La claudicación histórica de la utopía


Cerrar un ciclo histórico exige algo más que balances retóricos, supone reconocer, como intuía Einstein, que el tiempo y el movimiento dependen de la energía que los anima. Tal vez por eso los recientes virajes políticos en América Latina, presentados como rupturas radicales, no sean más que pliegues gravitacionales, porque esos desplazamientos aparentes que ocultan una profunda continuidad estructural de la modernidad. Cambios sin energía ni peso específico histórica suficiente, simulacros que prometen velocidad, pero que reproducen trayectorias conocidas.

No deja de ser paradójico que, en América Latina, quienes hoy pregonan la “libertad” sean, una vez más, los amos. ¿De qué libertad se habla cuando multitudes de jóvenes, tecnócratas, economistas de escritorio y empresarios politizados marchan invocando a Smith, Ricardo, Friedman, Hayek o Von Mises, vaciando el concepto de libertad de todo significado social? La libertad en la antinomia de esclavitud y opresión ¿Qué libertad es esa que interpela a los sectores subalternos para no emanciparse, sino para autoexplotarse, naturalizando la informalidad, el subempleo y la renuncia a derechos conquistados históricamente?



Los intelectuales del libre mercado invocan a este como redentor universal en sociedades donde el contrato social jamás fue plenamente constituido y menos respetado. Apenas se ensayaron acuerdos políticos coyunturales, rápidamente fueron archivados en parlamentos, tribunales y ministerios, sin traducirse en un proyecto común de desarrollo. Pretender instaurar un liberalismo radical sobre esta base histórica no es una apuesta racional, sino un salto al vacío, adornado de retórica democrática y despojado de propósitos civilizatorios.

Este giro no puede comprenderse sin reconocer una derrota intelectual y política profunda de la izquierda latinoamericana. No se trata solo del agotamiento del populismo intuitivo e inmediatista, sino el persistente error de haber renunciado a gestionar un estado de manera eficiente y proba, a corromper el poder en todas sus estructuras, clausurando la esperanza. Negándose  a sostener una disputa estratégica por el sentido histórico del desarrollo, la justicia social y la igualdad estructural.

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A pesar del fracaso de los agentes de la izquierda populista, y la imposición del neoliberalismo, ¡las cicatrices de la desigualdad siguen intactas en la arquitectura social, las luchas por condiciones dignas de vida no son anacronismos, permanecen en la mayoría de la gente, por tanto, son exigencias civilizatorias, por más que la nueva derecha radical las caricaturice como residuos ideológicos y culpas individuales

Aquí resulta inevitable volver a Antonio Gramsci. La izquierda, que supo articular intelectuales orgánicos, sindicatos y bloques populares en torno a un horizonte de transformación, abandonó progresivamente la batalla por la hegemonía cultural. Renunció a disputar la educación como un real derecho universal, la universidad como espacio de producción del sentido social y no solo las competencias laborales, la cultura como terreno decisivo del poder.

En su lugar, optó por una política fragmentaria y defensiva, por un indigenismo folclorizado y de un moralismo falso, eficaz en lo simbólico, pero inofensivo frente al poder real; por unas luchas identitarias desconectadas de la estructura económica; por movimientos ambientas moralizantes que evitan confrontar la lógica de acumulación; y por un progresismo estético que habla de derechos sin alterar los mecanismos de control del capital, del trabajo y del pensamiento.

Desprovista de visión estratégica, aquello que irónicamente el empresariado denomina “misión y visión”, la izquierda abandonó lo que alguna vez llamó utopía, no como fantasía inalcanzable, sino como proyecto histórico articulador colectivo.

Mientras tanto, los problemas verdaderamente estructurales como: la propiedad del capital, la financiarización de la vida, la concentración económica y la colonización cognitiva, no fueron refutados, fueron desplazados y corrompidos, expulsados del debate público.

El nuevo liberalismo ya no se presenta como ideología, sino como sentido común algorítmico. No necesita convencer, se impone como tendencia, como métrica, como dato. Funciona como una teología secular sin Dios, pero con dogmas obvios y fatuos, el mercado como ordenador natural de la sociedad, la competencia como virtud innata, la autoexplotación como atributo creativo y el fracaso como culpa personal. El resultado es una paradoja insoportable, sociedades que eligen “libremente” profundizar desigualdades, devastar su entorno y sacrificar lo común y apropiarse de lo público, convencidas de que eso es soberanía, derechos naturales y emancipación.

En este escenario, la concentración del capital alcanza niveles obscenos. Fondos de inversión globales como BlackRock no solo administran activos, administran vidas y el destino de la humanidad. Influyen en las políticas públicas, condicionan los mercados laborales a nivel global y subordinan a los Estados a una arquitectura financiera gris, dependiente de decisiones anónimas de grupos supraestatales. El capital ya no gobierna desde la fábrica ni desde la relación salarial clásica, el trabajo, sino desde el algoritmo, la cartera de inversiones y las sociedades financieras intangibles.

Por ello, de sociedades como la nuestra es más profundo de lo que admite el discurso liberal. Se intenta implantar un liberalismo radical en sociedades estructuralmente desorganizadas, con Estados débiles, informalidad crónica, desigualdades heredadas y una marginalidad que no es coyuntural, sino histórica.

¿Cómo puede operar el “libre mercado” donde nunca existieron condiciones mínimas de igualdad ni puntos de partida en condiciones básicas similares? ¿Cómo hablar de meritocracia o libre competencia en territorios marcados por la exclusión intergeneracional y cultural histórica? ¿Cómo invocar responsabilidad individual cuando el Estado abdica de garantizar condiciones elementales de vida digna? ¿Quién educa cuando en las escuelas y universidades se incoan a los sectores más conservadores, retrógrados y menos innovadores de la sociedad?

Es aquí donde el liberalismo deja de ser ingenuo y se vuelve cínico. Y sus agentes, creyéndose libres, terminan siendo peones de un ajedrez donde sus propias vidas, como las de todos, pueden ser sacrificadas por una mano realmente invisible, que no es el mercado, sino intereses de organizaciones supraestatales intocables.

Lo más inquietante no es el avance del discurso liberal, sino el silencio bochornoso y acomplejado de quienes debían disputarlo. Una izquierda atrapada en agendas periféricas, corroída por la corrupción y la culpa, renunció a intervenir en las formas de pensar, en la pedagogía social, en la construcción del sentido común económico. Confundió transformación con cosmética simbólica, y terminó extraviada en intereses personales y liderazgos megalómanos, dejando el campo libre para discursos simples, provocadores y profundamente irresponsables.

Tal vez estemos, una vez más, ante el agotamiento de un ciclo histórico, no solo de un año más. Ni el populismo retórico ni el liberalismo cínico han resuelto las fracturas estructurales de las sociedades en gran parte del mundo. Ambos han fracasado, cada uno a su modo.

Lo urgente no es la nostalgia ni la huida hacia la hoguera del mercado, sino la reconstrucción de un pensamiento crítico estructural, capaz de rearticular economía, política y cultura; disputar la hegemonía ideológica sin temor a incomodar; reconstruir un proyecto de desarrollo que no confunda crecimiento con acumulación; y reinstalar lo común como condición material de la libertad.

No para salvar al mundo, sino para impedir que la distopía se normalice y que la autoexplotación y resignación se vendan como la única alternativa para vivir.