Álvaro Riveros Tejada
Bastó que un desvencijado helicóptero Super Puma, de la Fuerza Aérea Boliviana, realizara un sobrevuelo de paseo por las ubérrimas tierras chapareñas, para que un considerable número de sus habitantes, especialmente aquellos dedicados a la pujante industria agroquímica, sientan terribles escalofríos y una espeluznante, como incontenible necesidad de obrar sus necesidades más elementales.
Dicha actitud resultó muy comprensible, al conocerse que los pasajeros de la mencionada aeronave eran, nada más ni nada menos, que miembros de la famosa DEA norteamericana (Administración para el Control de Drogas) que retornaban al país, después de 20 años de haber sido expulsados por el régimen de Evo Morales Ayma y atendiendo una cordial invitación del gobierno de Rodrigo Paz.
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Aún recordamos ese comunicado de prensa, de enero de 2009, mediante el cual, Patrick Stempcamp, Director regional de ese organismo, se despedía de Bolivia lamentando la conclusión de los 35 años de cooperación prestada a Bolivia, contra el flagelo del narcotráfico y en cumplimiento a los 90 días que le diera el gobierno de Evo Morales para abandonar el país, bajo los “gravísimos cargos de injerencia política, financiamiento a cívicos y espionaje durante la crisis política regional que enfrentó su gobierno”.
En su discurso de despedida, Stempcamp enfatizó lo mucho que aprendió en Bolivia, principalmente sobre el significado de la dignidad, esa virtud que no se encuentra en las palabras sino en las acciones y, según él, estas se reflejaron en el trabajo digno de las fuerzas antinarcóticos de Bolivia, agradeciendo, a su vez, muy especialmente, al entonces director de la FELCN, Cnel. René Sanabria, quien fue, sin embargo, extrañamente extraditado a los EE.UU. tres años más tarde.
De la misma forma, fue curioso e inexplicable que sobre ese impasse diplomático, Stempcamp no se hubiese referido a la insólita expulsión de su embajador en La Paz, Philip Goldberg, ocurrida apenas cuatro meses antes que la suya. Al contrario, a la luz de lo expuesto, en este críptico, como misterioso ambiente del narcotráfico, donde una vida se cotiza con mucho menos valor que un alijo de cocaína, cada vez son mayores e innumerables los hechos que relacionan las actividades políticas, económicas y sociales, con esa ilícita práctica delincuencial.
Al decir de la tripulación, como del pasaje del ya famoso helicóptero Puma, que sobrevoló el trópico chapareño, lo más sorprendente para los visitantes fue ver que el verde de los campos era total, sin darse cuenta, que los “agroquímicos” habían extendido las hojas de coca hasta sobre la calzada de las carreteras para su pronta maceración, dándole al paisaje un verdor alucinante pero falso. Lo real y objetivo se cumplió con el retorno de los ilustres visitantes en el vuelo de la DEA.
