Crimen organizado boliviano


Álvaro Riveros Tejada

 



En una extraña simbiosis, entre el Crimen Organizado Boliviano (COB) y las Maras Americanas Salvatrucha (MAS), uniendo esfuerzos han creado una organización  alineada contra las fuerzas constructivas del país, cada vez en mayor número y con armas más potentes, donde se encuentran las fuerzas que se denominarían la “sociedad incivil”. Se trata de terroristas, narcotraficantes, tratantes de personas y otro tipo de asociaciones, que desbaratan las buenas obras de la sociedad civil.

 

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Es el caso que acaba de revelar la Fiscalía sobre el exejecutivo de la Central Obrera Boliviana (COB) Juan Carlos Huarachi, quien lideraba y organizaba desde la cárcel, los bl0queos de esta organización en contra del extinto DS 5503, promulgado por el presidente Rodrigo Paz. La información fue divulgada por el abogado Abel Loma en la audiencia de cesación de la detención del exejecutivo en la cual se determinó su traslado al penal de Chonchocoro.

 

Por su parte, Nemesia Achacollo, dirigente sindical y Secretaria Ejecutiva de la Federación Nacional Bartolina Sisa, en enero de 2010 fue nombrada, por Evo Morales, ministra de Desarrollo Rural y Tierra, siendo acusada posteriormente de haber cometido los delitos de incumplimiento de deberes y conducta antieconómica, por el presunto desfalco de 170 millones de dólares en la construcción de obras “fantasmas” e inconclusas que fueron financiadas por el Fondo Indígena. Asimismo, fue por dicho caso por el que le abrieron más de 80 juicios penales para intentar hallar el dinero y a los responsables de ese desfalco.

 

La organización y el grupo criminal tienen en común la unión o agrupación de más de dos personas con la finalidad de cometer delitos de manera concertada. Ambas agrupaciones se diferencian en que la organización criminal, además, tiene una estructura organizativa y un carácter de permanencia en el tiempo. La ausencia de algunos de estos dos elementos (o de los dos) nos sitúa ante un grupo criminal. De esta forma, se suele reservar el concepto de organización criminal para aquellas agrupaciones de mayor complejidad, ya sea por su estabilidad por tiempo indefinido o por su estructura organizativa, con reparto de funciones jerárquicas y mayor rigidez.

 

Un nítido ejemplo de lo señalado es lo que conocemos como los famosos “cárteles de la droga” en varios países del continente, como el “Cártel de los Soles o el Tren de Aragua en Venezuela” los innumerables cárteles colombianos o “El Cártel de Jalisco” mejicano, que acaba de perder a su jefe, el narcotraficante más buscado del planeta: Nemesio Oseguera Cervantes, alias “Mencho”, en un cruento operativo de las fuerzas armadas mexicanas, en coordinación con la inteligencia militar norteamericana, dejando un saldo de decenas de bajas en ambas partes.

 

La creación y generación de este tipo de organismos se fundamenta generalmente  en la ausencia parcial o total de una autoridad nacional que no solo prevenga y/o evite dicha creación, sino abandone a su libre albedrío los territorios donde estas se desenvuelven, convirtiéndose en verdaderos estados, dentro del estado que los cobija, y donde impera la Ley que ellos imponen y las autoridades que ellos ven por conveniente acatar y obedecer.

 

Al suscribir en Palermo (Italia) la Convención de las Naciones Unidas contra la Delincuencia Organizada Transnacional, la comunidad internacional demostró su voluntad política de abordar un problema mundial con una reacción global.

Es menester observar dicho tratado, como lo hace Donald Trump al lanzar su gran operativo “Lanza del Sur” y en nuestro país, para evitar la institucionalización del Crimen Organizado Boliviano.