
Fuente: Los Tiempos
Las intensas lluvias, riadas y tormentas que en las últimas semanas golpearon a distintas regiones del país, entre ellas Achira, Tarija y el trópico cochabambino, confirman que Bolivia atraviesa un periodo de fenómenos extremos que se agravará con la llegada de La Niña y con un territorio cada vez más vulnerable por la deforestación y el cambio de uso de suelo, coincidieron especialistas en Medio Ambiente y Geología.
María Fernanda Zeballos, técnica socioambiental de la Plataforma Boliviana Frente al Cambio Climático (PBFCC), explica que los eventos recientes no son hechos aislados, sino señales de un patrón climático que se intensifica. “Estamos ingresando en el periodo de La Niña, con lluvias y sequías extremas. Se intensifican y los ejemplos son riadas como las de Samaipata o granizadas extremas en Tarija. La Niña se quedará hasta el próximo año y veremos cómo se agudizan estos fenómenos”, advierte.
La riada registrada en Achira, que arrasó viviendas, caminos y cultivos, se suma a las fuertes tormentas que en Tarija dejaron calles anegadas, pérdidas agrícolas y deslizamientos. La situación no es distinta en el trópico de Cochabamba, donde comunidades enteras quedaron aisladas tras el desborde de ríos.
Para Zeballos, la crisis climática se agrava por la presión que sufre el territorio. “La deforestación por la expansión de la frontera agrícola y los incendios empeora todo. Los bosques actúan como barreras de protección del suelo; sin árboles, no hay absorción de las riadas”, explica.
Para la geóloga y especialista en gestión de riesgos de desastres, Solangel Murillo, el fenómeno de La Niña está intensificando las lluvias en el oriente, el Amazonas y parte del altiplano, incrementando el riesgo de desbordes y deslizamientos en las cuencas medias y altas. Esta situación vuelve especialmente vulnerables a las familias que viven en pies de ladera, riberas o zonas previamente identificadas como áreas de amenaza, donde cualquier incremento súbito en el caudal o la saturación del suelo puede ser una emergencia.
La experta señala que frente a este escenario, es urgente destinar fondos para ejecutar los planes de contingencia, con una identificación rigurosa de las zonas más vulnerables. No se trata sólo de reaccionar ante los desastres, sino de anticiparse a ellos mediante mapas de riesgo, obras de mitigación y sistemas de alerta temprana que realmente protejan vidas.
Murillo sostiene que los patrones climáticos están cambiando y lo hacen con mayor intensidad. Las lluvias son cada vez más torrenciales y repentinas, como lo ocurrido en Samaipata, donde la magnitud del aguacero fue suficiente para desencadenar un desastre. Lo mismo se vio en el caso del Bermejo: precipitaciones extremas que superan la capacidad natural de los ríos y de los suelos para absorber agua. En nuestras quebradas y valles, estos flujos se canalizan con una velocidad brutal, generando inestabilidad y propiciando deslizamientos.
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El cambio climático está dejando huellas claras, suelos más inestables, eventos extremos más frecuentes, vientos huracanados capaces de arrancar techos, así como picos de calor inusuales y alertas por radiación. Frente a esta nueva realidad, la prevención no es una opción; es una obligación impostergable para resguardar a las comunidades y adaptarnos a un clima que ya no se comporta como antes, señaló Murillo.
Zeballos remarcó que Bolivia es uno de los países sudamericanos con mayores índices de pérdida de bosques en los últimos años, impulsada principalmente por la agricultura extensiva y los incendios forestales. La desaparición de cobertura vegetal disminuye la capacidad natural del terreno de infiltrar el agua, aumenta la erosión y favorece desbordes repentinos que destruyen comunidades enteras.
A ello se suma la ocupación de laderas, riberas y áreas inundables por asentamientos humanos y actividades económicas. “El cambio de uso de suelo quita la permeabilidad. La vegetación se seca por el calor extremo y cuando llegan las lluvias no hay filtración. Todo corre en superficie, todo se desliza”, sostiene la especialista.
Más de 200 municipios son vulnerables por su exposición a inundaciones, sequías y olas de calor. En estas zonas, miles de familias viven cerca de ríos, cuencas o áreas degradadas.
Bajo Llojeta, en peligro
a un año del desastre
A un año del desastre que sacudió a Bajo Llojeta, en La Paz, la situación sigue siendo de alta vulnerabilidad. Aunque se reestablecieron las vías y se logró desviar las aguas de la quebrada hacia el cauce del Choqueyapu como medida de emergencia, esas acciones no bastan para garantizar la seguridad en la zona: lo realizado fue apenas un paliativo.
Expertos como la geóloga y especialista en gestión de riesgos, Solangel Murillo, advierten que, tras la temporada de lluvias, el riesgo podría aumentar si no se ejecutan intervenciones estructurales definitivas.
La reconstrucción y los trabajos realizados tras el desastre quedaron limitados a una emergencia, limpieza, desvío de aguas, ayuda humanitaria.
Murillo no ve un plan claro de rehabilitación definitiva: redireccionar agua no alcanza si no se refuerza la estabilidad del suelo, se regularizan los asentamientos y se reconstruyen las infraestructuras bajo criterios técnicos. Mientras eso no ocurra, Bajo Llojeta seguirá siendo un recordatorio de que la prevención y la planificación urbana son tan importantes como la reacción frente al desastre.