Lara y la convergencia operativa de la desestabilización


Sin lugar a dudas, Bolivia atraviesa una de las crisis más delicadas de las últimas décadas. En estas circunstancias, la inédita conducta del vicepresidente Lara, lejos de contribuir a la recuperación y estabilidad del país, se ha vuelto preocupante al convertirse en uno de los principales factores activos de perturbación institucional y política. El declararse opositor al presidente Rodrigo Paz, el discurso demagógico contra las medidas económicas indispensables y su activismo opositor desde el propio Poder Ejecutivo, del cual forma parte; constituye un fenómeno inexplicable, para decir que se trata de una discrepancia personal.

Pienso que no estamos frente a una simple diferencia de opiniones. Estamos ante algo más grave: una “convergencia operativa” con propósitos desestabilizadores. Esta situación es aún más delicada, cuando actores distintos: (institucionales, mediáticos, económicos y políticos), sin acuerdos visibles actúan, en la práctica, de manera sincronizada, generando un efecto político común.



Vemos que no se trata de alianzas formales, más bien son coincidencias funcionales, que en conjunto configuran una estrategia de contrapoder.

Lara, como vicepresidente, ha optado por colocarse a la cabeza de la oposición al propio presidente. No desde una crítica constructiva, ni de la discusión interna, ha optado, contrariamente, por una postura de confrontación pública que debilita al Poder Ejecutivo y erosiona la autoridad del Estado al transmitir al país una imagen de desgobierno; mostrando ante la ciudadanía, que en el gobierno no existe unidad en la conducción. Tan es así, que la señal a los bolivianos es devastadora.

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Lara utiliza un peligroso discurso: “explota demagógicamente las necesidades sociales” y al mismo tiempo capitaliza el rechazo natural a las duras medidas económicas que, aunque dolorosas, son imprescindibles para evitar el colapso económico y productivo del país. En sus alocuciones, el vicepresidente siembra expectativas irreales, prometiendo lo imposible con tal de conseguir adhesiones a su organización política en formación; utiliza para ello el discurso fácil y complaciente. Esta conducta, encuentra eco rápidamente en ciertos sectores políticos, y en plataformas mediáticas que amplifican sus Tik Tok, en los que sistemáticamente exhibe su confrontación con el presidente, lo que conduce a que los opositores políticos encuentren una oportunidad para su reposicionamiento.

El daño institucional es profundo. Un vicepresidente que actúa de esta manera rompe un principio básico de la conducción republicana y una herencia democrática. Plantea una política que se nutre de la incertidumbre social para “acumular poder”, que pone en riesgo el futuro de un país, que no necesita de caudillos circunstanciales, ni profetas de aplauso fácil. Necesita autoridad, conducción, coherencia y responsabilidad histórica.

En situación de crisis, los verdaderos estadistas y políticos comprometidos con el país, no compiten por popularidad; lo hacen asumiendo el costo de hacer lo correcto.

La historia siempre acaba procesando a quienes, por intereses personales de poder, teniendo la responsabilidad delegada de ejercer autoridad, eligen el camino de la desestabilización.

¡Ojo! El país observa y la República toma nota.

Jorge Landívar Roca