El extravío del comportamiento de Trump ha pasado de muy irresponsable a in extremis peligrosamente errático. En este momento hay, por lo menos, cinco agencias norteamericanas que se están disputando el ejercicio estratégico de la política exterior de Estados Unidos. Desde la CIA, pasando por el FBI, el Pentágono, el secretario de Estado y el propio vicepresidente Vance. Por el momento, Marco Rubio estaría “ganando” con la exitosa extracción militar – secuestro – del dictador Nicolás Maduro desde su covacha caraqueña.
El golpe fue ilegal, no provocado y desestabilizador a nivel regional y global. Trastoca todas las normas internacionales, ignora todos los derechos territoriales soberanos y potencialmente crea una situación anárquica dentro de la propia Venezuela.
La idea de que los líderes opositores exiliados, como la ganadora del Premio Nobel de La Paz 2025, María Corina Machado, regresen rápidamente a Palacio de Miraflores y que la democracia plena sea restaurada de manera inmediata es ingenua. Los próximos días serán críticos. Y todo depende del volátil Trump.
Nicolás Maduro era un dictador. Un mafioso, asesino. Póngale el adjetivo calificativo más peyorativo que Usted amable lector quiera, y estoy seguro de que se quedará insatisfecho; sólo tenga en cuenta que la caída de este tirano puede ser una mala noticia para la región y para el mundo. Siempre los buenos resultados también tienen costos altos. La operación extranjera que lo depuso fue un modelo de planeamiento y precisión militar, pero sus consecuencias políticas solo se conocerán con el tiempo.
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Los pactos con el diablo suelen tener éxito, el problema es que terminan saliendo muy caros para el beneficiado.
El peligro real radica en que este “exitoso” apresamiento de Maduro – violando todos los acuerdos internacionales – podría incitarlo a intentar tomar decisiones unilaterales cada vez más grandes con resultados impredecibles en la región. El pretexto que tiene la administración trumpista para desplegar estas intervenciones violando soberanías y presidencias, no es un tema de totalitarismos o autoritarismos o ideologías. La geografía latinoamericana es más importante que nunca por sus recursos naturales, petroleros, gasíferos, tierras raras y todo lo que tenga que ver con negocios, puro y duro. La diplomacia de Trump es mercantilista hasta el tuétano.
En ningún momento, Trump hizo alusión al restablecimiento de la democracia en Venezuela. A Corina Machado literalmente la arrojó debajo de un bus y la descalificó por completo y Edmundo González – presidente legítimo y electo en las últimas elecciones venezolanas – no existe en lo más absoluto. Todo su discurso se centró en recuperar intereses económicos, petroleros y de enriquecer mucho más a Estados Unidos. Destruir al narcotráfico y frenar la migración ilegal como su gran pretexto mundial y de lavado de cara. Además de ser una promesa que es miel para su electorado.
Trump negoció con Maduro su salida del poder y con Delcy Rodríguez, actual presidente encargada de Venezuela, las nuevas condiciones de intervención y dominio de Estados Unidos en Venezuela.
Nunca olvidemos que cuando un presidente o líder de un país es apresado y no hay caos interno ni fractura visible en la cúpula, cuando no hay histeria militar ni sangre en las calles, estamos ante una operación controlada. Las revoluciones reales son ruidosas. Las transiciones pactadas son silenciosas.
Aquí no hubo heroicidades ni épica. Hubo negociación fría y calculada. Y el pacto no se hace con el pueblo, siempre se hace con la élite que garantiza orden. Si alguien cree que Estados Unidos busca justicia para los venezolanos, democracia o reparación histórica, no entiende cómo funciona el poder. Lo que se busca es estabilidad, acceso a recursos y cierre de un ciclo incómodo. Todo lo demás es decorado.
Sea como fuese, por primera vez, después de casi 35 años Latinoamérica, con el derrumbe de la Guerra Fría y la caída del muro de Berlín, la región vuelve a ser geopolíticamente relevante para una administración norteamericana, bajo la vieja doctrina de Monroe de principios del siglo XX, que postulaba una fuerte presencia estadounidense en todo el hemisferio americano.
Esta mirada hegemonista e intervencionista es el gran riesgo para los países de la región. No debemos olvidar que todas las decisiones de Trump son caóticas, desordenadas e improvisadas. Ese es su mundo y al que nos arrastra y cuyos visos de ignorancia e imbecilidad son absolutamente remarcables.
Desde una óptica de geopolítica internacional, el mensaje trumpista es también muy claro: Estados Unidos retoma su supremacía en todo el continente americano, pone su mirada en Canadá y Groenlandia y le deja a Putin libre albedrío con Ucrania y Europa y a China le deja la puerta abierta para su intervención en Taiwán. No hay nada de simbología o de mensaje cifrado. Esto es así de simple y de claro. La nueva repartija del mundo por parte de las tres mayores potencias: Rusia, China y Estados Unidos ha comenzado.
