Nikola Tesla imaginó un mundo unido por redes invisibles donde la información circularía sin fricción y los seres humanos estarían, por fin, conectados. Un siglo después su profecía tecnológica se ha cumplido. Pero, a pesar de todo el afán a lo largo de estos años, no se ha resuelto una pregunta esencial: ¿para qué queremos estar conectados?

Nikola Tesla, el mítico y genial inventor serbio, soñó con un mundo donde las distancias serían abolidas por redes invisibles y la humanidad, por fin, estaría conectada. Imaginó torres capaces de transmitir energía, imágenes y pensamientos a cualquier rincón del planeta. Anticipó con asombrosa precisión muchos de los dispositivos que hoy usamos. Habló de receptores personales, portátiles, capaces de transmitir información instantánea a escala global. Pero su ambición iba más allá de la eficiencia comunicativa. No buscaba solo transmitir datos, quería abolir la distancia humana

La torre de Wardenclyffe, el gran proyecto fallido de Tesla, aspiraba a la totalidad. Un sistema sin fisuras, sin interrupciones, sin opacidad. Un mundo donde todos pensarían juntos, al mismo tiempo, en la misma frecuencia. Pero pensar juntos no es lo mismo que pensar con otros. Su proyecto estaba sustentado en un gran error: confundió conexión con vínculo



La modernidad ha insistido en presentar cada avance tecnológico como una promesa de colectividad. El telégrafo acortó distancias, la radio unió naciones, la televisión creó públicos masivos, internet prometió democratizar la palabra. Pero, al final del día, ninguna de estas tecnologías fue capaz de crear comunidad. No resuelven la necesidad de generar tecnologías que creen un mundo compartido donde los seres humanos no solo intercambien información, sino sentido.

Habitamos ese mundo soñado por Tesla, pero, a pesar de estar permanentemente conectados, no necesariamente nos sentimos acompañados. Recibimos mensajes, imágenes y opiniones a una velocidad inédita, pero rara vez esa circulación se traduce en experiencia compartida. La red informa, sincroniza y expone, pero no garantiza comunidad. La ilusión consiste en creer que la intensidad de la señal equivale a la densidad del vínculo.

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Las plataformas prometen visibilidad permanente, comunicación sin fricciones, cercanía instantánea. Pero lo que ofrecen, muchas veces, no pasa de ser una simulación de proximidad. Se puede estar rodeado de mensajes y, aun así, no ser escuchado por nadie. Se puede tener miles de contactos y no contar con un interlocutor real. La soledad no desaparece simplemente se disimula.

Basta observar una videollamada grupal en la que nadie se atreve a hablar, o el scroll infinito de redes sociales donde la interacción se reduce a likes y emojis. No hay forma de que la conexión digital garantice la construcción de sentido compartido. El sentido no circula automáticamente. No se descarga. No se transmite como un dato. Se construye en la relación, en la palabra dirigida, en la presencia compartida.

Entonces la pregunta cultural de fondo que cabe hacer es ¿para qué queremos estar conectados? ¿Para intercambiar información o para no sentirnos solos? Si la respuesta es la segunda, ninguna red será suficiente. Porque el sentido no circula automáticamente. No se descarga. No se transmite como un dato. Se construye en la relación, en la palabra dirigida, en la presencia compartida.

Tesla creyó que la técnica podía resolver un problema existencial. Pensó que, si todos los cerebros resonaban en la misma frecuencia, desaparecería la soledad. Pero la soledad no proviene de la falta de estímulos, sino de la ausencia de un mundo compartido. Una comunidad no se crea con cables ni con señales, sino con acciones, relatos y responsabilidades compartidas. Queda claro que ninguna tecnología puede reemplazar del todo la necesidad humana de vínculo, presencia y significado.

Por Mauricio Jaime Goio.