
Hasta hoy, y recurrentemente se ha sostenido que el capitalismo se considera una amenaza para la democracia. Según algunos, especialmente los que defienden el capitalismo de Estado, el libre mercado facilita la concentración del poder económico en manos de unos pocos y la captura del Estado por parte de grandes corporaciones o de ciudadanos ricos, que a la larga terminaran acallando las voces de los ciudadanos comunes y como resultado, los gobiernos no responden a los problemas sociales más apremiantes. No fue difícil sostener que la creciente desigualdad e ignorar a la clase media hayan creado la percepción pública de que el sistema siempre estuvo amañado, de allí que suceda un aumento del apoyo al autoritarismo populista que se ha sostenido los últimos 20 años en nuestro país.
Todos los argumentos, de uno y otro lado, tienen valor, pero pasan por alto el papel central que desempeña el capitalismo en el fomento de la democracia. Un sector privado fuerte, el núcleo del capitalismo de mercado, es crucial para la supervivencia democrática, pues son menos vulnerables a la presión gubernamental. Las empresas privadas y sus empleados poseen la riqueza y la autonomía necesarias para promover una sociedad civil independiente, ambos elementos clave para la fortaleza democrática. De hecho, casi todos los países de altos ingresos con sectores privados grandes y diversos son democráticos hoy en día. Además, investigaciones realizadas en América Latina, sugieren que la liberalización económica, incluida la privatización de empresas públicas, siempre va a jugar un papel crucial en la promoción de la democracia para bien, mientras que, por el contrario, un sector público extenso y bien remunerado ha sostenido a regímenes autoritarios. Nosotros no hemos sido la excepción.
Todos, al mismo tiempo, incluso los sectores privados ricos y poderosos de los países de altos ingresos pueden terminar siendo vulnerables a la presión gubernamental, lo que hace que potencialmente hayamos sido susceptibles a un retroceso democrático. Si bien el sector privado está más protegido de la presión política en los países capitalistas ricos que en los pobres, los gobiernos aún poseen una influencia significativa sobre el sector privado mediante herramientas regulatorias. Aquella ausencia de límites institucionales estrictos a la interferencia política, puede utilizarse para castigar la disidencia y recompensar la lealtad política. De hecho, es mucho más fácil ser aliado del gobierno ya que no es la captura del Estado por parte de las empresas, sino más bien la captura de las empresas por parte del Estado, un sector privado débil socava la democracia
Hemos sido testigos de que la concentración de recursos económicos en manos del Estado menoscaba el desarrollo democrático. El control gubernamental sobre la economía proporciona a los líderes políticos poderosos medios para recompensar la lealtad y castigar la disidencia. Cuando la propiedad estatal es extensa, los empresarios se ven obligados a cultivar vínculos personales con los mandamases en lugar de desafiarlos abiertamente. Cuando las rentas están concentradas y distribuidas centralmente por la autoridad, las oportunidades económicas fuera del sistema público son limitadas, la élite empresarial es altamente susceptible a la presión política. Como las empresas dependen en gran medida de las conexiones políticas para proteger su propiedad y fortalecer sus posiciones de mercado frente a la competencia, rara vez se oponen a las autoridades. De hecho, los datos del proyecto sobre la propiedad estatal en la economía y el Índice de Libertad Económica de la Heritage Foundation dejan claro que existe una correlación muy fuerte entre las políticas económicas estatistas y el tipo de régimen. Casi todas las economías estatistas son autoritarias, mientras que casi todos los países económicamente liberales son democráticos.
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Un sector privado fuerte pluraliza el poder. Mientras que el control gubernamental sobre la economía refuerza el autoritarismo al concentrar recursos en manos de unos pocos actores estatales, un sector privado grande y diverso distribuye recursos a lo largo del espectro político, generando músculo democrático. Esta dispersión de recursos económicos fuera del Estado hace más difícil que un solo partido o un político monopolice el poder político.
La fortaleza general del sector privado y su impacto en el desarrollo democrático, puede entenderse en dos dimensiones: en el grado de protección de los derechos de propiedad contra la expropiación arbitraria; si la propiedad es altamente vulnerable a la confiscación, la clase empresarial no podrá ejercer un control serio sobre el poder gubernamental. La segunda dimensión se refiere a la riqueza, el tamaño y la diversidad del sector privado. En países pobres, con gobiernos de una financiación insuficiente, las ventajas sobre los actores no estatales y la sociedad civil, hace que la democracia resulte difícil de mantener. En cambio, los países capitalistas tienden a distribuir recursos significativos entre los grupos sociales, lo que dificulta que los gobiernos autoritarios monopolicen el control político. Esta dispersión de recursos probablemente explica por qué tantos países de altos ingresos son democráticos hoy en día. No debería ser la excepción sino la regla.
Mgr. Fernando Berríos Ayala / Politólogo