Walter Guevara Anaya
Los repetidos ataques de Lara contra el presidente Rodrigo Paz y contra su gobierno suman un buen número de delitos cometidos en el ejercicio de sus funciones vicepresidenciales.
=> Recibir por Whatsapp las noticias destacadas
La ambición desmedida de Lara le impide medir sus actos. Demuestra una total incapacidad de convertir su ímpetu emotivo en un servicio al país, o por lo menos en algo útil para su propia carrera política. Confunde su presencia en medios sociales con sus obligaciones de estado.
Lara revive y refuerza la cultura irreflexiva promovida por el MAS. Hace todo lo contrario de formar ciudadanos autónomos, responsables y tolerantes, tal como la democracia los requiere para ser sostenible en el tiempo. Sus seguidores se convierten en autómatas. Renuncian al esfuerzo de pensar por sí mismos. Son iguales a los millones de ovejas que adoran a Evo como a un pastor.
Es paradójico que el impresionante avance tecnológico del mundo digital mantenga atrapados en la cultura política del populismo a muchos votantes carentes de un pensamiento propio. Lara apela a la nostalgia por un pasado que la mayoría de los votantes rechazó en la última elección.
Su base es virtual. Consiste en cientos de adictos que pasan horas en TikTok. Saltan de un video de menos de dos minutos a otro igualmente corto e impactante. Esta absorbente lluvia de videos no requiere el menor esfuerzo por parte de los que la disfrutan.
La adicción al TikTok genera un público cada vez menos capaz de concentrarse en una idea. Forma personas que viven todo el día con la ansiedad enfermiza de volver al TikTok. Los adictos caen fácilmente en el vicio de esperar sin aliento los próximos desplantes de cualquier figura bravucona.
Esto es muy diferente de lo que pasó con dos vicepresidentes rebeldes de la era predigital. Tanto Juan Lechín como René Barrientos fueron políticos natos. Lechín supo cómo generar una verdadera acogida entre los trabajadores mineros, mientras Barrientos hizo lo propio entre los campesinos.
El vicepresidente Juan Lechín Oquendo se dedicó a disputar el poder del presidente Paz Estenssoro desde el inicio de su mandato conjunto que corrió a partir de 1960. Su pretensión se apoyó en que ayudó a que el binomio Paz-Lechín ganara esa elección con un amplio apoyo obrero.
Esta táctica de Lechín era sobradamente conocida. Lechín la practicó descaradamente cuando fue ministro de Víctor Paz de 1952 a 1956. A tiempo de ser ministro de minas se ufanaba de ser el “máximo líder de los trabajadores mineros de Bolivia.” Formaba parte del gabinete y era su principal opositor.
Los cuatro principales jefes de la Revolución del 9 de Abril de 1952, conducida desde 1941 por el Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR), habían convenido al inicio de que se turnarían en la presidencia. Al menos dos de ellos, Lechín y Guevara, llegaron a creer que esa rotación se cumpliría.
Paz Estenssoro fue el primer presidente de este proceso revolucionario. Concluyó su primer mandato de cuatro años desde 1952 hasta 1956. Aunque tenía la fuerza política para imponer su presidencia por otros cuatro años, no se presentó a la reelección.
En ese tiempo no había una norma constitucional que prohibiera la reelección inmediata. Todas las constituciones previas habían quedado derogadas de facto por el proceso revolucionario. Paz Estenssoro entregó la presidencia a Hernán Siles Zuazo, que completó su mandato de 1956 a 1960.
En esa transición primó por única vez el hecho de que los cuatro líderes revolucionarios estaban conscientes de la necesidad de institucionalizar el proceso revolucionario, evitando que caiga en manos de caudillos populistas. La rotación era el mecanismo que le daba una vida institucional al proceso revolucionario.
Aprendieron esta lección de la revolución mexicana. Cuando uno de sus líderes intentó forzar su reelección, los otros le hicieron saber que ya habían sorteado cuál de ellos estaría a cargo de asesinarlo. Muy a la mexicana no se toleró ni una sola reelección hasta el día de hoy.
Al forzar su candidatura presidencial por segunda vez en 1960, Paz Estenssoro destrozó el plan rotatorio institucional. Marginó a Lechín, pero lo puso de vicepresidente. Marginó también a Walter Guevara Arze, que dejó el MNR y se presentó como candidato a la presidencia con la fracción del MNR que lo apoyó en esa campaña. Posteriormente, Lechín organizó su propia fracción del MNR.
El gran partido de masas que hizo la Revolución Nacional se fragmentó debido a la ambición personal de Víctor Paz Estenssoro. Al poco tiempo de ser elegido presidente en 1960, Paz Estenssoro tomó medidas para controlar la ambición desmedida de su vicepresidente Juan Lechín Oquendo.
Lo convenció de que podía lucirse como embajador en Italia. Contó con el apoyo de la bella esposa de Lechín, que prefería lucirse en Roma a ser la esposa de un vicepresidente segundón en La Paz. Según un testigo presencial, Paz Estenssoro le insinuó a Lechín en el Salón de los Espejos del Palacio Quemado que en Roma podía contratar grandes arquitectos para remodelar el edificio presidencial.
Le dio a entender que lo apoyaría para que fuera su sucesor en la presidencia a partir de 1964. Por supuesto, no es el tipo de oferta que un Lara aceptaría. Edmand quiere ser presidente ahora mismo.
Lechín pidió licencia de la vicepresidencia y se fue a Italia como embajador. Mientras Lechín vivía feliz y despreocupado en Roma con su esposa, Paz Estenssoro tomó la decisión de presentarse por su propia cuenta como candidato a una reelección inmediata a partir de 1964.
Cuando Lechín regresó de Italia se enteró de que Paz Estenssoro había decidido ser el candidato a la presidencia. Eso a pesar de su oferta de que apoyaría su candidatura y a pesar del supuesto acuerdo rotatorio de los cuatro jefes del MNR.
Lechín se negó a aceptar en silencio que había sido engañado. Molesto en extremo, habló en su entorno de que denunciaría públicamente los incumplimientos de Paz Estenssoro. Se opondría a que Paz Estenssoro recibiera la medalla presidencial para un tercer mandato forzado de 1964 a 1968.
No pudo cumplir su amenaza. Recibió una tremenda pateadura que lo mandó al hospital hasta después de la posesión de Paz Estenssoro. Hoy existen mejores remedios para el mal de Lara.
Para neutralizar la oposición obrera y popular que podía ser montada desde el llano por un Lechín ferozmente despechado y por los sectores urbanos y campesinos que apoyaban a Walter Guevara Arze, Paz Estenssoro escogió como su compañero de binomio para el mandato de 1964 a 1968 a un militar que tenía todos los rasgos de ser un caudillo de mano dura.
El general René Barrientos Ortuño hablaba quechua, era buen orador, comprobadamente valiente y altamente ambicioso. Confiado en que podía contar con el apoyo de las Fuerzas Armadas, Barrientos aceptó el papel de represor, por más que esa no era una función ni atribución de la vicepresidencia.
Sabía que la reelección inmediata de Paz Estenssoro en 1964 violaba la constitución aprobada por el mismo Paz Estenssoro tan solo tres años antes, en 1961. A los pocos meses de haber iniciado su abusivo tercer mandato, el presidente Paz Estenssoro fue derrocado por un golpe militar encabezado por su propio vicepresidente general Barrientos. Lara sueña con hacer algo parecido.
Sucedió el 4 de noviembre de 1964. El general Barrientos se quedó como presidente hasta su muerte en un accidente de helicóptero el 27 de abril de 1969. La ambición de Paz Estenssoro abrió un período de dictaduras militares, las que duraron 18 años con brevísimas irrupciones democráticas.
Lo que hoy está en juego es la recuperación plena de la democracia y la derrota definitiva de los abusadores y malversadores que ansían retornar al poder calentándole las orejas al vicepresidente.
Los expertos constitucionales saben cuál es el remedio para este mal.
