Hace un par de semanas atrás, El País de España entrevistó a un bookstagrammer – traducido al español, sería alguien que recomienda libros en las plataformas sociales, especialmente en Instagram, en menos de 30 segundos – quien asegura leerse entre 120 y 140 libros cada año. Algo que, para mí en particular, que me considero un lector agresivo, es cuantiosísimo. Casi, diría, insultante. No por envidia banal, sino porque cada libro debe degustarse, sopesarse, guardarse, releerse, redescubrirse. O, por último, odiarse. Pero hasta para llegar a esa emoción, debe haber calma y tiempo. Eso hace que uno sea un sibarita de las letras. Y no alguien que, simplemente, engulle. La glotonería no es sinónimo de gusto, de paladar.
Paralelamente, por las mismas fechas, otra influencer del país de Ortega y Gasset, de Unamuno, de Pérez Reverte, de Savater o Cervantes, posteó, sin desparpajo alguno, en sus plataformas digitales que leer no significa – en absoluto – ser o considerarse una persona inteligente o que tenga una “moralidad superior” a otras personas. Ambas posturas provocaron un debate nacional, desde las universidades, colegios, políticos, autoridades educativas hasta los habitués tomadores de café, que, alrededor de una mesa pequeña, discuten a diario toda posible noticia polémica que cae entre sus tazas y ceniceros.
La inquina se basó en si una persona que lee – no sólo esas ingentes cantidades, sino simplemente aquella que tiene el sano habito de la lectura— tiene un intelecto y superioridad al promedio de los mortales o de plano no tiene relación alguna. Para los neurocientíficos y lingüistas, no existiría un programa genético para aprender a leer o que nos compela a devorar textos, a diferencia del lenguaje oral. Para leer, es imperativo que una persona aprenda un código simbólico completo, tanto visual como verbal y, según los expertos, apenas tenemos 6 mil años leyendo.
La lectura era para pocos. Para los monjes. Para las élites. Para los reyes o emperadores. El pueblo no tenía forma alguna de aprender a leer y mucho menos a escribir. Y la biblia, de hecho, sólo podía estar en una casa de letrados y no en un hogar humilde, porque era pecado. La gente atisbaba de lejos al sacrosanto libro de la iglesia y a lo mucho se persignaba cuando pasaba fortuitamente cerca del mamotreto y con mucho temor salía espantada. Tenerla entre sus manos ya era algo muy poderoso. Imagínense si, además, abrías el lomo y leías sus primeras páginas. Era casi un acto de magia. Una absoluta revolución social en contra del acérrimo conservadurismo de esas épocas.
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Entonces, el libro es un invento relativamente reciente. En sus primeros formatos, como las tablillas de arcilla, que se rompían fácilmente, pasamos al papiro y de ahí dimos un paso gigantesco como humanidad: el almacenaje de conocimiento en un solo lugar: la biblioteca. La de Alejandría. La primera de todas. Y es ahí donde empieza el viaje de la sabiduría del ser humano.
Y empezó, como todo en la vida, de una manera simple y utilitarista: para marcar cuántas vasijas de vino se tenían guardadas o cuántos esclavos y animales tenía tal o cual hombre adinerado, la elaboración de testamento y de ahí subimos escalones hacia la elaboración de tratados de historia, de poesía o de historias ficcionadas, como es la propia biblia. Con el nacimiento de los sistemas alfabéticos, abrimos un medio eficiente de comunicación con propios y extraños. Vino la universalización del conocimiento, el fortalecimiento de los mercados mundiales, el intercambio cultural, social, gastronómico y las luchas identitarias y, claro, la propaganda, los nacionalismos y las guerras.
Los lingüistas aseguran que la lectura implica, de manera consciente, una serie de habilidades que literalmente cambian constantemente el cerebro porque le permiten hacer nuevas conexiones entre regiones visuales, de lenguaje, de pensamiento y de emoción con cada línea, frase, página y libro. Una y otra vez, y en cada momento que una persona toma entre sus manos un libro y lo lee, crea una nueva conexión neuronal. Un nuevo circuito en su cerebro. Aquello que leemos, ocasiona dentro de nuestra cabeza un chispazo cerebral.
El cerebro entra en un estado meditativo, en un proceso físico que ralentiza los latidos del corazón, se ingresa en un estado de calma, de paz suspendida y la ansiedad se reduce. Todo esto hace posible que se abran las puertas a un mundo nuevo infinitamente.
Por eso se afirma desde la neuropsicología – tras una multiplicidad de estudios de resonancias magnéticas – que lectura aporta tres poderes mágicos al ser humano: creatividad, inteligencia y empatía.
Y es acá donde las interrogantes surgen. Si una persona es un lector habitual, ¿es más empática, socialmente más abierta, menos estructurada y con una paulatina reducción de taras sociales? ¿Leer nos hace mejores personas? Me gustaría creer que sí, pero no siempre es la regla.
La modelo e influencer española María Pombo puso su particular pica de Flandes cuando acusó – a través de sus redes sociales – a las personas que tienen la costumbre de leer de no tener ninguna “superioridad moral” por encima de las personas que no leen. Furibunda. Y más allá de quién es esta señorita muy conocida en sus plataformas digitales, más de un intelectual español acusó la puñalada y arremetió contra ella, brutalmente.
Y todos cayeron en una oquedad.
A pesar de que hoy estamos leyendo más palabras que nunca —se calcula que un promedio de alrededor de 100.000 al día— la mayoría se leen en ráfagas cortas en las pantallas, y “por encima”, por lo que cada vez, se estaría perdiendo la llamada lectura profunda.
Cuando leemos a nivel superficial, sólo estamos obteniendo información. Cuando leemos profundamente, en cambio, estamos usando mucho más de nuestra corteza cerebral. Conocemos. Aprendemos. Nuestras neuronas se conectan. Hacemos analogías, inferencias, lo que nos permite ser seres humanos verdaderamente críticos, analíticos y empáticos.
Por razones de espacio editorial, debo dejar de escribir, pero remato con la necesidad de que para comprender la importancia de la lectura es necesario reflexionar acerca del sentido del libro. Este no es un simple instrumento como podría ser un martillo, por ejemplo, sino que es una perspectiva particular del mundo. De nuevos mundos.
Con las nuevas tecnologías se conoce y muchísimo y con simple clic. Pero hoy ya no se lee, sólo se busca información. La lectura de un buen libro siempre requiere esfuerzo, tiempo, calma, soledad, intimidad. Y, de ese extraordinario hábito, ya no queda casi nada. Ni siquiera esa falsa “superioridad moral”. Todo fue reemplazado por una ignorancia tecnológica revolucionaria.
