Un reporte del PNUD advierte que el estrés térmico degradará la eficiencia laboral, especialmente en sectores como la agricultura y la construcción, donde el esfuerzo físico es vital. América Central y los Andes perderían hasta el 5,6% de su productividad por calor en 2030

Fuente: El País.bo
La región, y de modo acentuado los países del Caribe, están cada vez más expuestos a olas de calor y episodios de calor riesgoso, producto del cambio climático, con severa incidencia sobre la productividad del trabajo, advierte un reporte del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD).
“Esto es especialmente preocupante en una región donde la productividad lleva años estancada y se mantiene por debajo de otras economías emergentes, y donde 19,4 % de los trabajadores se concentran en sectores manuales como la agricultura y la construcción”, indica el reporte.
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Recuerda que cada año el planeta rompe un nuevo récord de temperatura, y la Organización Meteorológica Mundial confirmó que 2023, 2024 y 2025 fueron los tres años más cálidos registrados, extendiendo a 11 los años consecutivos más cálidos observados desde 2015.
Este aumento global en la temperatura ha incrementado el número de días en que las personas en América Latina y el Caribe están expuestas a olas de calor y episodios de calor riesgoso, apunta el informe del Pnud.
Los episodios de estrés térmico son períodos en los que las altas temperaturas y la humedad superan la capacidad del cuerpo para refrescarse, impidiendo la evaporación eficaz y que el cuerpo libere el calor.
A medida que estos episodios se vuelven más frecuentes e intensos, la productividad laboral tiende a disminuir, ya que trabajar en condiciones más calurosas exige mayor esfuerzo físico.
El incremento sostenido de la temperatura representa un riesgo de evolución lenta que, aunque menos visible que los eventos extremos, degrada poco a poco los ecosistemas, deteriora la salud humana y reduce la productividad, con impactos acumulativos que se intensifican con el tiempo.
Las instituciones de investigación Climate Central y World Weather Attribution monitorean los “días de calor riesgoso”, definidos como aquellos en que las temperaturas superan los niveles habituales de los últimos 30 años.
Al comparar 2024 con el promedio histórico de 1991–2020, estiman cuántos de estos días adicionales de calor extremo son atribuibles al cambio climático.
En 2024, a nivel mundial, en promedio se experimentaron 41 días adicionales de calor riesgoso como resultado del cambio climático.
Las zonas cercanas al ecuador (incluidas vastas áreas de América Latina y el Caribe) estuvieron entre las más afectadas. En promedio, los países del Caribe enfrentaron más días adicionales de calor peligroso que el resto de la región.
Barbados, el país más afectado, registró 141 días adicionales de calor riesgoso, lo que significa que 45 % del año fue más caluroso de lo habitual.
El informe muestra más de 120 días adicionales de calor riesgoso en Barbados, Dominica, Granada, Santa Lucía, San Vicente y las Granadinas, Suriname y Trinidad y Tobago.
Con 100 o más días figuran Antigua y Barbuda, Colombia, Ecuador, El Salvador, Guatemala, Guyana, Haití, Jamaica, Panamá, República Dominicana, San Cristóbal y Nieves y Venezuela.
Incluso el país menos afectado del Caribe tuvo más días de calor riesgoso que los más expuestos del Cono Sur (entre 40 y 50 días en Paraguay y Brasil), resaltando los efectos heterogéneos del cambio climático sobre la región.
Aun así, todos los países de la región experimentaron más días de calor riesgoso en 2024 de los que habrían tenido sin cambio climático, pues incluso Argentina, Chile y Uruguay tuvieron alrededor de 20 días de calor riesgoso.
Si se toma la productividad pasada (período 1986-2006) como 100 %, las variaciones en puntos porcentuales muestran cuánto se prevé que cambie la productividad debido al estrés térmico, por ejemplo hacia el año 2030.
Para 2030, el estrés térmico podría reducir la productividad en 5,6 puntos porcentuales en América Central, 5,4 puntos en los países andinos, 4,2 en el Caribe y 2,9 en el Cono Sur.
A medida que las temperaturas sigan aumentando, las pérdidas se profundizarán, estima el reporte. Hacia 2100, la productividad en América Central y los Andes podría caer alrededor de 14 puntos porcentuales.
El PNUD subraya que el cambio “climático ya no es una amenaza lejana, sino una realidad inminente”, y un clima más cálido es una de las amenazas emergentes para el desarrollo humano ante la cual la sociedad debe prepararse.
La creciente exposición a días de calor extremo exige estrategias de adaptación que prioricen la gestión de altas temperaturas, y el Pnud avala que los sistemas de alerta temprana son clave para anticipar riesgos, proteger a los trabajadores expuestos y coordinar respuestas rápidas en zonas de alto riesgo.
Reducir la temperatura en ciudades y edificaciones también debe convertirse en una prioridad de política pública.
La infraestructura verde, como corredores bioclimáticos, parques urbanos y espacios con sombra, junto con programas de reforestación arborización urbana, puede contribuir significativamente a disminuir las temperaturas locales.
Asimismo, promover estándares de construcción bioclimática puede reducir la dependencia del aire acondicionado, que presiona los sistemas energéticos y aumenta las emisiones de carbono.
Anticipar el crecimiento de la demanda de refrigeración y su impacto en la energía será fundamental para prevenir déficits y ampliar soluciones de enfriamiento eficientes y asequibles, dice el reporte.
“En una región que ha enfrentado baja productividad durante décadas, prepararse y adaptarse al cambio climático es esencial para sostener el crecimiento económico y el desarrollo humano. Proteger a las personas requerirá tratar la adaptación climática como una prioridad económica y de desarrollo”, concluye el reporte.
Recuerda que cada año el planeta rompe un nuevo récord de temperatura, y la Organización Meteorológica Mundial confirmó que 2023, 2024 y 2025 fueron los tres años más cálidos registrados, extendiendo a 11 los años consecutivos más cálidos observados desde 2015.
Este aumento global en la temperatura ha incrementado el número de días en que las personas en América Latina y el Caribe están expuestas a olas de calor y episodios de calor riesgoso, apunta el informe del Pnud.
Los episodios de estrés térmico son períodos en los que las altas temperaturas y la humedad superan la capacidad del cuerpo para refrescarse, impidiendo la evaporación eficaz y que el cuerpo libere el calor.
A medida que estos episodios se vuelven más frecuentes e intensos, la productividad laboral tiende a disminuir, ya que trabajar en condiciones más calurosas exige mayor esfuerzo físico.
El incremento sostenido de la temperatura representa un riesgo de evolución lenta que, aunque menos visible que los eventos extremos, degrada poco a poco los ecosistemas, deteriora la salud humana y reduce la productividad, con impactos acumulativos que se intensifican con el tiempo.
Las instituciones de investigación Climate Central y World Weather Attribution monitorean los “días de calor riesgoso”, definidos como aquellos en que las temperaturas superan los niveles habituales de los últimos 30 años.
Al comparar 2024 con el promedio histórico de 1991–2020, estiman cuántos de estos días adicionales de calor extremo son atribuibles al cambio climático.
En 2024, a nivel mundial, en promedio se experimentaron 41 días adicionales de calor riesgoso como resultado del cambio climático.
Las zonas cercanas al ecuador (incluidas vastas áreas de América Latina y el Caribe) estuvieron entre las más afectadas. En promedio, los países del Caribe enfrentaron más días adicionales de calor peligroso que el resto de la región.
Barbados, el país más afectado, registró 141 días adicionales de calor riesgoso, lo que significa que 45 % del año fue más caluroso de lo habitual.
El informe muestra más de 120 días adicionales de calor riesgoso en Barbados, Dominica, Granada, Santa Lucía, San Vicente y las Granadinas, Suriname y Trinidad y Tobago.
Con 100 o más días figuran Antigua y Barbuda, Colombia, Ecuador, El Salvador, Guatemala, Guyana, Haití, Jamaica, Panamá, República Dominicana, San Cristóbal y Nieves y Venezuela.
Incluso el país menos afectado del Caribe tuvo más días de calor riesgoso que los más expuestos del Cono Sur (entre 40 y 50 días en Paraguay y Brasil), resaltando los efectos heterogéneos del cambio climático sobre la región.
Aun así, todos los países de la región experimentaron más días de calor riesgoso en 2024 de los que habrían tenido sin cambio climático, pues incluso Argentina, Chile y Uruguay tuvieron alrededor de 20 días de calor riesgoso.
Si se toma la productividad pasada (período 1986-2006) como 100 %, las variaciones en puntos porcentuales muestran cuánto se prevé que cambie la productividad debido al estrés térmico, por ejemplo hacia el año 2030.
Para 2030, el estrés térmico podría reducir la productividad en 5,6 puntos porcentuales en América Central, 5,4 puntos en los países andinos, 4,2 en el Caribe y 2,9 en el Cono Sur.
A medida que las temperaturas sigan aumentando, las pérdidas se profundizarán, estima el reporte. Hacia 2100, la productividad en América Central y los Andes podría caer alrededor de 14 puntos porcentuales.
El PNUD subraya que el cambio “climático ya no es una amenaza lejana, sino una realidad inminente”, y un clima más cálido es una de las amenazas emergentes para el desarrollo humano ante la cual la sociedad debe prepararse.
La creciente exposición a días de calor extremo exige estrategias de adaptación que prioricen la gestión de altas temperaturas, y el Pnud avala que los sistemas de alerta temprana son clave para anticipar riesgos, proteger a los trabajadores expuestos y coordinar respuestas rápidas en zonas de alto riesgo.
Reducir la temperatura en ciudades y edificaciones también debe convertirse en una prioridad de política pública.
La infraestructura verde, como corredores bioclimáticos, parques urbanos y espacios con sombra, junto con programas de reforestación arborización urbana, puede contribuir significativamente a disminuir las temperaturas locales.
Asimismo, promover estándares de construcción bioclimática puede reducir la dependencia del aire acondicionado, que presiona los sistemas energéticos y aumenta las emisiones de carbono.
Anticipar el crecimiento de la demanda de refrigeración y su impacto en la energía será fundamental para prevenir déficits y ampliar soluciones de enfriamiento eficientes y asequibles, dice el reporte.
“En una región que ha enfrentado baja productividad durante décadas, prepararse y adaptarse al cambio climático es esencial para sostener el crecimiento económico y el desarrollo humano. Proteger a las personas requerirá tratar la adaptación climática como una prioridad económica y de desarrollo”, concluye el reporte.
Bolivia ante el desafíode la productividad
Mientras los países de Sudamérica avanzan en competitividad, Bolivia enfrenta un estancamiento que la sitúa a la zaga de la región. Según datos de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal), el país ocupa los últimos puestos en los rankings de competitividad, un panorama que los expertos atribuyen a una combinación de alta informalidad, desinstitucionalización y un modelo económico agotado tras 20 años de gestión del Movimiento al Socialismo (MAS).
Para el analista económico Ernesto Bernal, la baja productividad boliviana es el resultado de una economía que prioriza la exportación de materias primas con mínima inversión en tecnología. «Nuestra productividad es baja y no somos competitivos», sentencia Bernal, docente de la UTO, quien señala que la falta de seguridad jurídica y la inestabilidad macroeconómica ahuyentan la inversión necesaria.
Por su parte, el economista Darío Monasterio sostiene que, tras dos décadas, el Estado ha actuado como un freno en lugar de ser un facilitador de negocios. Para Monasterio, el cambio de ciclo político genera una esperanza de apertura, pero advierte que la confianza de los inversores solo volverá con señales claras y un marco legal adecuado.
La brecha agrícola
El sector agropecuario revela las distancias más críticas. Lucio Tito, investigador de la UMSA, destaca que Bolivia posee la productividad más baja de América en productos de la canasta familiar. Los datos son contundentes: mientras en México el rendimiento de maíz llega a 38,7 t/ha, en Bolivia el promedio es de apenas 2,67 t/ha. Una brecha similar ocurre con la papa y el tomate.
A pesar de que el país cuenta con el 80% de los ecosistemas del mundo (84 de 103), su capacidad productiva está subutilizada. Tito sugiere que el éxito del «modelo cruceño» debe replicarse en el occidente, cerrando brechas mediante biotecnología, mecanización y asistencia técnica especializada.
Capital humano
La reforma del sistema educativo es otro pilar urgente. Bernal propone un «bachillerato internacional» para reducir las brechas de formación. En sintonía, Monasterio insta al país a retornar a las pruebas PISA de la OCDE. «Lo que no se puede medir no se puede corregir», afirma, subrayando que sin parámetros internacionales, Bolivia no podrá ajustar su competitividad educativa.
Bolivia debereformar para sobrevivir
El abismo de la productividad agrícola
Bolivia enfrenta una brecha de rendimiento alarmante frente a sus vecinos. Mientras México alcanza cifras récord en maíz, el agro nacional sobrevive con promedios ínfimos. La clave para revertir este rezago radica en una inversión agresiva en biotecnología y mecanización. Superar la dependencia de métodos tradicionales permitirá que el productor sea competitivo, aprovechando que poseemos el 80% de los ecosistemas globales.
De Estado actor a Estado facilitador
Tras dos décadas de estatismo, la institucionalidad boliviana se ha debilitado, alejando la inversión privada necesaria. Expertos advierten que el Estado debe dejar de ser un actor económico rígido para convertirse en un facilitador de negocios. La falta de seguridad jurídica ha postergado proyectos vitales en sectores estratégicos como los hidrocarburos. Recuperar la confianza internacional y establecer un marco legal sólido atraerán capital fresco.
Capital humano: el reto de la medición
La productividad no solo depende de máquinas, sino de mentes preparadas. Bolivia tiene el reto de reformar su sistema educativo y reintegrarse a las pruebas PISA. Como señalan los expertos, lo que no se mide no se puede corregir. Invertir en capital humano mediante un bachillerato internacional y formación técnica especializada es vital para que las nuevas generaciones dejen de ser simples exportadores de materias primas y generen valor.
Fuente: El País.bo


