La revolución de la proximidad y por qué la política tradicional agoniza


Por Ricardo V. Paz Ballivián

 



En la arena electoral de 2026, seguir aferrado a los manuales del siglo pasado no es una muestra de experiencia, sino una sentencia de muerte política. Como consultor que ha visto nacer y morir estrategias en todo el continente, me resulta fascinante y a la vez alarmante observar cómo todavía existen comandos de campaña que dilapidan fortunas en la “política de tarima”.

Hablo de esas caminatas extenuantes, los mítines coreografiados y el reparto masivo de parafernalia plástica que solo sirve para alimentar el ego del candidato y las billeteras de los proveedores de logística. Este modelo no solo es anacrónico y profundamente oneroso, sino que hoy es activamente perjudicial: el elector moderno ya no ve en una concentración masiva una muestra de fuerza, sino un estorbo vial, una fuente de suciedad y, sobre todo, una puesta en escena artificial que grita «vieja política» a los cuatro vientos.

=> Recibir por Whatsapp las noticias destacadas

Mientras un candidato tradicional gasta miles de dólares en alquilar un sistema de sonido y una tarima para gritarle a una multitud que ya iba a votar por él, su competidor innovador utiliza ese mismo dinero para producir doscientos fragmentos de contenido hiperpersonalizado que llegan directamente al teléfono de quienes aún no han decidido su voto.

La realidad es que el ecosistema ha cambiado de forma irreversible. Hoy, el candidato que más parece “político” —aquel del atuendo uniformado, el discurso engolado y la gesticulación ensayada— es el que lleva las de perder. El ciudadano actual ha desarrollado una inmunidad biológica a la impostura; detecta el guion a kilómetros de distancia.

Pensemos en el fenómeno de los líderes que han triunfado recientemente. No ganaron por tener la mejor plataforma programática impresa en papel de lujo, sino por saber usar un “Live” de Instagram para responder preguntas incómodas mientras se preparan un café. Por el contrario, el que parece más “ciudadano”, el que se muestra vulnerable, el que usa un lenguaje despojado de tecnicismos y se comunica a través de un formato vertical en TikTok desde la mesa de su casa, es quien logra romper la barrera del escepticismo.

Ya no se trata de movilizar cuerpos a una plaza, sino de movilizar emociones a través de un algoritmo. La innovación y el uso intensivo de las nuevas tecnologías no son accesorios de lujo, sino el nuevo sistema nervioso de cualquier aspirante con posibilidades reales.

La verdadera batalla se libra en la microsegmentación psicográfica y en la economía de la atención. Un ejemplo claro es el desplazamiento del presupuesto. Mientras la vieja guardia insiste en llenar las avenidas con vallas publicitarias que todos ignoran mientras conducen, la nueva vanguardia utiliza herramientas de escucha social activa para identificar que, en un barrio específico, la preocupación no es la “economía nacional”, sino el precio del transporte escolar. En ese momento, la inteligencia artificial permite generar un mensaje específico para los padres de familia de esa zona, entregando una solución concreta en el momento exacto en que revisan sus redes sociales. Esta capacidad de atomizar el mensaje es lo que hace que un candidato deje de ser un busto parlante para convertirse en un vecino que entiende problemas reales.

La creatividad hoy es la única moneda de cambio que no se devalúa; un video de quince segundos con la estética cruda de lo cotidiano tiene más impacto que una hora de oratoria en un festival costoso. Incluso la “mística” de las caminatas ha quedado expuesta como una farsa logística. En lugar de forzar a un candidato a abrazar extraños en un mercado bajo un sol inclemente —una imagen que hoy se percibe como invasiva y falsa—, las campañas exitosas están creando comunidades digitales orgánicas. En lugar de regalar una camiseta que terminará como trapo de cocina, ofrecen acceso a canales exclusivos de WhatsApp donde el candidato envía notas de voz auténticas, comentando las noticias del día sin filtros.

En conclusión, el éxito electoral hoy depende de una paradoja: hay que ser extraordinariamente sofisticado en el uso de la tecnología para poder parecer ordinariamente humano ante el elector.

El futuro pertenece a los que cambian el cemento por los datos y la parafernalia por la autenticidad, porque en la era de la transparencia digital, el disfraz de político es el uniforme del perdedor.