Asia y el espejo del futuro


Entre la leyenda milenaria de la Serpiente Blanca y el debate contemporáneo sobre el rearme japonés, Asia proyecta una narrativa sobre el porvenir. Mientras China planifica y Japón redefine su identidad estratégica, Occidente oscila entre la nostalgia y el miedo. El futuro se ha convertido en el principal campo de disputa política y cultural del siglo XXI, imaginarlo, con decisión y sentido colectivo, es hoy el verdadero acto de poder.

Fuente: https://ideastextuales.com



Una de las leyendas más conocidas y tradicionales de China es la de la Serpiente Blanca. Una historia sobre una mujer sobrenatural que se enamora de un humano y desafía el orden impuesto por un monje dogmático. Con una metáfora poderosa, en la cual culturas distintas intentan dialogar frente a quienes levantan muros, es la descripción de una China que habla del futuro sin miedo, definiendo metas sin amenazas.

En Occidente, por el contrario, el relato del futuro suele aparecer teñido de catástrofe. Cambio climático, guerras, populismos, crisis demográficas. El horizonte constituye un límite, una advertencia cuando en China, en cambio, priman palabras como innovación, planificación, sostenibilidad, cooperación. El Estado no pide disculpas por intervenir en la economía, la orienta. Invierte en universidades públicas, impulsa ecosistemas tecnológicos y habla de la modernización como un gran proyecto colectivo.

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Culturalmente es más que una estrategia económica. Es la manifestación de una cosmovisión. La cultura política china está definida por la continuidad histórica y la armonía social. El futuro no irrumpe, es una prolongación. Se sostiene en una narrativa que proporciona cohesión.

Al otro lado del mar de China Oriental, Japón vive su propia transformación. La llegada al poder de Sanae Takaichi ha sido descrita como un fenómeno que trasciende la política convencional. Su victoria, con una mayoría histórica, reabre el debate sobre el artículo noveno de la Constitución, el compromiso pacifista japonés tras la Segunda Guerra Mundial.

El ascenso de Takaichi es la expresión de una ansiedad nacional. Japón envejece, su economía ha perdido dinamismo y el entorno geopolítico se ha vuelto incierto. China se expande militarmente, Corea del Norte desarrolla misiles, y la alianza con Estados Unidos exige nuevas responsabilidades. En este contexto, constituye una promesa de volver a ser potencia, de tener voz.

Así, mientras China proyecta confianza en la planificación del desarrollo, Japón debate si debe abandonar parte de su legado pacifista para garantizar su seguridad. Ambos buscan redefinir su lugar en un orden internacional en transición, pero desde tradiciones políticas distintas.

China propone un multilateralismo donde el Sur Global adquiere protagonismo y donde el Estado sigue siendo el gran arquitecto del progreso. Japón tensiona su Constitución para adaptarse a un entorno más hostil. En ambos casos, el futuro es la gran herramienta narrativa. Es el argumento que legitima las decisiones presentes.

En la otra vertiente del Pacífico, este nuevo impulso de las potencias orientales debería impulsarnos a la reflexión. El último tiempo hemos alternado entre el entusiasmo desarrollista y el escepticismo estructural. Un día nos enamoramos de un modelo, al siguiente lo rechazamos por completo. No nos damos el tiempo para detenemos a reflexionar que futuro estamos pensando.

La política, por esencia, es pluralidad. No puede construirse desde la uniformidad o el miedo. Las sociedades necesitan horizontes compartidos. Sin ellos, el presente se convierte en pura administración de crisis. Por un lado, China ofrece una narrativa de optimismo estructurado. Japón, por su parte, reafirmación identitaria. Occidente, en cambio, se mantiene atrapado entre la nostalgia y la fragmentación. Nuestro verdadero desafío no es elegir entre modelos políticos, sino en recuperar la capacidad de imaginar un proyecto común.

Mientras China y Japón están redefiniendo sus equilibrios internos y externos, Europa, como si fuera un boxeador tocado, se mantiene en su esquina observando desconcertado. América Latina, simplemente sobrevive al día a día. Entonces cabe preguntarnos ¿cómo queremos habitar el siglo XXI? ¿Con miedo a la transformación o con la voluntad de darle forma? El futuro no es un territorio neutral, es un campo en disputa que exige adoptar una postura.

Quizá más inquietante que el surgimiento de un nuevo frente en la batalla por la hegemonía del relato sobre el futuro, sea nuestra propia incapacidad de articular alguno que nos convenza. Sin relato, no hay comunidad. Sin comunidad, no hay política. Y sin política, todo queda a merced del matón de turno.

Por Mauricio Jaime Goio.