplaque la brutalidad de la represión y las prácticas del terror heredadas de su antecesor.
Todo sistema enmarcado en la democracia liberal, requiere sostener un equilibrio a través del juego de “frenos y contra pesos”. Garantizar la separación de poderes es vital para la existencia de los Estados, evitando que los políticos y gobernantes terminen convirtiéndose en tiranos. En su obra cumbre: “El Espíritu de las Leyes”, el jurista francés Charles Montesquieu, señala con claridad que cuando el poder ejecutivo y legislativo se reúnen en un mismo cuerpo o una misma persona, no habrá libertad, así mismo si no existe posibilidad de juzgar de forma independiente y desvinculada de los otros dos poderes, no habrá justicia.
Los países influenciados por la ideología marxista-comunista o sus variables modernas, las castro-chavistas, hacen patente la ausencia de la separación de poderes. Lastimosamente, en un periodo preelectoral y sin pretender parecer “freaky”, ingenuo o ambicioso por pedir que los políticos (precandidatos) desaceleren el circo que han montado, para hablar acerca de la institucionalidad del país, antes de seguir orientado sus discursos a hablar de personas que –al menos “legalmente” se encuentra inhabilitado– o, haciendo gala de su florilegio de disparates, adjetivos y groserías, en una competencia por mostrar quién es más o menos corrupto. Resultaría interesante que, se pongan serios y dejen de bailar en las calles o imitar a Freddie Mercury, para hablar de este y otros temas que son de vital importancia para Bolivia.
Mientras tanto, que el desánimo y la frustración no minen nuestro espíritu y cambien nuestra manera de pensar, no nos olvidemos que: “Estamos acostumbrados a ver al poderoso como si se tratara de un gigante, sólo, porque nos empeñamos en mirarlo de rodillas y ya va siendo hora de ponerse de pie”.