Unos 21,6 millones de votantes están llamados a las urnas en Uganda, donde los colegios electorales han abierto sus puertas para las elecciones generales este jueves 15 de enero.
Por Christina Okello

En Uganda, que nunca ha conocido un cambio presidencial pacífico desde su independencia en 1962, “muchos votantes no recuerdan las circunstancias que llevaron a Yoweri Museveni al poder y quieren un cambio”. » Para el analista Alex Vines, director del programa África del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores (ECFR), ahí está todo el reto: unas elecciones que enfrentan una promesa de continuidad y una juventud que quiere romper con el pasado y mirar hacia el futuro.
Todo un país parece vivir en cámara lenta. El miércoles 14 de enero, en vísperas de las elecciones, Uganda daba la impresión de contener la respiración. En Kampala, desde el martes por la noche, se veía a militares en varios cruces, el tráfico era escaso y se acababa de cortar la conexión a Internet en todo el país. Más al norte, en Lira, se respiraba la misma sensación de ciudad paralizada. “No hay tráfico, las calles están desiertas”, cuenta JB Jackson, comerciante, con quien hablamos por teléfono.
A los ugandeses privados de red, las autoridades les explican que quieren prevenir la desinformación, el fraude y las llamadas a la violencia. Argumentos que rechaza Amnistía Internacional. La ONG exige “urgentemente” el levantamiento de estas restricciones. Denuncia un obstáculo a la información ante la proximidad de unas elecciones cruciales y un intento de impedir la transparencia del voto. En la misma línea, el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos ha advertido sobre un entorno de “represión e intimidación generalizadas”, dirigido en particular a la oposición, los defensores de los derechos humanos y los periodistas.
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El legado y el discurso de la estabilidad
Yoweri Museveni gobierna el país desde 1986. En su bando, el argumento central se resume en una palabra: estabilidad. Esto se basa en la idea de que el país ha pasado página tras décadas de caos político y violencia, y que ahora la prioridad es evitar cualquier retroceso.
Este es el discurso que defiende con vehemencia Kenneth Omona, ministro de Estado encargado de la rehabilitación del norte de Uganda y miembro del partido en el poder, el Movimiento Nacional de Resistencia (NRM). Rechaza las críticas sobre la longevidad del régimen y asume el modelo de poder sin límite temporal encarnado por Museveni: “¿Cuarenta años de estabilidad son demasiado tiempo? ¡En absoluto!”.
A este respecto, Kenneth Omona menciona el caso de la República Democrática del Congo, donde los dirigentes cambian, recuerda, pero “la estabilidad sigue sin llegar”. Reivindica, para el norte de Uganda, una “paz relativa” y la esperanza de una transformación económica, con la llegada anunciada de los ingresos petroleros. También descarta la idea de que el NRM haya perpetuado los problemas del pasado. Antes de la llegada al poder de su movimiento político, asegura, el país “sufría de corrupción y mala gestión”.
“Nuevo comienzo”: la promesa de la oposición y la batalla de las palabras
Por su parte, la Plataforma de Unidad Nacional (NUP), el partido de Bobi Wine, refuta esta versión y revierte la acusación. La corrupción, afirma el candidato, sigue estando en el centro del sistema actual. Ben Byamugisha, miembro del comité central de la NUP, también rechaza la idea de que la oposición quiera “incendiar” el país. Rechaza las acusaciones de fomentar el caos que le imputan las autoridades e insiste en la vía de la protesta “en las urnas”. “La democracia se ha desviado”, afirma, y hace un llamamiento a la movilización masiva el día de las elecciones: “Cuando hablo de voto de protesta, no me refiero a salir a la calle, sino a acudir a votar en masa”.
Detrás de estas declaraciones hay un mismo objetivo: ganar la batalla de la credibilidad. El NRM insiste en los conceptos de estabilidad y continuidad. El NUP responde con la promesa de una mejor gobernanza y la reactivación del empleo, en definitiva, un “nuevo comienzo”. Dos discursos, dos electorados y, en el centro, una juventud mayoritaria en el país, a la que cada uno intenta convencer.
La incógnita del después de las elecciones
Más allá del nombre del ganador, lo que preocupa es el periodo posterior a las elecciones. Uganda nunca ha conocido una transición política pacífica desde su independencia, un dato que pesa sobre la aceptación de los resultados y sobre la capacidad del país para evitar una crisis postelectoral.
Alex Vines añade un elemento a esta ecuación: la experiencia vivida a nivel regional, más allá del país. Por eso, según él, las autoridades ugandesas observan de cerca lo que ha ocurrido recientemente en otros lugares —Tanzania, Kenia, Mozambique— y la forma en que una juventud “sedienta de cambio” puede movilizarse. De ahí, dice, la estrategia de bloqueo antes de las elecciones. Pero, advierte el analista, la pregunta sigue siendo: “¿Cómo reaccionarán los jóvenes si se anuncia una victoria aplastante de Museveni?”. Solo el resultado de las elecciones lo dirá.