La historia de la secta Los Niños de Dios no es solo un relato de abuso y fanatismo religioso, sino el síntoma cultural de una época que buscó sentido allí donde las instituciones habían dejado de ofrecerlo.

Antes de alcanzar el reconocimiento internacional como actor, Joaquin Phoenix vivió una infancia marcada por la pertenencia de su familia a la secta Los Niños de Dios. Este movimiento, surgido en los años sesenta en el contexto de la contracultura, ofrecía una vida comunitaria y espiritual alternativa, pero pronto se vio envuelto en denuncias de abuso sexual, manipulación psicológica y explotación infantil. La familia Phoenix experimentó precariedad material, aislamiento social y prácticas internas que, con el tiempo, serían denunciadas públicamente, lo que motivó su decisión de abandonar la comunidad.

La historia de la secta Los Niños de Dios no es solo un relato de abuso y fanatismo religioso, sino también el reflejo de una época en la que las instituciones tradicionales dejaron de ofrecer sentido y protección. Este fenómeno, lejos de ser una anomalía aislada, revela cómo el vacío cultural y la crisis de valores pueden abrir la puerta a formas extremas de manipulación y sufrimiento. Analizar este caso nos permite comprender los mecanismos sociales y psicológicos que hacen posible el surgimiento de sectas y, sobre todo, nos invita a reflexionar sobre los límites éticos de la religión y la búsqueda de sentido.



A finales de los años sesenta, el mundo occidental vivía una crisis silenciosa pero profunda. La fe en el progreso, que había sostenido a generaciones anteriores, comenzaba a resquebrajarse. La guerra de Vietnam, los asesinatos políticos y el desencanto con el sueño americano generaron una atmósfera de desconfianza y desilusión. Las instituciones —familia, Estado, Iglesia— perdían legitimidad ante los ojos de una juventud que buscaba respuestas fuera de los marcos tradicionales.

En este contexto, la religión no desapareció, sino que mutó. Surgieron movimientos alternativos que prometían una espiritualidad más auténtica, libre de jerarquías y dogmas. Sin embargo, esa búsqueda de sentido también abrió la puerta a líderes carismáticos capaces de manipular el deseo de pertenencia y trascendencia.

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David Berg, fundador de Los Niños de Dios, supo interpretar el clima de época con una lucidez inquietante. No ofreció una nueva doctrina, sino una reinterpretación emocional del cristianismo, adaptada al lenguaje de la contracultura hippie: amor libre, rechazo al sistema, desconfianza hacia la familia tradicional. Todo ello envuelto en citas bíblicas cuidadosamente seleccionadas.

Las sectas rara vez se presentan como tales. No llegan con amenazas ni violencia explícita, sino con promesas de comunidad, pureza y verdad. Nacen de la promesa de un refugio espiritual en un mundo que parecía haberse vuelto inhabitable. Al principio, todo parecía más simple y verdadero. Pero pronto, la figura del líder se impuso como mediador absoluto entre Dios y los fieles, desplazando el centro de la religión y anulando el pensamiento crítico.

Cuando alguien afirma hablar en nombre de Dios, la discusión se suspende y los límites desaparecen. La fe se convierte en una herramienta de poder absoluto. Se produce la paradoja que una religión que predica el amor termina construyendo una maquinaria de destrucción de los vínculos más básicos. La familia, entendida como espacio de cuidado y transmisión cultural, es deliberadamente demolida. Los hijos dejan de pertenecer a sus padres para integrarse en la “gran familia” del culto. El cuerpo, especialmente el de mujeres y niños, pierde su condición de límite íntimo y se transforma en un recurso religioso.

Los Niños de Dios fue la consecuencia extrema de una idea cultural profundamente arraigada: que el fin justifica los medios cuando ese fin se presenta como sagrado. El lenguaje del amor, central en el cristianismo, fue vaciado de su dimensión ética. “Dios ama el sexo, el diablo lo odia”, proclamaba Berg. Pero ese amor ya no estaba orientado al otro como sujeto, sino como instrumento. Amor sin responsabilidad, sin protección del vulnerable, sin culpa.

Esta historia incomoda porque nos obliga a mirarnos como sociedad. Preferimos pensar que las sectas son aberraciones aisladas, pero en realidad son productos culturales. Surgen allí donde las instituciones fallan, donde el sentido se evapora, donde la vida cotidiana se vuelve insoportable. En ese contexto, la promesa de pertenencia —de ser elegido, de formar parte de algo más grande— resulta irresistible.

Phoenix ha sido cuidadoso al no juzgar a sus padres, describiéndolos como idealistas que buscaban seguridad y comunidad en un mundo violento y confuso. Esa comprensión no absuelve, pero explica. Y revela que nadie entra a una secta buscando el mal, sino buscando sentido.

La familia Bottom decidió cambiar su apellido por Phoenix, el ave que renace de las cenizas. La imagen es poderosa y, paradójicamente, profundamente religiosa. Pero ya no se trata de un símbolo impuesto desde arriba, sino reapropiado desde la experiencia humana. No hay promesa de salvación trascendente, solo la posibilidad, precaria y frágil, de reconstrucción.

Por Mauricio Jaime Goio.