El Vicepresidente es el «articulador» entre los órganos Ejecutivo y Legislativo, en su calidad de presidente nato de la Asamblea Legislativa.

El vicepresidente Edmand Lara jura al cargo en la Asamblea Legislativa, el 8 de noviembre. Foto: Archivo
Fuente: La Razón
La Vicepresidencia en Bolivia ha sido, a lo largo de su historia, un espacio ambiguo, poderoso e irrelevante a la vez, capaz de producir presidentes, confrontaciones y hasta traiciones.
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Su existencia misma ha oscilado entre la centralidad y la supresión, y su rol político ha dependido más de las tensiones del momento que de normas claras. En este mosaico histórico, la figura del vicepresidente aparece unas veces como sombra útil del poder y otras, como lo resumió el dirigente Juan Lechín Oquendo: “la quinta rueda del carro”. Pero esta definición, repetida por décadas, es insuficiente para entender una institución que ha influido en crisis, reformas y transiciones críticas del país.
Vicepresidente
La primera referencia formal al cargo se remonta a la Constitución de 1826, elaborada bajo la inspiración de Simón Bolívar. Según el libro El Vicepresidente, ¿la sombra del poder?, la norma establecía un vicepresidente designado por el presidente y aprobado por el Poder Legislativo, con funciones específicas: jefe del ministerio, firmante de la administración pública y responsable conjunto del Estado con los ministros. Además, debía cumplir los mismos requisitos que el presidente y no podía salir del país sin autorización parlamentaria. Era una figura fuerte, diseñada para ser el engranaje operativo del Ejecutivo y el garante de la continuidad administrativa. Sin embargo, este diseño no prosperó.
Entre 1839 y 1871, Bolivia suprimió el cargo. La Constitución de 1839 delegó la sucesión presidencial al presidente del Senado, inaugurando una etapa de 41 años sin Vicepresidencia. Reformas posteriores trasladaron la sucesión a órganos diferentes: el Presidente del Consejo Nacional en 1843, el Consejo de Ministros en 1851 y 1868, o el Presidente del Consejo de Estado en 1861 y 1871. Estos consejos incluidos legisladores, ministros, magistrados y notables, y reemplazaban al Presidente en caso de ausencia. Fue un periodo experimental, reflejo de un país agitado por guerras civiles, caudillismos y redefiniciones constantes de poder. Recién en 1878 se restableció la vicepresidencia, devolviendo estabilidad a la línea de sucesión.
¿Quinta rueda?
Aunque el cargo volvió, su influencia quedó marcada por la idea de que su rol principal era reemplazar al Presidente o presidir el Congreso, pero sin un poder real dentro del Ejecutivo. Esa ambigüedad ha sido una constante en todas las etapas posteriores.
Para la politóloga María Teresa Zegada, esta indefinición permitió que la Vicepresidencia se convirtiera en un territorio donde pueden emerger figuras decisivas o quedar relegadas totalmente. “La Vicepresidencia boliviana —explica— carece de funciones ejecutivas rígidamente delimitadas. El Vicepresidente depende casi por completo de la relación política que logre construir con el Presidente, y de las necesidades coyunturales del sistema político.” Aunque su rol formal se concentra en la Asamblea Legislativa, la capacidad de incidir depende de su habilidad política, su ascendencia partidaria y su relación con el poder.
Funciones
La historia reciente ofrece ejemplos extremos de ambos escenarios. Durante los primeros años del ciclo democrático, hubo vicepresidentes que se enfrentaron abiertamente a los presidentes. René Barrientos, por ejemplo, terminó liderando el golpe que derrocó a Víctor Paz Estenssoro en 1964, convirtiéndose en uno de los casos más evidentes de quiebre entre vicepresidente y presidente. Jaime Paz Zamora, mientras era vicepresidente de Hernán Siles Zuazo entre 1982 y 1985, llegó a pronunciar la célebre frase: “El Presidente no me manda ni a comprar pan” (op. cit.), reflejando el nivel de distancia política entre ambos.
Pero también hubo vicepresidentes que sumaron, más que restaron. Víctor Hugo Cárdenas, vicepresidente de Gonzalo Sánchez de Lozada en su primer gobierno (1993-1997), no solo ejerció un rol activo, sino que lideró la reforma educativa, una de las transformaciones más importantes en la historia reciente del país. Su gestión desmintió por completo la idea de la Vicepresidencia como figura decorativa.
«Bisagra»
Otros ocuparon el cargo como parte de acuerdos políticos, como Luis Ossio Sanjinés, vicepresidente de Jaime Paz Zamora gracias al Acuerdo Patriótico entre el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) y Acción Democrática Nacionalista (ADN), sin desarrollar un proyecto propio pero garantizando estabilidad legislativa. Jorge Quiroga, por su parte, nunca fue del agrado pleno del entorno de Hugo Banzer, pero terminó sucediéndolo constitucionalmente en 2001, demostrando que la Vicepresidencia sigue siendo, finalmente, el mecanismo formal de “reemplazo” del Presidente.
El caso de Carlos Mesa es quizás uno de los más representativos de la tensión contemporánea. Su relación con Sánchez de Lozada se deterioró rápidamente, especialmente durante la crisis de 2003. Mesa ejercía la Vicepresidencia en medio de fuertes discrepancias; luego, tras la fuga del Presidente (noviembre), asumió el mando y trató de abrir una transición democrática en el país. Su paso evidencia que, aun en la sombra, la Vicepresidencia puede convertirse en protagonista decisivo.
Cuando en la crisis de octubre renunció al gobierno, fue considerado traidor por el gonismo.
Sucesión
En contraste, durante los gobiernos del Movimiento Al Socialismo (MAS), las relaciones entre presidente y vicepresidente fueron más estables. Álvaro García Linera no le hizo sombra a Evo Morales; por el contrario, se consolidó como su principal operador político, elaboró el discurso ideológico del “proceso de cambio” y lideró las estrategias parlamentarias. Del mismo modo, David Choquehuanca no disputó la conducción con Luis Arce; su rol ha sido más ceremonial e institucional, sin confrontaciones abiertas o, por lo menos, públicas.
Posesionados el 8 de noviembre, el presidente Rodrigo Paz y el vicepresidente Edmand Lara ya mostraron diferencias, aunque el mandatario advirtió una “novela” respecto de las voces que afirmaron su distanciamiento. Sin embargo, Lara evidenció las discrepancias con su compañero varias veces por publicaciones en redes sociales, específicamente en TikTok, red que usa frecuentemente para “comunicarse con la gente” y “decir las verdades que a otros no les gusta”.
Diferencias
El jueves, el mandatario afirmó que las reuniones con el vicepresidente Lara se desarrollarán “de forma institucional”, pese a las diferencias públicas surgidas en las últimas semanas.
Para Zegada, estos ciclos muestran un patrón claro: “Cuando el sistema político necesita equilibrio, el vicepresidente se vuelve un articulador. Cuando hay tensiones internas o proyectos personales fuertes, aparece el conflicto. La vicepresidencia boliviana está diseñada para oscilar entre esos dos polos.”
El analista Manuel Mercado complementa esta lectura y sostiene que la Vicepresidencia es, en realidad, un “fusible institucional” cuya importancia se revela especialmente en momentos de crisis. Identifica tres esferas donde el vicepresidente puede tener impacto real.
Primero, la articulación política interna. Un vicepresidente con ascendencia sobre el partido puede contener fracturas y mediar entre facciones, garantizando gobernabilidad. En momentos de debilidad presidencial, esta función se vuelve decisiva.
Esferas
En segundo lugar, la gestión del Órgano Legislativo. Al presidir la Asamblea Legislativa, el vicepresidente tiene la capacidad de ordenar la agenda, destrabar bloqueos y facilitar acuerdos. “Cuando el país ha tenido congresos fragmentados —explica Mercado—, el vicepresidente ha sido el pivote para evitar parálisis institucionales.”
Finalmente, la sucesión constitucional. En un país con una historia marcada por renuncias, interrupciones y crisis políticas, el vicepresidente ha sido clave para garantizar continuidad. “Bolivia no puede darse el lujo de no tener un mecanismo claro de reemplazo. La Vicepresidencia es un seguro político”.
Esta perspectiva permite comprender por qué la figura, aunque muchas veces despreciada, ha resultado esencial: está allí para actuar cuando el sistema falla. “Si funciona bien, nadie lo nota. Si no funciona, el país lo siente”, dijo.
Liderazgo
La Vicepresidencia, por tanto, no ha sido solamente una sombra, ha sido un espacio donde chocan liderazgos, se construyen consensos y se definen transiciones. Su fuerza o debilidad depende menos de la Constitución que de la química política, la correlación de fuerzas y la coyuntura nacional. Por eso, mientras algunos la ven como una carga, otros la entienden como una herramienta estratégica para gobernar.
En Bolivia, reflexionó Zegada, “la Vicepresidencia siempre ha sido más política que administrativa. Y en ese terreno, la política se mueve con tensiones, lealtades, desconfianzas y ambiciones. Por eso su historia está llena de luces y sombras”.
La frase de Lechín, aunque célebre, queda corta para describir la complejidad real del cargo. Y, sin embargo, refleja el imaginario de muchos actores políticos que vieron en esa figura una presencia innecesaria en el poder.
La experiencia histórica, no obstante, demuestra lo contrario: la Vicepresidencia siempre ha estado ahí, en mayor o menor silencio.
En la práctica, la “quinta rueda” nunca dejó de girar. Y en más de una ocasión, evitó que el carro entero perdiera el rumbo.
Fuente: La Razón