Es el colmo que Bolivia vaya retrocediendo políticamente y que el sistema democrático esté podrido, pendiendo de un gajo seco. Francamente, no podemos estar celebrando más de cuarenta años de democracia, cuando casi la mitad ha sido un enredo de ignorancia, golpes, racismo, fetidez, embustes, robo, narcotráfico, y una ineptitud que primero causó asombro, pero que luego tuvimos que aceptar, aunque blasfemáramos y pataleáramos esperando el cambio
Acabamos de salir de veinte años de gobierno masista y no entendemos cómo hemos llegado unidos y con vida sin que la nación se derrumbe. Continuamos ligados, aunque cada vez más distantes, porque existe en Bolivia una situación muy peligrosa, que no sabemos si tendrá remedio, y es que fuera de etnias, raza, o tradiciones, hay una honda división de pensamiento o de intolerancia pura y simple. No pensamos en un futuro juntos, compartido, ni queremos las mismas cosas.
No es posible que un gobierno como el de Rodrigo Paz, que hace dos meses accedió al poder, esté acosado por demandas y bloqueos de la COB, obreros y campesinos (“la reserva moral de la humanidad”). Eso no es producto de una deliberación ni de un análisis responsable. Se evidencia, a las claras, que, fuera cual fuera el decreto central (el 5503), ya estaba preparada la negativa y las abusivas trincheras carreteras esperaban una orden. Esa pesada herencia que nos ha dejado el torcido Estado Plurinacional (que ya debería estar archivado) la sigue aprovechando el MAS mimetizado con otras organizaciones, pero siempre obedeciendo al codicioso Evo Morales.
¿Cómo se puede defender un gobierno de conspiraciones llevadas a la calle con el afán de derrocar a un presidente constitucional? En un Estado de derecho, solo aplicando lo que señala la Constitución. Y la Carta Magna señala, en situación extrema, el Estado de sitio.
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Si los daños a la nación son inmensos y el sistema de derecho peligra, no queda otro camino que aplicar el Estado de Excepción con toque de queda y el resto de las restricciones. Esto debe pasar antes por la aprobación de la Asamblea, aunque, en casos extremos, puede informarse después a los parlamentarios, habida cuenta de que su ejecución no se puede hacer en un debate parlamentario, porque desaparecería el factor sorpresa que es esencial.
El problema está en que para tomar una medida como esa se necesita de un gobierno unido, fuerte, – sin badulaques, charlatanes, ni traidores– y unas Fuerzas Armadas y Policía absolutamente confiables, que hoy no existen. El pueblo, en general, obedece una acción de esta naturaleza, si tiene la garantía de vivir en paz y poder transitar y cumplir con sus obligaciones laborales o educativas.
¿Habrá violencia? Seguramente que habrá, porque se acaban los juegos con cohetes y gases. Pero para aplicar un Estado de sitio las condiciones son estrictas. Un fracaso en la manera de manejarlo, un pie atrás en la decisión, sería una derrota determinante para el régimen. De ahí que pensar en esta medida tan impopular y vinculada sobre todo a los gobiernos militares es riesgosa, pero no descartable del todo.
Mientras tanto, las minorías radicales, irresponsables, ociosas, perdedoras de las últimas elecciones, seguirán acosando. Los esfuerzos del presidente y de sus ministros se estrellarán a cada paso con nuevas exigencias y reiteradas amenazas y el país continuará desangrándose en su economía y mostrándose como el más infeliz de Latinoamérica. A los bloqueos que han sido superados últimamente, seguirán otros porque los bloqueadores saben que no les sucederá nada malo y que ganarán su dieta diaria. No podemos aceptar que la minoría, con el manido cuento de declararse pobre y excluida, continúe provocando caos a escasos días del inicio de una administración.
