La traición como método y la mediocridad como sistema


Por Lavive Yañez Simón

En Bolivia la traición ha dejado de ser un acto circunstancial para convertirse en una estrategia deliberada de supervivencia política. Ya no es una desviación del sistema: es su engranaje principal. Se planifica, se normaliza y se premia dentro de estructuras donde el mérito resulta incómodo y la dignidad peligrosa.



El país enfrenta una crisis de representación no por falta de líderes capaces, sino por la consolidación de un modelo donde personajes sin obra ni legitimidad sustituyen el voto por pactos de logias, acuerdos familiares y dedazos que secuestran la voluntad popular. La democracia ha sido desplazada por la conveniencia.

Las élites políticas han creado un ecosistema cerrado donde el poder se hereda, se intercambia o se negocia entre pequeños grupos aterrados por perder control. No temen al adversario; temen a quienes no pueden manipular. Por eso persiguen a los independientes, desacreditan a quienes incomodan y eliminan a quienes representan una amenaza moral.

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Cuando esa amenaza es una mujer libre, el sistema revela su rostro más retrógrado. La misoginia deja de ser prejuicio para convertirse en herramienta política. Se intenta deshonrar, minimizar y castigar a la mujer que decide no ser decorativa ni subordinada. El problema no es su capacidad; el problema es su autonomía.

La política boliviana vive hoy una contienda carnavalesca donde abundan disfraces de liderazgo y escasean credenciales reales. Mientras los improvisados toman decisiones por todo un país, quienes han demostrado trabajo, preparación y vínculo con la ciudadanía son desplazados por acuerdos oscuros que premian la obediencia y no la capacidad.

La mediocridad se ha vuelto un requisito funcional del sistema.
El mérito es visto como una amenaza.
La verdad como un peligro.

También emerge una generación de jóvenes formados en la lógica del oportunismo: creen que el camino al poder no es el esfuerzo ni la construcción social, sino la cercanía al padrino político. Esta práctica no renueva la política; la degrada aún más.

Bolivia no necesita más operadores del cálculo ni administradores de intereses familiares. Necesita liderazgo con coraje, ética pública y respeto por la voluntad ciudadana. Ningún país puede avanzar cuando quienes toman decisiones carecen de méritos y temen a quienes sí los tienen.

Toda élite sostenida en la traición termina atrapada por su propia pequeñez. Ningún sistema basado en la exclusión del mérito puede perdurar indefinidamente.

El país despertará.
Y cuando despierte, la historia no absolverá a quienes convirtieron la política en refugio de mediocres y laboratorio de traiciones.