Educar la atención en tiempos de secuestro cognitivo


 

La escena es conocida y casi universal: un aula llena de estudiantes, una persona explicando con dedicación y, sobre las mesas —o bajo ellas— pequeños rectángulos luminosos que vibran y prometen novedad. Una notificación es una miniaventura: quizá un mensaje, un meme o una validación social en forma de corazón rojo. El cerebro humano, magnífica máquina de predicción evolutiva, detecta la posibilidad de recompensa emocional y orienta la mirada; la atención, que no es infinita ni neutra, se inclina como una aguja imantada.



Hablar de dispersión cognitiva no es señalar una falla moral individual, sino reconocer un ecosistema diseñado para capturar foco con precisión milimétrica, una especie de “secuestro de la atención”.

La atención es un recurso limitado, como el oxígeno en una nave espacial: pequeñas fugas invisibles pueden volver irrespirable la atmósfera sin que nadie lo note a tiempo. En educación, esas fugas son constantes —notificaciones, multitarea, estímulos simultáneos— y su efecto no es simple distracción, sino fragmentación del pensamiento y agotamiento sostenida, incapacidad para aprender a largo plazo y debilitamiento de la memoria.

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El cerebro y el ser humano no funcionan como una computadora capaz de ejecutar programas infinitos sin pérdida; se parece más a un foco de luz que, al intentar iluminar todo a la vez, difumina los detalles. La multitarea, celebrada en ciertos discursos modernos, implica un costo invisible: más errores, menor profundidad y memoria frágil; cada cambio de tarea es un peaje mental que rara vez vemos, pero siempre pagamos.

Educar la atención no significa imponer silencio absoluto ni demonizar la tecnología, sino comprender que se trata de una habilidad entrenable y también de una condición ambiental: nadie aprende a nadar en medio de una tormenta. Diseñar entornos donde la mente pueda sostener una línea de pensamiento es permitir que ocurra algo profundo, porque la comprensión real requiere fricción, silencio interno y tiempo de incubación; las ideas complejas se forman como cristales en soluciones tranquilas. E

l aprendizaje se parece más al cultivo que a la descarga de archivos: ningún brote prospera si alguien pisa la tierra cada minuto para ver si creció. La tecnología móvil no es intrínsecamente maligna; es una herramienta asombrosa capaz de contener bibliotecas, laboratorios virtuales y mapas estelares.

El problema surge cuando se usa sin propósito y se convierte en máquina de interrupciones. La diferencia está entre atención voluntaria y atención secuestrada: la primera dirige la mente con intención; la segunda responde automáticamente a estímulos diseñados para secuestrar la curiosidad, la comprensión, la reflexión, etc.

Entrenar la atención combina biología, psicología, pedagogía, filología y cultura: recompensas variables generan expectativa constante, la novedad actúa como imán y vivimos en una economía donde cada segundo de mirada es monetizable. Por eso la pregunta no es “¿celulares sí o no?”, sino qué relación cognitiva queremos cultivar. Prohibir puede ser una valla útil en un jardín recién sembrado, pero no es el jardín: el objetivo es desarrollar musculatura atencional propia. Educar la atención implica metacognición, reconocer el momento exacto en que la mente se dispersa y recuperar el foco sin culpa.

En el aula, esto puede traducirse en rituales simples: momentos de concentración compartida donde los dispositivos descansan por acuerdo colectivo, no por castigo; espacios donde la lentitud sea condición de comprensión y no sinónimo de atraso. También hay un componente emocional: la dispersión a veces nace de la ansiedad y el celular ofrece micro escapes de control. Tolerar el vacío, la espera y el silencio es parte del aprendizaje creativo.

La paradoja es evidente: nunca hubo tanto acceso a la información y, sin embargo, procesarla y convertirla en conocimiento resulta cada vez más difícil. Acceder no equivale a integrar; el conocimiento es una red de significados que necesita conexiones estables, y cada interrupción frecuente corta hilos invisibles antes de que se vuelvan resistentes. Un enfoque equilibrado reconoce que los dispositivos pueden ser aliados pedagógicos cuando se usan con propósito claro —investigar, contrastar fuentes, simular experimentos— y que el problema aparece cuando no hay estructura.

La atención, además, es colectiva: la distracción se contagia, pero también el foco, y cuando un grupo entra en concentración compartida surge una sincronía cercana al flujo. Existe asimismo una dimensión ética: las empresas tecnológicas invierten enormes recursos en diseñar interfaces adictivas —no es conspiración, es modelo de negocio— y el aula se convierte en un cruce de intereses educativos y económicos invisibles; ignorar esa tensión es ingenuo y exagerarla hasta la paranoia también.

La postura fértil es la lucidez crítica: comprender los mecanismos de captura sin demonizar, porque la tecnología no es un villano sino una fuerza ambivalente que amplifica intenciones humanas. Desde una perspectiva casi biológica, la atención es la moneda de la conciencia: donde se coloca crece la realidad subjetiva. Un estudiante que sostiene minutos en un problema entrena paciencia y pensamiento abstracto; quien salta entre estímulos entrena rapidez de reacción. Ninguna habilidad es inútil, pero el desequilibrio tiene consecuencias.

La educación contemporánea enfrenta así el desafío de dialogar con dispositivos cada vez más personalizados sin rendirse a ellos, negociando límites conscientes y propósitos claros. Educar la atención es, en última instancia, educar la libertad de elegir en qué pensar y qué hacer: pasar de una linterna temblorosa a un faro estable.

La tecnología seguirá avanzando con velocidad vertiginosa —dispositivos más inmersivos, realidades aumentadas, interfaces quizá neuronales—, pero la pregunta persistirá: ¿quién dirige la atención? Si siempre lo hace lo más ruidoso, la educación habrá perdido su misión sutil; si lo hace lo que elegimos comprender, habremos formado arquitectos de su propia conciencia, ciudadanos con pensamiento crítico y capaces de realizar sus propios procesos metacognitivos y metalingüísticos, para decidir por sí solos. Esa arquitectura invisible no se mide en exámenes rápidos, sino en la capacidad de sentarse con una idea compleja sin huir, leer sin fragmentarse, escuchar sin revisar el bolsillo y pensar sin notificaciones internas constantes.

En un mundo que compite por cada segundo de mirada, sostenerla es un acto de resistencia cultural y también de esperanza, porque donde hay atención sostenida hay posibilidad de comprensión, y donde hay comprensión la realidad deja de ser un torbellino para volverse un mapa navegable. La educación de la atención, entonces, no se reduce a reglas o prohibiciones, sino a cultura: un conjunto de prácticas y valores que define qué se considera importante. Si la rapidez vale más que la calidad del pensamiento, la dispersión ganará; si la profundidad se celebra, la atención encontrará refugio. Las instituciones educativas tienen el poder y la responsabilidad de modelar esa cultura no con discursos grandilocuentes, sino con hábitos cotidianos.

Claudia Vaca, filóloga y Dra. en Educación