La ruptura de la Ilustración


Desde el estallido de la Ilustración hasta el vértigo del enjambre digital, la historia de la modernidad puede leerse como una tensión entre razón y comunidad, progreso y pérdida. El siglo XVIII inauguró la confianza en el pensamiento autónomo y el ideal de libertad individual; la Revolución Industrial transformó los lazos orgánicos en engranajes anónimos; y la era digital desafía nuevamente los fundamentos de la verdad y el sentido colectivo. Entre el “atrévete a saber” y el miedo al algoritmo, este recorrido explora cómo cada revolución tecnológica y cultural ha redefinido nuestra manera de pensar.

Jaime Duran Barba

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Voltaire y Jean-Jacques Rousseau. | cedoc

 

Fuente: Perfil.com



  1. El despertar de la razón. El siglo XVIII, bautizado como el “Siglo de las Luces”, representó la ruptura más profunda en la historia de la sociedad occidental. La Ilustración emergió como un movimiento intelectual, filosófico y cultural cuyo objetivo era “iluminar” a la sociedad combatiendo las sombras de la ignorancia, la superstición y la tiranía a través del uso de la razón.

Más allá de la producción bibliográfica –que podía parecer poco importante en una sociedad mayoritariamente analfabeta–, los ilustrados cimentaron los pilares de la modernidad: el racionalismo y la fe en el progreso; el laicismo y una crítica frontal al absolutismo; el cuestionamiento del derecho divino de los reyes en favor de la democracia.

Lo que se inició como conversaciones subversivas en cafés parisinos, según relata Jûrgen Habermas, se transformó en el motor de hitos trascendentales, como la Independencia de los Estados Unidos y la Revolución Francesa de 1789. Immanuel Kant sintetizó este espíritu con la máxima Sapere Aude (“Atrévete a saber”), señalando que la Ilustración puso fin a la “infancia” de la humanidad y nos exigió pensar por nosotros mismos, superando textos sagrados y concepciones mágicas.

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2. La revolución de la privacidad y la lectura. El individualismo resultante de esta revolución transformó la vida cotidiana. En la sociedad tradicional, la comunicación era compartida: la llegada de una carta constituía un evento social y, aunque fuera privada, se leía en voz alta para que toda la comunidad participara de su contenido.

De igual forma, la lectura era una actividad comunitaria que se realizaba en iglesias u otros espacios públicos. Leer en soledad era percibido como algo “peligroso”, porque la lectura compartida garantizaba el control social: si todos escuchaban lo mismo simultáneamente, se aseguraba la uniformidad del pensamiento. Fue, paradójicamente, la lectura individual y silenciosa la que fomentó el libre albedrío y motorizó la transformación ilustrada.

En contraste, la sociedad hiperconectada actual ha diluido la privacidad. Hoy publicamos “cartas” (posts o tuits) en muros públicos, integrados a comunidades virtuales donde el exhibicionismo y el voyerismo alientan la libertad. Mientras la comunidad preindustrial pretendía controlar verticalmente a la población, las comunidades digitales potencian su libertad hasta el infinito.

La lectura era una actividad comunitaria que se realizaba sobre todo en iglesias. Leer en soledad era percibido como algo «peligroso», porque la lectura garantizaba el control social

3. De la comunidad orgánica a la masa urbana. Antes de la primera Revolución Industrial, la vida se organizaba en comunidades orgánicas –la aldea, el gremio o la parroquia– donde los seres humanos tenían rostro y la identidad de cada uno se fortalecía por el trato personal. La industrialización impuso una migración hacia ciudades masificadas y anónimas, transformando al vecino en un extraño y al individuo en una partícula indiferenciada dentro de la masa urbana.

Esta transición alteró también nuestra relación con el tiempo. La sociedad tradicional se regía por los ciclos de las estaciones y la relación humana. El artesano trabajaba en su hogar, integrado a su familia y a una comunidad laboral.

En la sociedad industrial la fábrica impuso un tiempo lineal y rígido: la “esclavitud del reloj”. La comunicación humana fue sustituida por turnos de trabajo regidos por una fría disciplina. La sociedad pasó a gestionarse como un dispositivo mecánico donde los seres humanos, convertidos en piezas de un engranaje, debieron priorizar la “eficiencia” por encima del sentido comunitario del taller.

4. El conflicto con el progreso: ludismo y neoludismo. La Revolución Industrial necesitó del individualismo para fomentar la competencia entre trabajadores y consumidores. Esto generó la resistencia de figuras como Ned Ludd, personaje mítico que incitó a destruir las máquinas por temor a que la tecnología aniquilara los valores humanos. Los luditas eran artesanos que veían en el telar no solo un productor de paños, sino una fuente de pobreza, soledad y la ruina del taller familiar. Para el pensamiento ilustrado, eran “irracionales” que se oponían al avance de la ciencia.

En la actualidad, surge un neoludismo que teme al progreso. Así como ayer combatieron al telar, hoy temen que la inteligencia artificial destruya el empleo, la verdad y la esencia humana, en un contexto en el que impera la posverdad y se desconfía de las esencias.

5. El enjambre digital. La cuarta revolución industrial no nos devolvió a la aldea, pero ha permitido superar el individualismo ilustrado, llevándonos a ser más sociales que nunca, aunque de una manera distinta. Dependemos de comunidades virtuales efímeras. Sin embargo, el panorama es ambivalente: el desprecio por la razón empuja a muchos hacia el disparate, resurgiendo el racismo, el maniqueísmo, la superstición y el fanatismo.

Como señala Byung-Chul Han, el individuo contemporáneo actúa como parte de un “enjambre” digital. A diferencia de la comunidad de la sociedad tradicional, las comunidades digitales carecen de una teleología; potencian un cambio constante sin una orientación clara, lo que las hace poco previsibles.

* Profesor de la GWU. Miembro del Club Político Argentino.

Fuente: Perfil.com