Cochabamba explotó de color: Así se despidió el Carnaval con el Corso de Corsos


Miles de personas disfrutaron del espectáculo en las calles de la capital cochabambina. Te contamos cómo se vivió el corso y te mostramos los mejores videos

[FOTO: UNITEL] / Los Tobas deslumbraron en el Corso de Corsos
Fuente: Unitel

El Corso de Corsos volvió a tomarse Cochabamba desde temprano. Antes de que el sol alcanzara el centro del cielo, las principales avenidas ya estaban ocupadas por familias enteras que buscaban un buen lugar para ver pasar la entrada. Algunos llegaron con sillas plegables, otros con banderas, gorros y espuma en la mano. En las esquinas, los vendedores ambulantes armaban sus puestos de refrescos, comida y helados, mientras el murmullo de la gente se mezclaba con los primeros acordes de las bandas que afinaban instrumentos a lo lejos.



A media mañana, el ambiente ya era de fiesta plena. Las graderías estaban repletas y el recorrido se convertía en un río humano que avanzaba lentamente. No había espacio vacío: niños subidos a los hombros de sus padres, grupos de jóvenes pintados con los colores del carnaval, adultos mayores que, año tras año, vuelven al mismo punto para no perderse la tradición.

El desfile comenzó con el paso de las comparsas de las unidades militares, que como sucede cada año, deslumbraron por su creatividad, llevando la cultura pop a las calles.

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Luego, comenzaron a desfilar fraternidades folklóricas con danzas tradicionales y coreografías ensayadas durante semanas. El sonido de las bandas se hacía cada vez más fuerte: bombos marcando el ritmo, trompetas y platillos imponiendo un pulso festivo que obligaba al público a moverse, aunque fuera desde su lugar.

Con el avance del recorrido, el colorido se volvió más intenso. Carros alegóricos aparecían decorados con motivos carnavaleros, personajes populares y mensajes que combinaban humor con referencias a la realidad del país o el mundo. Algunos provocaban risas, otros aplausos, y no faltaban los que despertaban comentarios entre los asistentes. El corso no solo desfilaba: también dialogaba con la gente, reflejando la creatividad y el ingenio de quienes participaron.

Las comparsas seguían avanzando, y la multitud respondía con espuma, serpentinas y agua, creando un ambiente de juego colectivo. En ciertos tramos, el desfile se detenía unos segundos: los bailarines aprovechaban para saludar al público, posar para las cámaras de los celulares y retomar fuerzas antes de continuar. Cada pausa era una oportunidad para que la gente se acerque un poco más, para que los niños pidan una foto o para que los músicos intercambien sonrisas con quienes los miraban desde la acera.

Ya entrada la tarde, el corso mantenía su ritmo. Nadie parecía dispuesto a bajar la energía. Las últimas fraternidades entraron con la misma fuerza que las primeras, como si el tiempo no hubiera pasado. El público, lejos de dispersarse, seguía atento, celebrando cada paso y cada gesto.

El Corso de Corsos no solo fue un desfile: fue una demostración de identidad, de encuentro y de celebración colectiva. Por unas horas, Cochabamba dejó de ser solo una ciudad para convertirse en un escenario compartido, donde miles de personas coincidieron en lo mismo: salir a la calle para celebrar y empezar a despedir otro Carnaval inolvidable.