La insultocracia como forma de hacer política


*Por: Antonio Saravia

La violencia verbal es la tónica. Lo que confirma una gravedad: el fin del civismo en el ejercicio de la política y del éxito de la estrategia populista que alimenta el discurso del odio. La dialéctica política se ha envilecido. La tuiterización del discurso se ha agravado y unos nichos pseudo ideológicos han ocupado el espacio reservado a las discusiones con altura, con fundamento para llegar a grandes acuerdos nacionales y regionales. Ahora somos un país penalizado por un cainismo casi enfermizo, unos en busca de visibilidad efímera y otros en busca de una audiencia enfermiza, todos bajo el común denominador del discurso del odio.



Desde el habitual mentiroso hasta el corrupto, el insulto en la política boliviana presenta un arco muy amplio de verborragia compulsiva bastante desagradable para nosotros, los ciudadanos que presenciamos a diario esta clase de sandeces, amplificadas por las redes sociales (diseñadas expresamente para el odio) y de un pool de medios de comunicación cuya única oferta es el encono, lo altisonante y la polémica rústica.

Para algunos no son descalificaciones, sino descripciones de conductas reñidas con la ley o de acciones que deben ser calificadas con toda dureza. El inconveniente es que esta cascada de insultos llama la atención por el volumen y la virulencia, no por tratarse de un lance excepcional en la vida política boliviana, sino por una (mala) costumbre y que tuvo sus inicios con la llegada de un masismo virulento, polarizante y, en extremo, radical que dividió a boliviano, incubó saña y hasta diseñó nuevas categorías de bolivianos en desmedro de otros.

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Desafortunadamente, nuestra historia nos refleja – tanto antes como después – una sarta de momentos muy elevados de trifulca entre los principales representantes públicos. Escenas como la del concejo municipal, en el periodo de Gaby Candia donde se trenzaron a puñetes encima de la mesa de dicha institución. Un bochorno inaceptable. De igual manera, el concejo municipal de Santa Cruz no escapó a estos incidentes. Ni qué decir del Congreso donde se produjeron riñas físicas y verbales que recorrieron el mundo para vergüenza nuestra.

La pregunta es si el ejercicio de la política está desgañitado. Si ya no cuenta con altura, con prudencia, con madurez. Si los nuevos actores políticos provienen de una falta de educación cívica o de una falta de principios que se promueven desde el hogar. Independientemente si se es humilde a acomodado. El vaciamiento de educación es transversal. Y eso es lo más alarmante. Como sociedad estamos incivilizados. Incultos. Maleducados. Somos grotescos en nuestro accionar diario.

La intolerancia es el camino. ¿Alguna vez habrá habido un mínimo de decoro y respeto por encima de las diferencias ideológicas? Por supuesto que no. Antes, hoy y mañana, el insulto es la estrategia. El corolario de una ausencia de valores familiares y de un civismo escolar paupérrimo. La diferencia, quizás, es su amplificación y viralización instantánea provocada por las plataformas digitales. Ahora el agravio es global.

Vivimos en una insultocracia. La democracia maniatada por la polarización extrema en un ring de boxeo donde vuelan los protectores bucales después de cada mamporro. No importa el rival. La greña está garantizada. Un cuadrilátero con olor agrio en el que la descalificación sistemática y el lenguaje grosero han desplazado a la crítica desde la argumentación y el respeto más elemental.

Cada accionar de un político, en las salas del congreso, de las asambleas o concejalías, queda registrado, para el archivo histórico nacional. Las futuras generaciones – por lo menos aquellos que tengan un interés académico – no sabemos si se mofarán de los lunfardos proferidos o si avergonzarán por no haber podido desterrar esta forma burda de ejercer la política.

¿Acaso será necesario implementar un insultómetro en nuestros concejos municipales, congresales y debates electorales para entregar copas y medallas a los más melifluos para el bochorno de nuestras instituciones?

¿Acaso habremos llegado a ese punto, de premiar al más burdo, torpe y socarrón?

Y si a esta reflexión le añadimos que la mentira prácticamente anuló a la verdad, la gravedad del asunto es mucho más grave de lo que creemos.

La verdad tiene menos peso, menos valor. La mentira es sexy. Atractiva. Explosiva. La verdad es plana, sobria, recatada. Existe una percepción de que todo está emponzoñado y por lo tanto, debemos enfrentar los debates a punta de navajazo – no estoy minimizando los debates duros e intensos como deben ser; estoy marcando las tintas en aquellos debates ofensivos y de baja calaña – y aquel electorado que presencia el bodrio se queda con el exabrupto, porque de propuestas, se queda huérfano.

Es la crónica de una degradación del ejercicio de la política. Un muy buen amigo, en medio de nuestro café, me dijo que los periodistas eran los de antes…Y, claramente, lo políticos, también, eran los de antes.

*Profesor de Economía y Director del Centro para el Estudio de la Economía y la Libertad en la Universidad Mercer. Candidato a la vicepresidencia de Bolivia en 2025