Por Ricardo V. Paz Ballivián
La lectura de Gonzalo Colque sobre las “minorías eficaces” incurre en un error metodológico y conceptual común: construir un “hombre de paja” para luego derribarlo con facilidad. Al tildar esta narrativa de “retrógrada” o “binaria”, Colque parece estar peleando con fantasmas inexistentes en lugar de enfrentar el fondo del debate: el colapso de un modelo corporativista que ha confundido la representación popular con la estructura delictiva.
Es extremadamente sencillo —y hasta perezoso— estigmatizar una reflexión seria calificándola de “maniquea”. Al intentar reducir el argumento a una lucha de “buenos contra malos”, Colque es quien realmente simplifica el debate. Lo que él llama una “falsa premisa” es, en realidad, una observación empírica de cómo el Estado boliviano ha sido capturado por grupos de interés que operan bajo lógicas de extorsión y clientelismo.
El principal punto ciego de Colque es su persistente romantización de los “movimientos sociales”. Lo que él defiende como expresiones legítimas de la sociedad civil son, en su mayoría, estructuras de poder envilecidas tras casi dos décadas de gozar de prebendas y privilegios estatales.
El corporativismo en Bolivia ha derivado en facciones que controlan territorios y mercados mediante la violencia. No es una narrativa binaria; es la descripción de un sistema donde la ley ha sido reemplazada por el pacto de impunidad. Estas organizaciones ya no responden a intereses de clase o identidad, sino a la preservación de cuotas de poder y acceso a recursos públicos.
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Afirmar que señalar estas mafias justifica “salidas autoritarias” es una forma de manipulación dialéctica. La verdadera democratización de Bolivia pasa, precisamente, por desarticular estas minorías privilegiadas que se disfrazan de “pueblo” para mantener sus beneficios.
La transición hacia el pos-masismo no es una obsesión “a cualquier costo”, sino una necesidad de supervivencia institucional. Aquellos que, como Colque, se aferran a visiones idílicas de organizaciones que hoy funcionan como brazos operativos de la corrupción, ignoran que el sistema de prebendas está llegando a su fin por su propia insostenibilidad económica y moral.
No se trata de “nosotros” contra “ellos”, sino de la ley frente al privilegio corporativo. El debate no se empobrece por señalar a las mafias; se empobrece cuando intelectuales prefieren ignorar la criminalización de la política para no abandonar sus prejuicios ideológicos.
