El eco del Qamiri Aymara-quechua en el MERCOSUR


Fernando Untoja

El reciente discurso del presidente Rodrigo Paz en Paraguay marca un punto de inflexión poco habitual en la retórica política regional. No fue un discurso declamatorio ni ideológico, sino coherente, claro y anclado en una afirmación de identidad nacional, sustentada en la observación de la realidad social y económica, y no en ficciones importadas.



Por primera vez en mucho tiempo, un jefe de Estado puso en palabras una verdad largamente negada: la extraordinaria capacidad creadora, productiva y de movilidad social de los Qamiris aymara–quechua en Bolivia. No como excepción folclórica ni como objeto de tutela estatal, sino como sujetos económicos reales, dinámicos y profundamente modernos.

Desde hace décadas, el katarismo ha sostenido una tesis incómoda tanto para la izquierda tradicional como para el liberalismo doctrinario: el espíritu capitalista no es ajeno a los pueblos aymara y quechua; está inscrito en su práctica cotidiana. Comercio, acumulación, reinversión, movilidad territorial y adaptación al mercado no son fenómenos recientes ni impuestos desde fuera; forman parte de una racionalidad económica históricamente construida.

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El discurso del presidente Paz hace algo fundamental: rompe con el indigenismo, ese invento ideológico compartido —aunque por razones distintas— por el masismo y la oligarquía de izquierda. El indigenismo no liberó a los pueblos aymara–quechua; los congeló en una identidad artificial, moralizada y políticamente instrumentalizada. Bajo su retórica, los aymara–quechua fueron convertidos en objetos de representación, no en sujetos de decisión.

Lejos de empoderar, el indigenismo sirvió para oprimir y extorsionar. Oprimir, porque negó la diversidad interna y la vocación productiva real de estas sociedades. Extorsionar, porque convirtió la identidad en moneda de cambio frente al Estado: subsidios, privilegios y poder corporativo a cambio de lealtad política. El resultado fue la subordinación a un Estado fallido plurinacional, no la emancipación.

El valor del discurso presidencial radica también en otra afirmación implícita: el espíritu liberal no necesita ser importado. No es una teoría extranjera que deba imponerse sobre realidades locales, sino una práctica ya existente que ha sido sistemáticamente negada por prejuicios ideológicos. La libertad económica, la iniciativa individual y la capacidad de competir no son ajenas a la sociedad boliviana; han sido bloqueadas por un Estado que desconfía de sus propios ciudadanos.

Esta constatación obliga a un giro conceptual más profundo. Si dejamos de proyectar teorías sobre la realidad y comenzamos a leer la estructura de la máquina económica, se vuelve evidente que el principal obstáculo al desarrollo no es cultural ni identitario, sino institucional. El problema no es la ausencia de espíritu productivo, sino la presencia de un Estado fallido plurinacional que intermedia, captura y bloquea.

Superar los prejuicios teóricos —tanto indigenistas como estatistas— permite ver con claridad una necesidad histórica: terminar con la estructura del Estado fallido plurinacional y reconstruir una relación directa entre Estado y ciudadano, basada en reglas, libertad y productividad.

En ese sentido, el discurso de Rodrigo Paz no es solo un gesto político en el exterior; es una interpelación profunda hacia el interior del país. Una invitación a abandonar imposturas ideológicas y a reconocer lo que siempre estuvo ahí: una sociedad capaz de crear, producir y moverse, si se le quita de encima el peso de un Estado que la niega