El futuro político de Venezuela no se definirá por operaciones militares ni por deseos externos, sino por la correlación real de fuerzas, creencias y miedos que atraviesan a su sociedad. Tras 25 años de revolución bolivariana, el control del Estado por parte de las Fuerzas Armadas y sus estructuras paralelas consolidó un poder armado, ideologizado y socialmente enraizado, que no puede ser removido por atajos. Mientras la oposición permanece desarmada, fragmentada y atemorizada, el chavismo conserva capacidad de movilización y control territorial. A esto se suma un factor clave: la dimensión emocional de la política.

Fuente: Perfil.com
Para promover la democracia, tenemos que comprender la realidad más allá de los sesgos ideológicos. En Venezuela, el futuro del país se definirá en las urnas y por la aceptación o rechazo de las autoridades entre la gente. Necesitamos analizar las actitudes de la mayoría y cómo los eventos actuales impactan en sus creencias.
La situación venezolana no es el fruto de la aventura de un lunático, sino de un proceso de 25 años en el que las Fuerzas Armadas han controlado la estructura estatal y consolidado un relato en el que cree un sector importante de la población. La captura de Maduro y la instalación de Corina Machado en Miraflores es imposible porque existe un amplio sector de la población, que además está armado, dispuesto a defender la revolución en las calles, mientras que sus partidarios están asustados.
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Venezuela tiene instituciones formales como un Parlamento, Poder Judicial, electoral, las universidades, policía y gobiernos regionales. Todos estos órganos obedecen al gobierno de las Fuerzas Armadas y ninguno a la oposición.
Las Fuerzas Armadas Bolivarianas (FANB) cuentan con 353 mil efectivos regulares, superando a países como México (341 mil) o Argentina (83 mil). Su mando superior está integrado por 2 mil almirantes y generales, el doble que las FF.AA. de los Estados Unidos.
Las integran también la Guardia Nacional Bolivariana, inspirada en la Guardia Revolucionaria de Irán, que agrupa a 23 mil militantes armados que se encargan de las tareas sucias. Tiene ramas navales y aéreas e incluye a “los colectivos” grupos paramilitares creados para amedrentar a la oposición, que, en muchos casos, pueden actuar fuera de la ley para complementar sus ingresos.
Finalmente está la Milicia Bolivariana, compuesta por militantes que reciben formación militar básica. Posee “Cuerpos Combatientes” que realizan labores de espionaje dentro de instituciones y empresas. Aunque Maduro ha dicho que sus integrantes son 4 millones, analistas independientes estiman que son poco más de 500 mil. Usan uniformes, fusiles, ametralladoras, morteros y cañones sin retroceso.
Casi un millón de personas dependen del aparato armado del Estado, una red que sostiene al régimen desde hace décadas. Una red que combina disciplina militar, control social y lealtades férreas
El respaldo armado de la dictadura suma más de 900 mil efectivos ideologizados, y alimenta a un millón de familias. Sin la estructura formal de las Fuerzas Armadas, sería imposible controlar a milicias y colectivos, que podrían devastar el país.
Por el contrario, la oposición se encuentra desarmada y dispersa. A pesar de la superioridad tecnológica demostrada por los Estados Unidos y la captura de Maduro, el temor les impide salir a las calles. No pueden gobernar desde la clandestinidad, sabiendo que cuando el policía de la esquina les ubique terminan en la cárcel.
Aunque Estados Unidos posee una superioridad militar y tecnológica abismal e imparable, la política no se hace solo con amenazas. Está determinada por sentimientos e historias en las que cree la gente.
En la democracia actual la decisión la tienen seres humanos con sentimientos, que creen en historias armadas desde los primeros años de su existencia, con su entorno real y virtual, muchas de las cuales son imágenes, fantasías, supersticiones y creencias que los mueven.
La mayoría de nuestras decisiones cotidianas no son puramente analíticas (propias del hemisferio izquierdo del cerebro), sino que surgen del hemisferio derecho, más intuitivo y emocional. No escogemos nuestra pareja porque los estudios demuestran que tiene los mejores genes para obtener buenos hijos. Nos enamoramos, creemos que encontramos a un ser maravilloso y formamos familia. Tampoco escogemos nuestra religión estudiando el Tao Te King, la Biblia, el Corán, y los Libros de Confucio para saber cuál es el dios verdadero. Primero somos católicos, musulmanes o budistas y después nos dicen qué creencias corresponden a esa fe.
Lo mismo ocurre con la política. En Venezuela, el 54% de la población tiene menos de 30 años, ha vivido toda su vida bajo la revolución. Crecieron creyendo un relato de dignidad nacional y orgullo histórico, en el que Chávez y Maduro son figuras centrales. La oposición no ha logrado diseñar una historia que le conecte con esta mayoría, se ha enfocado en conceptos como los derechos humanos y la democracia que, aunque válidos, interesan sólo a los políticos y no generan emociones en la mayoría. El discurso de Trump le fortalece entre sus partidarios norteamericanos, pero complica a la oposición en Venezuela. Si afirma que intenta quedarse con el petróleo del país, obligarlos a comprar productos norteamericanos, convertirlo en un protectorado, es difícil que muchos venezolanos lo respalden.
Los humanos somos seres con sentimientos, parecidos a los demás animales. No nos gusta que bombardean el territorio en que vivimos, defendemos a los que más se nos parecen cuando otros los agreden, amamos nuestros mitos. Como se están llevando adelante las cosas, puede crecer el sentimiento antinorteamericano y en las próximas elecciones, la mayoría puede votar rechazando a los Estados Unidos no sólo en Venezuela, sino también en Colombia y en otros países.
Durán Barba Jaime Durán Barba
Profesor de la GWU. Miembro del Club Político Argentino.
Fuente: Perfil.com