El bono demográfico que Bolivia está a punto de perder


Bolivia vive una paradoja silenciosa: estamos atravesando el mejor momento demográfico de nuestra historia y, al mismo tiempo, avanzamos peligrosamente hacia desperdiciarlo. El Censo 2024 confirma que el 65,6% de los bolivianos —7,46 millones de personas— está en edad de trabajar, mientras que apenas el 27% son niños y el 7,4% adultos mayores. Es el punto más alto de nuestra ventana demográfica en 30 años. Una ventaja monumental… que no estamos sabiendo transformar en desarrollo.

El bono demográfico no es un concepto abstracto: es una oportunidad histórica que solo aparece contadas veces. Cuando un país tiene más personas potencialmente productivas que dependientes, puede crecer más rápido, innovar más, reducir pobreza y sostener sus sistemas sociales. Así lo hicieron Corea del Sur, Irlanda o Chile. Pero ese potencial solo se activa con empleo formal, inversión, educación útil y un Estado moderno. Sin esos elementos, la ventaja se desvanece y se convierte en carga.



Bolivia se acerca peligrosamente a ese escenario. Aunque tenemos una fuerza laboral enorme, la economía no logra absorberla. Más del 80% de los jóvenes trabaja en la informalidad, atrapado en actividades de bajo valor. La productividad nacional se estanca, la inversión privada se retrae y la innovación sigue siendo marginal. Nuestros jóvenes no carecen de talento; carecen de un país que lo utilice.

La pirámide poblacional del Censo revela otro dato inquietante: la base se estrecha —nacen menos niños— y la cima se ensancha —hay más adultos mayores viviendo más tiempo—. Esto señala el inicio del envejecimiento poblacional. El propio análisis del boletín del INE advierte que el crecimiento del bono “se ha desacelerado”, lo que indica que Bolivia se acerca al final de su fase más favorable.

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Si no actuamos, la consecuencia será inevitable: menos trabajadores sosteniendo a más jubilados, más presión fiscal para financiar la Renta Dignidad, y un sistema de pensiones que ya hoy enfrenta tensiones crecientes. Una sociedad que envejece sin haber construido riqueza es una sociedad que se condena al estancamiento.

Pero aún hay esperanza. La ventana demográfica no está cerrada, aunque sí peligrosamente estrecha. Queda una década —quizá dos— para cambiar el rumbo. Eso exige decisiones profundas: un Estado digital y eficiente, menos trabas a la inversión de la mano de seguridad jurídica, educación técnica conectada con la economía real, un ecosistema de innovación que deje de castigar al emprendedor y políticas de empleo que promuevan productividad, no solo subsistencia.

El futuro no se decreta, se construye. Y Bolivia todavía tiene tiempo para hacerlo. Nuestro bono demográfico no está perdido, pero está a punto de perderse si no tomamos conciencia de lo que significa administrar un país con más jóvenes que nunca y con menos oportunidades que antes.

Un país que ignora su estructura demográfica juega a ciegas. Uno que la aprovecha, se transforma. El desafío es decidir cuál de esos dos caminos queremos seguir mientras la ventana sigue abierta… aunque cada día un poco menos.

 

 

Sebastian Crespo Postigo es Economista, MBA & Máster en Dirección de Proyectos.