
El quiebre del orden internacional no es un accidente ni una transición silenciosa, sino el fin de una ficción compartida que sostuvo durante décadas la idea de reglas comunes. En un mundo donde la fuerza volvió a hablar sin justificaciones, América Latina enfrenta el desafío de abandonar la retórica vacía y pensar, sin autoengaños, nuevas formas de cooperación y poder.
En el Foro económico en Davos, con una alocución de 17 minutos que recibió una impresionante ovación, Mark Carney, primer ministro de Canada, sentenció que el orden internacional que emergió tras la Segunda Guerra Mundial ha llegado a su fin. No se trata de una crisis pasajera ni de una transformación gradual, sino es una ruptura definitiva. El decorado institucional sigue en pie, pero ya no sostiene nada. Las reglas se enuncian, pero no organizan. Las instituciones existen, pero no obligan.
Durante décadas, el llamado “orden internacional basado en normas” operó como una ficción compartida. Nadie pensaba que fuera perfecto ni justo, pero ofrecía seguridad por ser previsible. Incluso quienes lo violaban sentían la necesidad de justificar sus acciones, manteniendo la ilusión de un mundo donde la fuerza necesitaba justificación. Gesto hipócrita que cumplía la función política de sostener la idea de comunidad.
Hoy, esa necesidad ha desaparecido. El estilo Trump de coerción económica, aranceles punitivos, instrumentalización de las cadenas de suministro y uso del poder militar, han traído de vuelta aires imperiales decimonónicos. El poder habla en voz alta y sin necesidad de justificaciones morales. Algo que, quizás con menos histrionismo y alarde, pero más descaro, vienen practicando hace más tiempo la Rusia imperial del zar Putín y la China milenaria del emperador Xi Jinping.
Sólo aquellas que han sido denominadas potencias medias, como Brasil, Canadá, Australia y buena parte de Europa, siguen sosteniendo un discurso ético y moral en el tratado de las relaciones internacionales. Durante años confundieron cumplimiento con protección y prudencia con seguridad. Adaptarse parecía suficiente y evitar el conflicto la principal estrategia. Hoy descubren que la docilidad no ha comprado estabilidad. Quizás persistir en la retórica de las normas nos pueda parecer sensato, pero en realidad es una forma de autoengaño. Seguir invocando un orden que ya no funciona lo convierte en ritual vacío.
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Bien se sabe que vivir dentro de la mentira es cómodo, pero salir de ella tiene costos. La ruptura no es un gesto retórico. Es un acto político que implica dejar de simular una estabilidad inexistente y empezar a pensar qué tipo de cooperación es posible cuando las viejas garantías han desaparecido.
La incertidumbre genera repliegue, una búsqueda de autonomía estratégica. Reforzar la soberanía y blindar la economía. La lógica de la fortaleza. Sólo que la autosuficiencia absoluta no es un proyecto político, es una estrategia de supervivencia. Pero la historia muestra que el aislamiento rara vez ofrece soluciones duraderas. La política exige la construcción de un espacio común donde la pluralidad no sea una amenaza, sino una condición.
El poder no nace de la imposición, sino de la acción concertada. Un orden internacional sostenido únicamente en la coerción puede durar un tiempo, pero no genera legitimidad ni estabilidad. Por eso, la discusión de fondo no es solo geopolítica, sino cultural. Se trata de decidir si seguiremos actuando como si el viejo orden existiera o si asumiremos la incomodidad de pensar el mundo tal como es. Lo cual, al final del día, no es un lujo intelectual sino es una forma de resistencia frente a la inercia.
Las alianzas flexibles, las coaliciones por temas, la cooperación entre países que comparten intereses y ciertos valores mínimos aparecen como alternativas menos grandilocuentes, pero más realistas, que la repetición automática del multilateralismo agotado. Esto implica identificar áreas donde la colaboración es posible (llámese energía, salud, tecnología, seguridad alimentaria) y apostar por alianzas pragmáticas, sin perder de vista los valores democráticos y la pluralidad.
Nada de esto garantiza un futuro mejor, pero si lo abre a alternativas reales. Eso sí, exige responsabilidad. Porque el verdadero riesgo no es que el orden haya terminado, sino que sigamos comportándonos como si no lo hubiera hecho. La historia muestra que los momentos más peligrosos se manifiestan cuando el lenguaje y la realidad dejan de coincidir.
Por Mauricio Jaime Goio.