En el Japonés se habilitan sillas de ruedas y camillas en pasillos para dar asistencia. Las salas de reanimación y observación están completamente llenas, no hay gasas ni remedios. Ante la crisis, aumenta la demanda en el sistema público
Fuente: eldeber.com.bo
En el Japonés se habilitan sillas de ruedas y camillas en pasillos para dar asistencia. Las salas de reanimación y observación están completamente llenas, no hay gasas ni remedios. Ante la crisis, aumenta la demanda en el sistema público
El bolsillo vacío hace que el dolor se transforme en agonía en las puertas y pasillos de los hospitales, mientras la espera por un espacio se vuelve interminable en medio de la sobresaturación de los servicios. Con la crisis galopante, la única opción que tienen muchos pacientes es el sistema público, que ha quedado chico frente a la creciente demanda por atención.
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En el hospital Japonés, el hacinamiento duele. La sobrecarga de pacientes obliga a improvisar espacios en los pasillos. Sillas de ruedas y camillas se alinean una tras otra, mientras los pacientes con sueros colgados esperan ser atendidos. Hay enfermos graves, hipertensos, descompensados y víctimas de accidentes, tanto adultos mayores, jóvenes como niños. Algunos requieren monitores y oxígeno, pero muchos otros deben esperar en los pasillos por estos equipos.
“Estos pacientes no deberían estar aquí. Llegan de todos lados y no tenemos suficientes camas ni personal para atenderlos. Quedan en los pasillos esperando una cama o, en algunos casos, una cirugía”, explica la jefa de Emergencias, Neysi Surriabre, preocupada por las precarias condiciones en las que los médicos intentan salvar vidas.
Este miércoles, en el área destinada a 22 pacientes cabían 45, 13 de ellos en los pasillos. “Para nosotros, esto es preocupante, porque si alguno de estos pacientes se descompensa, necesitará una cama de reanimación o terapia intensiva, pero todo está saturado”, señalan los médicos, que coinciden con la jefa del servicio en que la situación es aún más crítica que durante la pandemia. El hospital cuenta con 189 camas en total, todas ocupadas.
En la sala de reanimación pediátrica de Emergencias, la situación es igual de dramática. Los médicos explican que es un área donde un paciente grave, que se lo estabiliza, no debería estar más de seis horas, pero se queda días antes de pasar al Servicio de Terapia Intensiva. En estos momentos, hay un paciente que lleva 50 días. “Hay neonatos, no debería estar acá porque el riesgo de infección es mayor”, explican los médicos.
Lo mismo ocurre en la sala de reanimación para adultos, que alberga a seis pacientes críticos. Este miércoles por la mañana, se intentaba abrir espacio para recibir a una gestante derivada de provincia, quien tiene prioridad debido a su estado de gravidez.
La sala de observación también está colapsada. Los pacientes que han sido estabilizados deberían ser trasladados a internación, pero la falta de espacio les impide acceder a ese servicio, explica la jefa de Emergencias.
Consecuencia de la crisis
La doctora Surriabre señala que antes el sector privado ayudaba a aliviar la carga, atendiendo a aquellos pacientes que contaban con un seguro médico o que cubrían los costos de sus atenciones. Sin embargo, debido a la crisis, muchas personas optan por acudir a los hospitales públicos en busca de atención.
“La situación es desesperante”, dice Juana Suárez, quien acompaña a su madre, que está en el pasillo. Ella padece diabetes y requiere de internación. Llegó el lunes, pero como no hay espacio, recibe suero en una camilla. “En otras circunstancias, la habría llevado a un centro privado, pero ahora estoy sin trabajo y no tenemos plata. Lo poco que tengo es para comprar las recetas”, se queja. En el hospital también escasean los medicamentos e insumos.
En los consultorios donde se realizan las curaciones, los envases de gasas están vacíos, al igual que los estantes de medicamentos. Tampoco hay guantes y a veces faltan hasta las jeringas. La falta de agua, una de las principales carencias, comenzó a solucionarse después de que el problema fuera expuesto públicamente.
Los que son transferidos desde otros municipios también viven en carne propia la espera por un espacio. Colchas acomodadas encima de los asientos del patio del área de Emergencias sirven como refugio de los familiares que aguardan la recuperación de sus enfermos.
Mayerlín Barba llegó desde Puerto Suárez con su papá enfermo y tuvo que permanecer hora y media en la ambulancia. “Cuando estaba entrando en un paro cardiaco, recién corrieron a atenderlo”, dijo al indicar que su padre permaneció tres días intubado en la emergencia, a la espera de una cama en terapia intensiva, donde está desde hace tres semanas.
Sufrió complicaciones por diabetes y sus familiares se dan modos para costear los medicamentos. “Se gasta Bs 800, 500 o 150, dependiendo de la receta. Además, no tengo familia en la ciudad, por eso aquí (en la banca) duermo. Más bien, a veces hay personas que nos invitan algo de comer”, dice.
Los días que pasa en el hospital son una tortura, porque señala que es imposible no quebrarse ante tanto drama. “Hay madres que lloran porque no hay medicamentos o porque no los atienden rápido. Es triste la salud en Bolivia. Me desespera cuando recibo una receta y no hay en la farmacia del hospital y hay que salir a comprar. Me pregunto, por qué un presidente no puede ver primero la salud, siendo que hay ancianos y niños que buscan atención. Las ambulancias llegan a cada rato, pero tienen que esperar que los atiendan, porque siempre está colapsado”, cuestiona.
Carla Alejandra Justiniano también tiene a su esposo en terapia intensiva desde hace un mes y una semana. Este miércoles, con receta en mano y entre sollozos, dijo que ya no sabe de dónde sacar para los medicamentos. Le dieron un listado de remedios para tres días y la derivaron a Davosan, donde logró parte de los remedios, porque solo tenía Bs 200. Le dieron hasta las 13:00 para que consiga Bs 500 y así le entregarían todo. Para ella, eso fue un alivio porque señala que en cualquier otra farmacia eso le llegaba a costar Bs 3.000.
“Hay que dar, aunque sea, la cuarta parte, eso me dijeron. A veces no consigo la plata para comprar los medicamentos y no entrego. Lloro de impotencia, de ver a mi esposo que está en terapia y no puedo conseguir para su medicina. Ya hemos puesto las cosas en prenda, ya no tenemos de dónde más sacar”, lamenta.
Alexander Cabrera tuvo un accidente en motocicleta, cuando salía a hacer sus compras desde una comunidad del municipio de Mineros. Se quebró la pierna derecha y como no tenía recursos, acudió a un huesero, quien le prometió sanarlo en seis meses por Bs 5.000, pero su caso se complicó y llegó al Japonés, donde le hicieron la cirugía que necesitaba. Este viernes acudió para una consulta y para hacerse estudios, pero como no tiene dónde alojarse, permanece también en la banqueta a la espera de sus resultados
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“Antes que me operen, también me quedé una semana durmiendo aquí (en el banco), porque me decían no hay cama, hasta que el 5 de diciembre del año pasado me hicieron la cirugía. Para no estar gastando en pasaje, prefiero esperar, porque dijeron que este jueves me darán mis resultados. Debo todavía como unos Bs 15.000 que me presté de la comunidad”, comenta.
El drama también se vive en la seguridad social. Isabel se retorcía de dolor esperando por atención. Lamentaba no tener recursos para no pasar por esos padecimientos. “Es la primera vez que me hago atender por el seguro (de la seguridad social). Aquí si no te ven en las últimas, no te atienden”, se quejaba. Quedó sin empleo y tuvo que cancelar su seguro privado por falta de recursos.