Lejos de ser una ruptura absoluta con nuestra historia, la inteligencia artificial prolonga viejas operaciones culturales bajo una nueva forma técnica. El verdadero dilema no es tecnológico, sino civilizatorio. ¿Estamos dispuestos a delegar en algoritmos aquello que define nuestra responsabilidad, nuestro juicio y, en última instancia, nuestra idea de lo humano?
Fuente: https://ideastextuales.com
Para muchos la inteligencia artificial representa una amenaza existencial para la humanidad. Para otros un salvador que nos liberará del trabajo, del error e incluso del sufrimiento. Sea cual sea la posición que detentamos, da la impresión de que nos enfrentamos a algo radicalmente ajeno a nuestra historia cultural.
Sin embargo, la inteligencia artificial no es un ente ajeno llegado del futuro. Desde que el ser humano empezó a escribir, a contar, a clasificar, a delegar memoria en objetos, ha intentado hacer lo que hoy hacen los algoritmos, aunque a menor escala y con menor velocidad. La IA no inaugura una nueva forma de pensar, amplifica algo existente.
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El antropólogo Claude Lévi-Strauss sostenía que no hay pensamientos “primitivos” y “civilizados”, sino formas distintas de organizar la experiencia. El pensamiento mítico y el pensamiento científico no se oponen. Operan con estructuras similares, pero sobre materiales distintos. Siguiendo este razonamiento, la inteligencia artificial podría leerse como una forma técnica de reorganizar relaciones, diferencias y patrones que ya estaban ahí.
La IA no piensa: clasifica. No comprende: correlaciona. No interpreta: optimiza. Operaciones que han sido siempre el núcleo de la vida social. Clasificamos personas, roles, valores, peligros, afectos. Organizamos el mundo en oposiciones —normal/anormal, permitido/prohibido, útil/inútil— y luego actuamos como si esas categorías fueran naturales. Los algoritmos no inventan, aceleran.
El verdadero problema civilizatorio no es que las máquinas se parezcan demasiado a nosotros, sino que nosotros estemos dispuestos a parecernos demasiado a ellas. Cuando una sociedad empieza a delegar decisiones morales, políticas o simbólicas en sistemas que no participan de la experiencia vivida, algo comienzan a funcionar mal. No se trata de conciencia artificial, sino de responsabilidad artificial: ¿quién responde cuando una decisión algorítmica discrimina, excluye o castiga?
La promesa de neutralidad técnica es uno de los mitos más persistentes de la modernidad. Todo sistema de IA está entrenado con datos, y todo conjunto de datos es una expresión de prácticas sociales previas. Los prejuicios no desaparecen en el código, se cuantifican. La desigualdad no se corrige automáticamente, se optimiza. La violencia simbólica no se elimina, se vuelve eficiente. Pensar que la tecnología puede resolver por sí sola los conflictos humanos es una peligrosa superstición.
Desde una perspectiva antropológica, la inteligencia artificial funciona como un nuevo sistema mítico. No porque cuente historias con dioses y héroes, sino porque organiza el sentido, prometiendo orden donde hay caos, predicción donde hay incertidumbre, cálculo donde hay ambigüedad. La IA no reemplaza a la cultura, simplemente la reorganiza. Cambia nuestra relación con el tiempo, con el trabajo, con el lenguaje y, sobre todo, con la idea de decisión.
El riesgo civilizatorio no está en que las máquinas nos dominen, sino en que aceptemos sin resistencia una redefinición empobrecida de lo humano. Si lo humano queda reducido a lo medible, lo predecible y lo eficiente, entonces todo lo que excede esas categorías —el error, la contradicción, la ambigüedad, el silencio— empieza a verse como un defecto. Lo que constituye un problema, pues estas zonas opacas han sido siempre el motor de la creación cultural.
Aquí la pregunta relevante que cabe hacerse no es qué hará la inteligencia artificial con nosotros, sino qué tipo de civilización queremos construir con ella. Una que delega su juicio o una que se sirve de la técnica sin abdicar de la responsabilidad.
El mayor desafío que nos presenta la IA es que nos obliga a repensar qué entendemos por inteligencia, trabajo y creatividad. Nos enfrenta a la tentación de confundir complejidad con profundidad y velocidad con progreso. Como tantas otras veces, la civilización se mira al espejo de su propia invención y no siempre le gusta lo que ve.
Por Mauricio Jaime Goio.
