En la era de los algoritmos, la curiosidad parece una reliquia. Todo está diseñado para entregarnos respuestas sin preguntas, experiencias sin misterio. Este artículo es una invitación a desacelerar, a mirar sin urgencia y a recuperar el asombro como un modo de habitar el mundo. Porque sin asombro, la vida se vuelve automatismo. Y sin curiosidad, la cultura muere.
Fuente: https://ideastextuales.com
Pareciera que, hoy por hoy, el preguntar ha dejado de ser necesario. Cuando un clic es suficiente para resolvernos la vida, resulta un sinsentido. Hemos construido un mundo sin misterios. Lo digo con la melancolía de quien intuye que hemos perdido algo muy importante, que se extraña. Porque, a fin de cuentas, si todo está al alcance de la mano, ¿qué sentido tiene ir en busca de lo que no se conoce?
En su tiempo, Linus Pauling, uno de los científicos más brillantes del siglo XX, dijo que su felicidad provenía de haber sido siempre curioso. Que no había placer más profundo que pensar, descubrir, aprender. Afirmación que en su momento podría parecer obvia, hoy, en una época de satisfacción inmediata, suena revolucionaria. Porque pensar, descubrir y aprender implican demora. Implican vacío. Implican la incomodidad de asumir la ignorancia. Y eso es un lujo que la humanidad del siglo XXI no se permite.
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Se ha desmantelado, no sabemos si deliberadamente, la pedagogía del asombro. Al resolverlo todo, se ha disuelto el deseo. Al ofrecernos respuestas, ha vuelto innecesarias las preguntas. Y eso, en términos culturales, es una amputación. Porque no hay cultura sin curiosidad. No hay conocimiento sin deseo de saber. No hay vida lúcida sin el temblor que genera lo desconocido.
Mirar una gota de agua caer del grifo, sin prisa, hipnotizado por la forma en que la luz se descompone en su superficie, es el tipo de experiencias que hoy nos parecen postales de otro siglo. En un presente saturado de estímulos, el silencio es sospechoso. La atención, interrumpida. La espera, inaceptable. Vivimos en un ahora constante, sobre informado, desvinculado del misterio.
Pero el asombro no vive en lo excepcional. Vive en lo cotidiano. En el zumbido de una abeja, en la danza lenta del polvo bajo la luz, en levantar la mirada y maravillarnos con la luna. El problema es que hemos dejado de mirar. La omnipresencia de pantallas no sólo nos distrae, nos desconecta del mundo sensible. Y al hacerlo, nos empobrece.
Terrence McKenna decía que la cultura no nace del cálculo, sino del vértigo. Que las primeras expresiones artísticas no surgieron por utilidad, sino por asombro. Que pintar bisontes en una cueva, danzar en trance o cantar en la lengua de los espíritus no fue un acto decorativo, sino vital. ¿Qué queda de eso en nuestras ciudades encementadas, donde lo único que tiembla son las notificaciones del celular?
En nombre de la eficiencia, también hemos domesticado la curiosidad. Ya no es un impulso salvaje, sino una estrategia de mercado. Se nos dice qué debemos querer saber. Se nos ofrece información empaquetada, procesada, lista para consumir. Pero eso no es curiosidad. Eso es consumo. La curiosidad verdadera, la de científicos, poetas y chamanes, es inquietante, impredecible, desobediente.
Por eso, cuando Pauling afirmaba que la curiosidad lo había hecho feliz, no hablaba de una curiosidad cualquiera. Hablaba de la curiosidad como forma de vida. Como ética del pensamiento. Como disposición radical a no conformarse con lo dado. Y eso es algo que no cabe en una app. Que no puede descargarse. Que no se compra.
¿Qué tipo de mundo construimos cuando dejamos de hacer preguntas? ¿Qué pasa cuando los niños a los cuatro años ya saben cómo usar una tablet? ¿Qué perdemos cuando dejamos de maravillarnos con una puesta de sol porque el algoritmo de Instagram nos ha enseñado a verla como cliché?
Quizás el verdadero desafío cultural de nuestra época no sea producir más información, sino recuperar la mirada. Aprender de nuevo a ver. A escuchar sin apuro. A caminar sin rumbo. A dejarse afectar por lo pequeño, lo sutil, lo que no sirve para nada. Porque ahí, en lo aparentemente inútil, vive el asombro. Y en el asombro, la posibilidad de ser humanos.
La tecnología no es el enemigo. El problema no es el acceso al conocimiento, sino el modo en que hemos olvidado lo que significa buscar. El arte puede ayudarnos. El ritual también. Y, sobre todo, el contacto con los otros. Mirar a alguien a los ojos y preguntarle cómo está, de verdad, puede ser un acto de rebeldía. Un gesto de curiosidad radical.
No es necesario reinventar la tecnología, sino atreverse a hacer esas preguntas que formulábamos de pequeño, que tenían ese fascinante tinte existencial. ¿Por qué el cielo es azul?, ¿qué sueñan los perros?, ¿cuánto pesa un recuerdo? Algo tan inútil como humano que nos permita recuperar el vértigo del camino de la curiosidad al asombro.
Porque el asombro no es una emoción pasajera, sino una práctica. Una forma de estar en el mundo. Y si queremos construir un futuro que no sea distópico, tendremos que reaprender a vivir como si no lo supiéramos todo. Como si ver una gota de agua caer pudiera, aún hoy, revelarnos el misterio de estar vivos.
Por Mauricio Jaime Goio.