Como Alejandro, y sobre todo como actor de teatro que conoce bien lo que cuesta pararse en un escenario, hace poco vi un video que me dejó pensando mucho. Trataba de una hormiga que fue picada por un Peto y, por miedo, su propia colonia le dio la espalda. La pobre se fue, enferma y sola, pidiendo un poquito de ayuda que nunca llegó. Pero cuando se murió, toditos en la colonia viajaron kilómetros para llorarla en su entierro. La moraleja es claringa; el verdadero cariño y respeto no llega con flores al velorio, llega con ayuda cuando más la necesitás en vida.
Pucha, ¿no es esta la mismita historia de nuestros artistas en Bolivia? El caso del gran maestro David Santalla nos pinta esta realidad de cuerpo entero. A él y a su incansable esposa, Sandra Saavedra, siempre se los vio trabajando y poniéndole el pecho a la adversidad. Incluso cuando el maestro seguía gravemente enfermo, batallando contra el cáncer y débil por las quimioterapias, no les quedaba de otra que seguir produciendo para poder costear los altísimos gastos médicos, los vimos vendiendo libros, muñecos de sus personajes, revistas de colección, haciendo shows virtuales y hasta horneando panetones. Gente que nos ha regalado años de cultura, que deja el alma en las tablas construyendo nuestra identidad cruceña y boliviana con puro sudor, termina en esta situación. Porque cuando el telón baja, la salud les falla o los años les pesan, quedan más abandonados que la hormiguita del cuento.
Ahí es donde uno, con justa rabia, se pregunta, ¿Dónde están los políticos? ¿Dónde se mete el Ministerio de Culturas, Descolonización y Despatriarcalización, los alcaldes y los gobernadores cuando un actor está batallando en la cama de un hospital y no tiene plata ni pa’ los remedios? Se hacen los de la vista gorda. Los dejan a su suerte, obligando a sus familias a organizar kjaras, kermesses y rifas para salvarles la vida.
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Pero eso sí, no vaya a ser que el artista cierre los ojos para siempre, porque ahí son los primeritos en hacer cola para salir en la foto. Llegan con la medalla, la declaratoria de hijo ilustre y se mandan discursos larguísimos hablando de la “pérdida irreparable”. ¿De qué le sirve una cinta de honor a un difunto? ¿De qué le sirve a la familia un cartón enmarcado si días antes estaban rogando por una receta médica?
Ya es hora de dejarnos de burreras y exigir cambios reales desde todos los frentes. En primer lugar, necesitamos un seguro de salud de verdad y una jubilación digna. No puede ser que quienes dedican su vida a la cultura estén mendigando atención médica; se tiene que crear un fondo solidario de salud exclusivo para los trabajadores del arte. Al mismo tiempo, debemos entender que el cuerpo pasa factura, la memoria pesa y la voz se cansa. Un artista no puede estar obligado a subir a un escenario hasta el último día de su vida solo para tener qué comer. La famosa Ley del Artista (Ley 2206) hoy por hoy es un adorno; exigimos que se reglamente de una vez un sistema de jubilación real y efectivo.
Por otro lado, hacen falta presupuestos que lleguen a donde importan y un trato sin abuso burocrático. El Ministerio de Culturas tiene que dejar de gastar solo en tarimas políticas y destinar fondos de apoyo directo para las emergencias de nuestros creadores. Y aquí hay que hablar claro: la Secretaría Municipal de Cultura y Turismo acostumbra a pagarnos cuando les da la reverenda gana. Nos hacen esperar más de un año por un pago que es nuestro derecho, mendigando por un trabajo que ya hicimos. Hay que acabar con esa falta de respeto y dignificar nuestra labor.
Finalmente, el reconocimiento tiene que llegar cuando corresponde. Los homenajes, los teatros con sus nombres, los premios y los aplausos se los tienen que dar ahorita, mientras pueden sonreír, escuchar y agradecer. Pero nosotros como público también pongamos de nuestra parte. Paguemos la entrada al teatro y dejemos de pedir siempre la “entradinga” gratis. El aplauso alimenta el alma, pero no paga el supermercado ni la farmacia.
No dejemos que nuestros talentos mueran en el olvido, para recién acordarnos de lo mucho que valían cuando ya no están. Apoyemos a nuestros artistas hoy. Porque como dice el dicho: “En vida, hermano, en vida”.
𝐏𝐨𝐫: 𝐀𝐥𝐞𝐣𝐚𝐧𝐝𝐫𝐨 𝐁𝐫𝐨𝐰𝐧 𝐈. (𝙰𝚋𝚘𝚐𝚊𝚍𝚘 𝚢 𝚎𝚡 𝚎𝚡𝚒𝚕𝚒𝚊𝚍𝚘 𝚙𝚘𝚕í𝚝𝚒𝚌𝚘 𝚙𝚘𝚛 𝟷𝟸 𝚊ñ𝚘𝚜)
