A 40 años del DS 21060
El 29 de agosto de 1985 quedó inscrito en la historia nacional como la fecha en que un país al borde del colapso económico y consumido por una angustia social insoportable decidió enfrentar sus demonios.
Ese día se dictó el Decreto Supremo 21060, una medida tan drástica como ineludible, que detuvo la hiperinflación más alta de nuestra historia y una de las peores del mundo.
Ese decreto no fue sólo un texto administrativo, sino el punto de inflexión que permitió al país levantarse del abismo. Fue la expresión de un coraje político que supo entender que el cortoplacismo populista nos llevaba a la ruina, y que la única salida era enfrentar la realidad con responsabilidad y sin engaños.
=> Recibir por Whatsapp las noticias destacadas
Pero lo esencial es comprender que antes de la fórmula económica se tuvo que reconocer la enfermedad, mirarla de frente y asumir la responsabilidad de curarla. Esa fue la primera condición.
La frase que recorrió entonces los medios y quedó grabada en la memoria colectiva lo resume con contundencia: “Bolivia se nos muere”. No era retórica. Era la constatación de que, si no se actuaba, el país se desplomaba.
Y frente a esa urgencia, dos figuras políticas entendieron que su deber estaba por encima de sus ambiciones: Víctor Paz Estenssoro, por cuarta vez presidente constitucional de la República, y Hugo Banzer Suárez, el más votado de las elecciones de 1985.
No fue un acto de renuncia a las diferencias, sino de madurez histórica. En política, pocas veces la grandeza coincide con la urgencia, y esa fue una de ellas.
De ese desprendimiento nació el Pacto por la Democracia, que puso en marcha las estructuras partidarias del MNR y de ADN en un esfuerzo conjunto. Fue un acto de responsabilidad cívica que permitió aplicar medidas tan duras como necesarias. Dos adversarios irreconciliables comprendieron que la patria estaba primero y que el precio de no actuar juntos podía ser la desintegración nacional.
Ese gesto contrasta dolorosamente con lo que vemos hoy. Podríamos decir: Bolivia se nos muere… otra vez. Pero, aunque estamos sumidos en una crisis económica, institucional y moral de alcance transversal, no se percibe una inquietud mayor.
El resultado de las elecciones recientes lo confirma: indiferencia en algunos, fanatismo en otros y una falta de visión que recuerda al pasajero que discute con su vecino mientras el bus se precipita al abismo. Reconocer la crisis es el primer paso para resolverla; ignorarla, negarla o minimizarla es acelerar el colapso.
La política de 1985 mostró, además, que el liderazgo no se mide sólo en votos, sino en la capacidad de construir unidad en la adversidad.
Víctor Paz cambió la historia dos veces: en 1952 con la Revolución Nacional y en 1985 con el ajuste estructural y la Nueva Política Económica. Lo hizo porque fue un verdadero estadista; tuvo el temple y la idoneidad para conducir un gobierno, en el cual nos enorgullece haber participado; pero también porque encontró en Hugo Banzer un adversario capaz de anteponer la patria a la ambición personal.
Ese ejemplo de desprendimiento es hoy una lección urgente para quienes, atrapados en cálculos personales y ataques mutuos, desperdician la posibilidad de unirse por la supervivencia nacional.
Cuarenta años después, algunos percibimos que la situación es incluso peor; porque no sólo padecemos una crisis de números, sino una crisis de conciencia. Hemos perdido la capacidad de mirar la realidad y de actuar en consecuencia. Nos falta coraje político y nos sobra conformismo social.
En 1985 se nos moría Bolivia y la política supo salvarla. Hoy la patria vuelve a desangrarse. La pregunta es si tendremos la grandeza, la lucidez y el desprendimiento que nuestros líderes de entonces sí supieron demostrar.
Que este aniversario del DS 21060 no sea sólo una conmemoración nostálgica, sino un recordatorio de que la política debe estar al servicio de la vida y de la República. Y que si entonces fuimos capaces de enfrentar nuestros demonios, hoy debemos tener la misma valentía para no repetir nuestros errores.