¿Hasta cuándo la agrobiotecnología para Bolivia?


 

 



 

El nuevo ciclo político y económico que comenzó recientemente en Bolivia ha infundido en la población, la esperanza de que el accionar estatal sea diferente y no se repitan los errores de los últimos veinte años que impidieron un mayor desarrollo agropecuario, agroindustrial y agroexportador del país. Para salir de la crisis, hay que tomar definiciones y el tiempo apremia: ¿Daremos el salto a la agricultura del siglo XXI o nos distanciaremos de quienes han decidido producir más, mejor y de forma sostenible usando la ciencia y la tecnología?

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A la luz de lo visto desde 1996, año en que se permitió el comercio de alimentos genéticamente mejorados a partir de la biotecnología, se ha podido confirmar que esta es una potente herramienta que puede mejorar la vida de los agricultores, dinamizar las cadenas productivas, generar empleos y reducir el impacto ambiental en la producción de alimentos. La biotecnología como una opción innovadora puede ser de gran utilidad para el desarrollo del país, siempre que desde el Estado se deje que el campo produzca y se pueda exportar con libertad.

Santa Cruz, p. ej., pese a todas las restricciones se ha convertido en líder productor de alimentos en Bolivia y —apoyado en la tecnología moderna- desde el año 2000 ha generado divisas por más de 20.000 millones de dólares a partir de la exportación de soya y derivados, luego de consagrar la soberanía alimentaria en este rubro y aportar al desarrollo del país. Desde el punto de vista social, más de 100.000 empleos directos e indirectos y un millón de personas se benefician de dicha actividad —pese a contar con un único evento biotecnológico autorizado—, ya que las precedentes autoridades nunca entendieron lo virtuoso que es producir más y mejores alimentos, con un menor impacto ambiental, además.

¿Los pequeños agricultores se pueden beneficiar de la biotecnología? Por supuesto, ya que no es patrimonio exclusivo de los grandes productores, como los malos activistas lo quieren hacer ver. Al contrario, puede ser un factor clave para los pequeños productores, que son los que más riesgos enfrentan y mayores pérdidas asumen, al ser los más vulnerables a los ataques de bichos, hierbas, hongos y el embate del clima.

Como las semillas genéticamente mejoradas reducen el uso de insecticidas, herbicidas, fungicidas y son tolerantes al estrés hídrico, esto implica mayor productividad, menores costos, menos exposición a los agroquímicos y un incremento de ingresos, lo que para un pequeño agricultor puede marcar la diferencia entre ganar o perder y endeudarse o invertir.

De otra parte, aunque los opositores digan lo contrario, la biotecnología entraña un beneficio ambiental que debería ser reconocido con honestidad. En Santa Cruz, p. ej., el 80% del área de cultivo de soya utiliza prácticas conservacionistas que benefician a la naturaleza, como la siembra directa y la rotación de cultivos —asociadas a la ciencia y la tecnología— lo que protege el suelo, reduce la erosión, conserva la humedad y disminuye la huella ambiental.

Pero el impacto del avance del agro no acaba en el campo, pues cada aumento de la productividad agrícola tiene un gran efecto multiplicador, ya que si crece el volumen de producción y exportación, también la contratación de más servicios de transporte, almacenamiento, seguros, financieros, comercio, industria, profesionales, etc., generando miles de empleos dignos adicionales.

Es por eso que el Instituto Boliviano de Comercio Exterior (IBCE), de forma recurrente viene insistiendo en que, apostar por sectores productivos con capacidad de rápida reacción —como la agropecuaria, agroindustria y agroexportación— es una de las pocas vías realistas para reactivar la economía y evitar que más bolivianos caigan en la pobreza o se tengan que ir del país —como ha ocurrido en los últimos veinte años por causa de romanticismos improductivos— condenando al país a un estancamiento y, a los pobres, a seguir siéndolo.

Es preciso reafirmar, además, que los alimentos genéticamente mejorados son seguros. No lo digo yo, sino, 183 Premios Nobel, las mentes científicas más respetadas del planeta, que han afirmado públicamente que los alimentos a partir de semillas genéticamente modificadas no hacen daño y muchas veces son más saludables que los producidos convencionalmente al usar menos plaguicidas.

Países desarrollados y en desarrollo producen cada vez más soya, maíz y algodón transgénicos con rendimientos muy superiores a los cultivos tradicionales. Hasta Cuba apostó por ello para combatir el hambre y aumentar su producción: la ciencia se impone al dogma, cuando la necesidad aprieta.

Tomar una decisión a favor del pleno uso de la biotecnología atañe al futuro de nuestros hijos: ¿Queremos un país que exporte gente o alimentos? No se trata de una imposición, sino, de permitir la coexistencia de distintas formas de producción, respetando la libertad de elegir y el derecho a trabajar.

Sembrar ciencia y tecnología, hoy, nos permitirá cosechar un mejor futuro, mañana.

 

Gary Antonio Rodríguez Álvarez

Economista y Magíster en Comercio Internacional