Solía llegarse de La Paz a Siglo XX, demandaba un espacio en los programas de auditorio de Pio XII, la emisora católica minera fundada por el oblato Lyno Granier, David poseía don de gentes, un buen humor permanente, humildad y bondad a raudales, no dejaba de hacernos reír porque la gracia de sus ocurrencias sin fin, jamás lo abandonó.
Los 50 minutos que Johnny Villena (Director Artístico de la Emisora) disponía para Santalla pasaban volando, así, una y otra vez, no se repetía en su repertorio, uno se pregunta, ¿de dónde tanta inspiración? Inagotable. Pio XII funcionaba como una pensión, con excelente sabor de una comida casera fruto del afecto de doña Manuelita, la cocinera que siempre tenía la sopita a la hora de los almuerzos y de las cenas, que los 10, 12 y hasta 15 funcionarios de la estación de radio más popular de los años 50.60 del siglo pasado ofrecían su trabajo de libretistas, locutores, operadores de los equipos de trasmisión, en una labor coordinada que los fines de semana solía recibir artistas como Arturo Sobenes, Carlos Palenque, Betty Lafuente, Los Brillantes y otros que desde Oruro, La Paz y Santa Cruz solían brindar su arte generoso al público de Catavi, Llallagua, Cancañiri y claro está Siglo XX, el mayor campamento minero de Bolivia donde La Salvadora resultó siendo el yacimiento de estaño que potenció la fortuna de Simón Patiño al punto de convertirlo en un millonario de verdad con empresas no solamente mineras, sino de fundición de minerales, de transporte, de comunicación, de actividad financiera que le dieron fama que trasciende el tiempo y el espacio geográfico de nuestra Bolivia.
David Santalla con una voluntad de acero y superando adversidades materiales, logró conservar su popularidad, los personajes por él creados perduran en la memoria de cuantos compatriotas rieron a carcajadas y ovacionaron sus caracterizaciones por doquier. David recorrió de sur a norte, de este a oeste nuestra Patria, venció dificultades y las superó con crisis, en un tiempo difícil donde el “chiste político” era castigado por el ostracismo y la carencia de suficientes auspicios para no fallecer.
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Luego en Cochabamba, al mando de Radio Nacional, me brindé toda la cooperación posible y las actuaciones se repitieron con éxito en el pequeño auditorio de calle España, Reza que se llenaba de bote a bote. Cada encuentro era rubricado por sendos abrazos de amistad y fraternidad, la que nunca desapareció. Luego David Santalla enfermó, su ejemplar familia resultó al soporte más efectivo para remontar la crisis, se repuso varias veces para continuar esas turbulencias tan características y cíclicas que afectan al pueblo boliviano.
Desde el interminable exilio político que me toca vivir, pude mantener un esporádico contacto que comenzaba siempre con el chiste más actualizado de su repertorio y que terminaba con la promesa de un encuentro que muy a mi pesar no pudo ser. Por ello, a través de este portal trasmito el vívido recuerdo de una amistad que nunca terminó. ¡David, paz en tu tumba!
