La persistencia de la obra de J. R. R. Tolkien nos revela que su obra se sostiene en algo culturalmente muy poderoso. Es mucho más que un simple fenómeno editorial. Esta cargada de un simbolismo que representa la necesidad contemporánea de recuperar mitos arcaicos. Más que fantasía, su universo constituye una arquitectura simbólica que interpela al poder, a la memoria y a los límites de la modernidad.

En una época en la que pareciera que casi nadie lee, es impresionante el éxito de ventas que constituye la obra de John Ronald Reuel Tolkien (Bloemfontein, Estado Libre de Orange, 3 de enero de 1892 – Bournemouth, Inglaterra, 2 de septiembre de 1973), creador de la conocida saga literaria de El Señor de Los Anillos. Sorprende enterarse que las ventas acumuladas en 15 años han superado los 600 millones de libros. Sin embargo, su vigencia no puede explicarse solo por su eficacia narrativa, o achacarla a las adaptaciones cinematográficas de la saga. Se sostiene en algo mucho más complejo.

Para entender este fenómeno resulta muy interesante un artículo publicado por Michael Drout (Massachusetts, 1968), especialista en la obra del autor británico, recientemente en el New York Times, en el cual desarrolla un análisis muy interesante sobre la estética y los alcances de sus libros. Para él no es una obra exclusivamente fantástica. Se trata del desarrollo de un sistema cultural, a partir de estructuras simbólicas que la humanidad identifica desde tiempos remotos. En la épica de El Señor de los Anillos subyace una arquitectura mítica que articula ciertas oposiciones básicas: naturaleza-técnica, memoria-olvido, límite-desmesura, comunidad-poder absoluto.



Se trata de la representación de una forma de vida, de un sistema cerrado que genera sus propias explicaciones. El tiempo transcurre con la cadencia de las estaciones, del ritual cotidiano. Los hobbits, expresión de un ideal agrario europeo que percibe la modernidad como amenaza, son los protagonistas morales de la historia. En oposición, Mordor es el territorio de la técnica deshumanizada, del paisaje convertido en máquina, humo y homogeneización.

Tolkien casi nació con el siglo XX.  Vivió dos guerras mundiales, siendo testigo del ascenso de una racionalidad que, prometiendo un progreso ilimitado, terminó produciendo una devastación apocalíptica. Su mitología no pretende negar la modernidad, pero lo pone en entredicho. El núcleo simbólico de su obra, el anillo, sostiene la perturbación que genera esta contradicción. Por una parte, promete unidad, control, eficacia absoluta. Pero al mismo tiempo corrompe y destruye a quien lo posee. La ponzoña del poder sin límite.

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Tolkien comprendió que el mito no desaparece con las sociedades secularizadas, sólo se transforma. Su función estructural permanece, organizando contradicciones, ofreciendo mediaciones simbólicas, permitiendo que una sociedad piense sus tensiones sin destruirse.

Culturalmente las distintas “razas” de la Tierra Media se deben entender más allá de su morfología, como arquetipos que definen posiciones diferenciadas frente al tiempo y la memoria. Los elfos simbolizan la larga duración, la nostalgia de lo eterno, el peso de la historia. Los hombres, la finitud y la incertidumbre. Los enanos, la relación técnica con la materia. Los hobbits, la cotidianidad doméstica. Cada grupo constituye una manera de habitar el mundo, generando una cartografía simbólica donde las diferencias no son eliminadas sino articuladas. En un mundo que tiende a uniformar identidades y a simplificar narrativas, Tolkien apuesta por la pluralidad. El poder absoluto, siguiendo esta lógica, es incompatible con la diversidad cultural. Una reconfiguración simbólica de tradiciones nórdicas, cristianas y germánicas que dialogan con las crisis del siglo XX. Un dispositivo cultural que reflexiona sobre el poder, la corrupción y el sacrificio.

A casi 100 años del inicio de la saga, la vigencia se entiende por su capacidad de articular estructuras profundas del pensamiento humano. Allí donde el presente parece fragmentado y acelerado, su narrativa introduce una temporalidad larga. Allí donde el discurso contemporáneo exalta la eficiencia y el dominio, su mito recuerda el valor del límite y la renuncia. En resumidas cuentas, porque fue capaz de comprender que el mito no es arqueología, sino una forma permanente del pensamiento humano. Su obra reorganiza materiales antiguos para responder a preguntas contemporáneas. Y en esa reorganización ofrece a lectores de distintas culturas un lenguaje compartido para pensar el poder, la pérdida y la esperanza.

Puede que la Tierra Media no exista en los mapas, pero sus estructuras simbólicas siguen operando en nosotros. Y mientras las sociedades necesiten relatos para organizar sus tensiones y comprender sus límites, Tolkien continuará siendo un eficaz arquitecto de mitos contemporáneos.

Por Mauricio Jaime Goio.