Johnny Nogales Viruez
La captura de Nicolás Maduro, en una operación comando, y su traslado a Nueva York para enfrentar cargos por narcotráfico marcan un hecho histórico sin precedentes en América Latina. Por primera vez, un gobernante en ejercicio, acusado de dirigir un narco-Estado, es sacado del poder por la fuerza y puesto a disposición de la justicia estadounidense. Sin embargo, el impacto simbólico del acontecimiento no debe nublar una verdad incómoda: la caída del dictador no equivale, todavía, a la caída de la dictadura.
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Venezuela sigue gobernada por los mismos artífices del régimen que durante más de dos décadas pervirtió la institucionalidad, dilapidó los recursos públicos, empobreció a la población y forzó al exilio a millones de ciudadanos. La conducción política permanece en manos de figuras centrales del chavismo, comenzando por Delcy Rodríguez, Vladimir Padrino y Diosdado Cabello, pilares de un sistema diseñado para perpetuarse incluso ante la caída de su líder más visible.
Este dato es esencial para comprender el momento actual. El chavismo no fue nunca un fenómeno improvisado, sino una estructura de poder diseñada para someter al Estado y perpetuarse en el tiempo. Por eso, aun con Maduro fuera de escena, el manejo de los negocios del líquido negro y del polvo blanco continúa. La represión persiste, el miedo no ha desaparecido y la libertad sigue siendo la gran ausente. No hay ruptura institucional ni desmontaje del aparato autoritario, solo una reconfiguración del mando.
La invocación permanente de la soberanía reaparece como coartada moral. Se denuncia la intervención extranjera, pero se omite deliberadamente que ese mismo discurso sirvió durante veinticinco años para encubrir violaciones sistemáticas a la propiedad privada y a los derechos humanos, convirtiendo al Estado en plataforma del crimen organizado. Cuando la soberanía no protege a los ciudadanos, deja de ser un principio y se transforma en un escudo para la impunidad.
También queda al desnudo el fracaso moral de un antiimperialismo que degeneró en negacionismo. Buena parte de la izquierda latinoamericana prefirió callar frente a la dictadura “amiga”, relativizando el horror en nombre de afinidades ideológicas. Hoy, los hechos desmontan ese silencio. Si un jefe de Estado es juzgado por narcotráfico, no estamos ante un conflicto geopolítico, sino ante una tragedia ética de proporciones históricas.
La diáspora venezolana, de más de ocho millones de personas dispersas por el mundo, sigue siendo el dato más elocuente. No huyen de una persona, huyen de un sistema. Ese éxodo constituye el plebiscito moral más contundente contra el régimen chavista y una herida abierta que ninguna transición ficticia podrá cerrar.
La cárcel tampoco fue un exceso ocasional, sino una política de Estado. Centros de detención como “La Tumba”, una prisión subterránea para “enterrar” disidentes, sin luz natural, aislados durante años en celdas mínimas, simbolizaron el uso sistemático del encierro y la tortura psicológica como método de gobierno. El testimonio de Antonio Ledezma, en su libro “La tumba. Secuestro de Venezuela”, permanece como recordatorio de que el terror no desaparece automáticamente con la captura del tirano.
Hoy, Venezuela enfrenta una paradoja peligrosa. Mientras parte del mundo celebra la caída de Maduro, el país sigue bajo el control de la misma élite autoritaria, señalada además por investigaciones internacionales por su vinculación con el Cártel de los Soles. Cambió el rostro, no el sistema.
Delcy Rodríguez fue juramentada como presidenta encargada y, según una interpretación del Tribunal Supremo de Justicia, su mandato interino podría extenderse hasta 90 días prorrogables, bajo el argumento de una supuesta “ausencia temporal” de Maduro. Hasta ahora, no existe ningún atisbo de cambio real.
Aún está fresco el inicuo fraude de julio de 2024. La primera señal de recuperación democrática será llamar a comicios auténticos, bajo un tribunal imparcial, con datos verificables, liberación de presos políticos, pleno derecho al voto de los exiliados y veeduría internacional idónea.
La patria de Simón Bolívar ha visto caer al dictador. Falta restablecer la libertad, la democracia y la República. Y ese es aún un camino largo.
