La destitución de Nicolás Maduro plantea interrogantes sobre el proceso de transición y la sostenibilidad de un orden democrático en medio de presiones geopolíticas y la influencia de fuerzas leales al régimen derrocado
Delcy Rodríguez encabezó la primera reunión del gabinete chavista tras la captura del ex dictador Nicolás Maduro
Fuente: infobae.com
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Una operación militar de Estados Unidos puso fin abruptamente al régimen de Nicolás Maduro y abrió en Venezuela una fase de transición cargada de incertidumbre. La prestigiosa columnista Mary Anastasia O’Grady sostuvo en The Wall Street Journal que por primera vez en “un cuarto de siglo de autoritarismo chavista, un retorno a la democracia y al pluralismo es posible”. Para la autora, el derrocamiento de Maduro no culmina la tarea sino que marca el inicio de un proceso ambiguo cuyo desenlace depende de la capacidad de liderazgo de Washington y la disposición de los actores internos a aceptar el cambio: “El trabajo no está terminado”.
En la madrugada, bombardeos estadounidenses neutralizaron defensas antiaéreas y destruyeron objetivos militares clave como Fuerte Tiuna y el aeropuerto militar de La Carlota, dejando parcialmente sin energía a la capital. Fuerzas especiales irrumpieron en el círculo de seguridad de Maduro. Según O’Grady, “muchos guardias cubanos murieron o resultaron heridos”. A las 4:21 a. m., Donald Trump anunció la captura y extradición de Maduro y su esposa, Cilia Flores. Una imagen del exmandatario venezolano, cabizbajo y esposado, circuló ampliamente.
La reacción internacional fue inmediata: el presidente colombiano Gustavo Petro, el régimen comunista de Cuba, el mandatario brasileño Luiz Inácio “Lula” da Silva y varios congresistas demócratas en Estados Unidos condenaron la intervención, considerándola una violación de la soberanía. Para la columnista, el llamado de Petro a la paz resultó “especialmente irónico dado su pasado como terrorista del M-19”.

En esta foto publicada por la Casa Blanca, el presidente Donald Trump observa las operaciones militares estadounidenses en Venezuela, junto con el secretario de Estado, Marco Rubio, en Mar-a-Lago, en Palm Beach, Florida, el sábado 3 de enero de 2026. (Molly Riley/La Casa Blanca vía AP)
En contraste, “millones en las comunidades venezolanas expatriadas celebraron”, convencidos de que el regreso a casa es por fin una posibilidad real. Sin embargo, O’Grady advirtió que, pese al júbilo, el panorama es incierto. Trump reconoció la provisionalidad de la victoria militar: “Estados Unidos va a administrar el país hasta que podamos ejecutar una transición segura, apropiada y juiciosa”, afirmó el presidente norteamericano. Según la autora, la declaración resultó “inesperada” y no hay claridad sobre los mecanismos de esa tutela, añadiendo que “la ambigüedad es inquietante”.
En Caracas, la calma dominaba mientras la oposición democrática, encabezada por la líder y Premio Nobel María Corina Machado, aguardaba con cautela. O’Grady subrayó que, aunque la cúpula del régimen ha sido “decapitada”, sectores leales se resisten. El ministro del Interior, Diosdado Cabello, “el miembro más despiadado de la cúpula”, se ocultó y desde la clandestinidad instó a la resistencia y a salir a las calles contra Estados Unidos. Aunque “sus sicarios merodeaban barrios humildes de Caracas”, la mayoría de la población optó por el resguardo. Informes no confirmados indicaron que “altos mandos militares huyeron del país”.
El secretario de Estado Marco Rubio precisó que Maduro tuvo la oportunidad de abandonar Venezuela sin violencia, y “el propio Trump afirmó que el venezolano incluso consideró la oferta”. La negativa forzó la demostración de fuerza: “No le dejó al presidente estadounidense más opción que la estrategia de shock y asombro”, reseñó O’Grady. Ahora, Maduro y Flores enfrentan cargos por narcotráfico ante un tribunal federal de la ciudad de Nueva York y arriesgan penas considerables.
El siguiente objetivo de Washington es Delcy Rodríguez, “la mano derecha de Maduro”, quien habría asumido el liderazgo y el mando supremo del país. La columnista indicó que el entorno de Trump la presiona para “coordinar una transición negociada”.
La estabilidad del traspaso de poder requiere la colaboración de las fuerzas armadas venezolanas: “Los demócratas venezolanos comprenden la importancia del ejército, la marina y la aviación para instaurar una transferencia pacífica y elecciones”, afirmó la analista, recalcando que la lección aprendida de “la desbaazificación de Irak en 2003” fue evitar la disolución total de las estructuras armadas del Estado. La misión de Rodríguez sería convencer al ministro de Defensa, Vladimir Padrino, para que renuncie y ordene a los generales cambiar de bando.
Rodríguez, por ahora, desafía abiertamente la advertencia estadounidense, tal como hizo Maduro. “Afirma que no se irá”. O’Grady resaltó el peso de la presión cubana y rusa, así como los privilegios derivados de “la criminalidad organizada del régimen” y el lujo personal como motivos para aferrarse al poder, tanto para Rodríguez como para los generales. Cabello, aunque “demasiado asustado para moverse”, también prometía resistencia.
Estados Unidos exhibió su capacidad para modificar el equilibrio de fuerzas en Venezuela. Según rumores, Washington sugiere a Rodríguez y a Padrino la posibilidad de evitar violencia y cárcel si facilitan la transición, pero Trump advirtió que “una segunda etapa de intervención militar no está descartada”. O’Grady advirtió que si “el régimen persiste, la misión del 3 de enero habrá sido en vano”.
En otro punto, la oposición democrática prefirió evitar movilizaciones masivas temiendo represalias de las “fuerzas leales de Cabello”, lo que recordó el riesgo permanente de represión. No obstante, la columnista advirtió que “el ejército no se movilizó en la capital, cuando lo habitual sería ver tanques y brigadas patrullando durante una agresión externa”, lo que sugiere que los altos mandos podrían no confiar en la lealtad del grueso de la tropa para perpetuar la represión.
La franqueza de Trump al sugerir ante Petro que podría encontrarse en una situación similar, y el mensaje de Rubio a La Habana aconsejando vigilancia permanente entre los jerarcas, demostraron —para la autora— determinación y claridad estratégica. Sin embargo, O’Grady desaprobó que Trump “afirmara que Machado no goza de respeto entre los venezolanos”, calificándolo de “gratuito, desinformado y mezquino”, al enfatizar que “ella es enormemente popular y ha conseguido unificar al país”.
Por último, la autora lamentó que el presidente estadounidense, tras explotar los temas del “petróleo y el consumo de cocaína en Estados Unidos”, omitiera cualquier referencia a los aproximadamente 900 prisioneros políticos que permanecen en las cárceles venezolanas y que corren grave peligro. Para O’Grady, esa omisión privó a los detenidos de “un respaldo presidencial y de una advertencia a los potenciales agresores”.
El fundamento democrático de la intervención reside, a juicio de la columnista, en el deseo manifiesto del pueblo venezolano de recuperar la libertad; “lo votaron en las elecciones presidenciales de julio de 2024, eligiendo al candidato opositor Edmundo González con casi el 70% de los votos”. O’Grady concluyó que Trump detenta “la autoridad moral en este asunto. Podría encontrar su mayor legado si lo asume por completo”.