La esencia de protestar al estilo boliviano


 

Puede suceder que cuando un nuevo régimen con ideología distinta llega al poder, emerjan demandas guardadas que exijan decisiones rápidas, para resolver problemas críticos acumulados desde tiempo atrás. Por otro lado, la sociedad civil está más polarizada, tiene expectativas dispares, y un margen de tiempo y error estrecho, para que las promesas de prosperidad se traduzcan rápidamente en resultados satisfactorios.



La llegada al poder no garantiza estabilidad de gobernanza; no es extraño ver que gobernar es más difícil que ganar elecciones. En un entorno histórico cambiante, los políticos actúan de tal manera que sus políticas, dejan de ser una aplicación apropiada para resolver conflictos sociales, y al contrario, pasan a ser parte de la problemática del Estado: parlamentos polarizados, sistemas judiciales sometidos, ideologías extremas, institucionalidad débil, corrupción; en suma, un círculo vicioso que aumenta la incertidumbre. La protesta se convierte en recurso violento que destruye los factores de cohesión social; ocasiona una incapacidad para articular soluciones, a pesar de que los problemas son comunes.

En países como Argentina, Chile, Ecuador, Bolivia, los ciudadanos comenzaron a percibir que el discurso redistributivo de riqueza no se convirtió en mejoras concretas; para colmo, la calidad de vida se deterioró. La consecuencia fue el cansancio expresado tanto en las urnas, como en las calles. En este contexto, Bolivia tiene lo suyo, no en vano se dice que es un país peculiar; por ejemplo, la reacción popular habitual que ejercita, promueve caos, atemoriza a los ciudadanos, su objetivo es conseguir el fracaso al más breve plazo. Sin ir más lejos, en días pasados, su acción rápida y masiva ganó pronto las calles y las carreteras, el movimiento sindical con la adhesión de otros movimientos sociales, utilizó, sin pausa, sus herramientas normales; en pocas horas aumentaron los atascos con piedras y tierras amontonadas; la sede del Gobierno fue sitiada por gente enfurecida; ruidos de petardos que afectan la salud emocional de los habitantes, utilizaron dinamita como arma de lucha. Arrogante desafío a la autoridad, provocar que ante la reacción de los organismos del orden público se registren heridos y muertos. Tercos y vociferantes impusieron su voluntad, no fue poco lo que consiguieron, aunque para ellos será siempre insuficiente. Como referencia hablamos de otras ciudades: Bogotá, Quito, Lima o Santiago, ¿alguna vez fueron sitiadas por multitudes dopadas, explotaron dinamita, arremetieron contra bienes particulares?; y aún más, sesenta y siete puntos bloqueados en las principales carreteras, ¿se sabe si esos países tuvieron que soportar semanas con el tráfico interno y externo suspendidos?

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Se dice y escribe con tono severo: el gobierno perdió, nunca debió permitir, su autoridad y capacidad están en duda. En gran medida así fue, sin quitar mérito al oponente que jugo sucio y fuerte, la iglesia y los ministros pedían diálogo; como respuesta los insurrectos arriesgaron, y se impusieron con lo que ahora se llama la anarquía narco sindical.

 

Mario Malpartida

Periodista