Desintoxicar las redes sociales


Las redes sociales nos han afectado en los últimos años por un creciente apego hacia la desinformación, las violaciones de la privacidad y la difusión de discursos dañinos. La primera premisa es que el negocio de las redes sociales se basa en la vigilancia de datos personales, con productos diseñados en última instancia para espiarnos y así impulsar la publicidad en nuestra dirección. La segunda es que hemos consentido esto, pero no de forma totalmente consciente, las redes sociales están diseñadas como máquinas de adicción, expresamente programadas para explotar nuestras emociones. La tercera es que los algoritmos que captan nuestra atención en las redes sociales también impulsan prácticas autoritarias que buscan sembrar confusión, ignorancia, prejuicios y el caos, facilitando así la manipulación.

El brillo de las redes sociales ha desaparecido y las grandes empresas que dominan el sector y gran parte de internet, han sido sometidas a un intenso escrutinio debido a las externalidades negativas que generan sus servicios. Un foco de preocupación ha sido el abuso de las redes sociales como parte de los esfuerzos para influir en el resultado de importantes acontecimientos políticos. Estudios e informes de inteligencia muestran que tanto los estados-nación como los actores políticos explotaron, manipularon y abusaron de las redes sociales como herramienta para las denominadas «operaciones de información». La situación presenta un marcado contraste con la forma en que se presentan las plataformas de redes sociales, antes, se creía que estas facilitarían un mayor acceso a la información, la organización colectiva y el empoderamiento de la sociedad civil. Ahora, se las considera como contribuyentes a los males de la sociedad. Cada vez más personas creen que las redes sociales influyen demasiado en importantes acontecimientos sociales y políticos. Habrá que agregar que pasamos demasiado tiempo mirando nuestros dispositivos, «socializando» en línea, mientras que, de hecho, estamos aislados unos de otros y de la naturaleza.



Como resultado de esta creciente inquietud, se impone una regulación de las empresas de redes sociales de manera que se les obligue a gestionar mejor sus plataformas, a respetar la privacidad y a reconocer el papel de los derechos humanos. Sin embargo, un requisito previo para cualquier regulación de este tipo es una comprensión compartida de lo que está mal en primer lugar: que el modelo se basa en una vigilancia profunda e implacable de los datos personales de los consumidores para dirigir la publicidad; que permitimos este asombroso nivel de vigilancia voluntariamente y casi conscientemente; y que las redes sociales son mucho más compatibles con el autoritarismo y, de hecho, muestran el lado negativo de las personas. En conjunto, presentan un panorama muy sombrío de nuestra realidad social y política, y lo que es peor, presagian un futuro aún más sombrío. Por muy preocupantes que sean las implicaciones sociales y políticas de las patologías de las redes sociales, no parece haber esperanza de una reforma significativa a menos que las abordemos de lleno.

La vigilancia es una característica inherente a la modernidad, y quizás incluso a nuestra naturaleza como especie. Observamos, predecimos e intentamos moldear el mundo que nos rodea. Con el tiempo, las herramientas a nuestra disposición se han vuelto más sofisticadas y extensas. Al menos desde la ilustración, la humanidad ha recorrido un camino guiado por la creencia de que más información es mejor. Pero, parece posible que este instinto se vuelva contraproducente, sin duda, la omnipresencia de las redes sociales crea fuertes incentivos y desincentivos que favorecen la participación en estos servicios, hay lo que se denomina «imperialismo infraestructural», las organizaciones suelen ofrecer las redes sociales como la vía más sencilla para acceder a sus servicios, de forma sutil pero contundente, influyen en las decisiones de quienes optan por usarlas. ¿Es correcto describir nuestra aceptación de las redes sociales como consciente cuando esa aceptación tiene las propiedades de una adicción?

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La búsqueda racional y deliberada del consenso y la búsqueda de la verdad están perdiendo terreno. La cacofonía de opiniones y la avalancha de información en las redes sociales están degradando el discurso público. Un tsunami de información constante y en tiempo real crea el entorno perfecto para la propagación de falsedades, teorías conspirativas, rumores y filtraciones. Afirmaciones y narrativas sin fundamento se viralizan mientras que los esfuerzos de verificación son anodinos; el público, investigadores y periodistas no logran verificar las afirmaciones. Para cuando lo hacen, las falsedades pueden ya haberse arraigado en la conciencia colectiva. Mientras tanto, nuevos escándalos o afirmaciones descabelladas circulan mezclando realidad con ficción. Peor aún, estudios dicen que los intentos de «acallar rumores mediante la refutación directa pueden facilitar su difusión al aumentar la fluidez». El bombardeo constante de filtraciones contaminadas, teorías conspirativas y otra desinformación a su vez alimenta el cinismo y los ciudadanos se cansan cada vez más al intentar discernir la verdad objetiva en medio del aluvión de noticias. Estas dolorosas verdades conforman un panorama desolador y un pronóstico preocupante para el futuro de las prácticas liberal-democráticas.

Mgr. Fernando Berríos Ayala / Politólogo