No son pocos los que aseguran, desde perspectivas sociales, políticas, económicas, neuropsicológicas, psiquiátricas e históricas, que el presidente de Estados Unidos sufre de una severa senilidad junto a problemas fisiológicos propios de una persona con más de 80 años, desde fallas renales hasta el bajo control de sus esfínteres.
Es un cuadro bastante alarmante si estamos hablando de uno de los presidentes más poderoso del mundo y cuya visión es el caos, el desorden, la coerción, el chantaje, la amenaza y una actitud abiertamente mafiosa de ver al mundo.
Su narcisismo es tan demencial que la romería de líderes políticos y dueños de corporaciones que visitan la Casa Blanca, para besarle, ya no las manos, sino sus pies, es francamente indignante.
Y la mayor humillación de todas fue la “entrega” del Premio Nobel de La Paz, por parte de María Corina Machado, a Trump. Un vasallaje político inverosímil. No es la primera persona que hace algo extraño con el premio que el comité noruego otorga cada año. Unos lo donaron, otros lo vendieron y otros, de plano, los desdeñaron. Pero al margen de todos estos antecedentes, recibir un premio noble “inmerecido” y sólo por alimentar el ego de un desquiciado, sólo para seguir estando vigente en una agenda política brutalmente mercantilista del país del norte con Venezuela, raya lo inaceptable.
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Toda es dignidad, probidad y valentía de Machado quedó pulverizada con su capitulación frente a Trump y que quedó evidenciado por su ingreso y salida por la puerta de atrás de la Casa Blanca. Machado perdió todo. Y muchos sostienen que Trump no la volverá a llamar, por la sencilla razón de que no tiene nada más que ofrecerle. El poder lo maneja su archirrival Delcy Rodríguez, como primera presidenta de Venezuela y actual socia de Trump y del poderoso secretario de Estado, Marco Rubio.
Hasta llegaron a condecorar al máximo representante de la CIA en Caracas, agencia que lideró, precisamente, la extracción militar de Maduro desde el Palacio de Miraflores, dejando a más de medio centenar de militares cubanos – guardia pretoriana —muertos en la acción, validando el hecho de que Cuba siempre realizó intromisión, espionaje y persecución política en Venezuela.
Al final, Machado se quedó con el premio millonario, Trump con la medalla de oro del premio Nobel y Delcy con el poder en Venezuela.
Una destacada periodista Élisabeth Roudinesco calificó la escena como un delirio de un rey shakespeariano y que nos debería analizar seriamente la hipótesis de si Donald Trump está loco.
Para Roudinesco, se trató de una grotesca ceremonia que cruzó una línea: sabiendo que probablemente nunca obtendrá el premio que tanto ansía, Trump armó una puesta en escena: la entrega de un premio que no le corresponde y que, de hecho, es una farsa. Ni él ni Machado —que aceptó participar en este juego grotesco— han infringido en realidad la ley establecida por el Comité Nobel, que establece que el título no puede ser transferido en ningún caso por el galardonado, aunque la medalla pueda ser regalada o vendida. Es precisamente en esa escena shakesperiana donde algo sucede: mostrar ninguna actitud de temor al ridículo mundial al crear una realidad extraña, paralela y delirante.
Este montaje – uno de tantos desde el salón oval que ahora es más una habitación kitsch – se confirma lo que constituye la esencia del trumpismo: el poder de lo grotesco y donde reside su peligro totalmente real.
La verdadera pregunta no debería ser: ¿Está loco Trump?, o ¿de qué tipo de locura se trata?, sino más bien: ¿Por qué las estructuras políticas, institucionales y sociales permiten esta locura? ¿Por qué las instituciones estadounidenses y occidentales contribuyen a hacer realidad el delirio del presidente de los Estados Unidos?
Trump vive en un mundo que él mismo fabrica, un mundo que quiere que sea idéntico a su deseo de omnipotencia y, por tanto, de goce. Cuando organiza una ceremonia para otorgarse a sí mismo un Nobel imaginario, no está jugando, no está bromeando: realmente vive la escena.
A Trump le gustan las medallas, la ostentación, los dorados falsos, y cree que estos signos externos son equivalentes a un título real: tiene una pasión por los salones de baile y los signos de la vida monárquica. Se imagina a sí mismo como un rey —al estilo de Luis XIV en Las Vegas— cubierto de condecoraciones y baratijas.
Prefiere que lo engañen antes que arriesgar cualquier cosa y no le importa el ridículo. Ahí está su delirio visible: un delirio de grandeza basado en el culto a su ego; un delirio narcisista de histrión que se vuelve aún más peligroso cuanto más se somete a él su entorno.
Ya en 2017 los mejores psiquiatras estadounidenses lo calificaron como “una mezcla de sociópata, narcisista, sádico, peligroso e incapaz de gobernar su país” …
Ahora, cada vez es más preocupante la senilidad de Trump, ya que su neocórtex frontal del cerebro – que es la encargada de la toma de decisiones ejecutivas, el control conductual y de fijar límites —, estaría casi anulado, por lo que su conducta es cada vez más errática, hostil, torpe y, hasta, primitiva.
Ahora la pregunta es, quién le pone un freno a este desquiciado y que es el mejor espía y colaborador que tuvo Rusia y la ex Unión Soviética desde su nacimiento. Nadie ha actuado tan abiertamente favorable hacia Putin y sus intereses bélicos y desestabilizadores de Europa en su totalidad. Es el empleado del año cuya fotografía están enmarcadas y colgada en la oficina de Putin. Seguramente bajo el título: nuestro loco americano, más querido por Rusia.
