Abolición inmediata del Estado


Álvaro Riveros Tejada

 



La proposición que utilizamos para titular la presente entrega, a más de parecer inaudita, pareciera surgir de un insólito razonamiento, iniciado hace un siglo y medio, por Mijaíl Bakunin, un filósofo revolucionario ruso fundamental en la historia del anarquismo, fundador del anarcolectivismo y rival intelectual de Karl Marx. Este abogaba por la abolición inmediata del Estado y la religión proponiendo, a su vez, una sociedad basada en la federación voluntaria de asociaciones de trabajadores, rechazando el autoritarismo marxista argumentando que cualquier “dictadura del proletariado” inevitablemente se convertiría en una nueva forma de opresión estatal.

 

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Asimismo, el “sabio ruso” sostenía que “la pasión por la destrucción es al mismo tiempo una pasión creadora”. Para él, el viejo orden debía ser destruido por completo para construir una sociedad justa desde cero. Defendía la propiedad colectiva de la tierra y los instrumentos de trabajo, pero con libertad individual, diferenciándose del comunismo de Estado. De la misma manera, consideraba al Estado una máquina de violencia y opresión, y a la religión una forma de sumisión. Su célebre frase “Si Dios existiera, habría que hacerlo desaparecer”, resume su rechazo a toda autoridad superior.

 

Por alguna razón, los discernimientos de Bakunin nos traen a la memoria lo que ocurrió en nuestra amada patria, cuando hace 19 años confiamos a una Asamblea Constituyente, compuesta por reservistas morales de la humanidad, la redacción de una nueva Carta Magna, en épocas de la borrachera pachamamista.

 

Recordamos que durante un año, los asambleístas discutieron hasta la saciedad temas intrascendentes que, según ellos, modificarían de cuajo las viejas estructuras de nuestra patria, para dar paso al nuevo Estado. Se propuso el cambio de la bandera; del escudo; del nombre del país; de si Bolivia es una nación o una juntucha de ellas; si la capital seguía siendo Sucre o La Paz; si de hablar español se trate o exista la obligatoriedad de expresarse en los 36 idiomas y dialectos existentes; si se sustituirían los códigos romanos y napoleónicos por la eficaz justicia comunitaria de Ayo Ayo; si la autonomía departamental, votada y aprobada en multitudinarias elecciones departamentales, debía sintetizarse a autonomías familiares y así por delante, hasta recalar en terrenos de menor importancia como los de la salud, la educación, la seguridad y un largo etcétera.

 

Los bolivianos en su momento ciframos muchas esperanzas en ese concilio constituyente.  La unión y la paz de Bolivia tendrían que haber salido de él. Empero, a 19 años de infructuosas deliberaciones, sólo nos encontramos celebrando el bicentenario de nuestra amada República de Bolivia con que, aquellos valores de arduo trabajo de creación, organización, unidad a sangre y fuego fueron tirados por la borda.

 

Hoy, se plantean proyectos de ley penalizando la infidelidad conyugal, cuando el presidente de ese hemiciclo y vicepresidente del Estado denuncia a su mujer de haberle sido infiel. Asimismo, ampliando el departamento de utilería de la “Casa del Pueblo” disfrazado de mil personajes, arremete en contra del presidente del Estado con sandeces que exceden toda ridiculez, para luego disculparse y pedir cita de avenimiento. Sólo falta que, parafraseando al anarquista ruso Bakunin se le ocurra solicitar la abolición inmediata del Estado.