Las subnacionales y la antítesis de Midas


Por: Misael Poper

La primera lección que el MAS deja a Bolivia es brutal en su sencillez: hay fuerzas políticas que no solo gobiernan mal, sino que convierten el poder en un ácido que corroe todo lo que toca. Si la metáfora clásica es la mano de Midas que transforma en oro cuanto roza, el MAS fue exactamente lo contrario: una antítesis de Midas, un poder que, al contacto, destruye instituciones, degrada la ética pública y agota recursos que debían durar generaciones, que puede volver a ocurrir.



El MAS no “tuvo errores”; fracasó en lo más básico: administrar. No se trata de una anécdota de mala gestión, sino de una incapacidad estructural.

– Confundió Estado con botín, militancia con méritos y lealtad con competencia.

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– Desarmó la noción de servicio público y la sustituyó por un sistema de premios y castigos: cargos, contratos, viajes, publicidad, a cambio de obediencia acrítica.

– Dilapidó la mayor bonanza de recursos naturales de la historia reciente, sin crear una base productiva sólida, sin diversificar la economía, sin preparar al país para el escenario inevitable de “post-gas”.

En tal sentido, el resultado es que el MAS nos enseñó algo incómodo, pero necesario: hay proyectos políticos que, por su lógica interna, están condenados a fracasar cuando se los expone a la prueba de la realidad. Y esa lógica no desaparece solo porque algunos de sus exintérpretes cambien de color de camiseta.

La mano de Midas simboliza la capacidad de transformar lo ordinario en valioso. El MAS hizo lo contrario: transformó oportunidades extraordinarias en crisis profundas.

– Tuvo poder social, simbólico y económico como ninguna fuerza desde 1982.

– Tuvo legitimidad electoral reiterada, respaldo internacional, precios récord de materias primas, margen para reformar y planificar a largo plazo.

– Y, pese a todo ello, dejó a Bolivia con una economía más vulnerable, instituciones más debilitadas y una sociedad más fragmentada.

Eso no es mala suerte ni conspiración externa; es la marca de un proyecto que vino a “refundar” el Estado, pero en los hechos lo capturó para sus redes, lo saturó de clientela y lo vació de profesionalismo. El MAS no fue capaz de crear valor institucional: no dejó un sistema judicial mejor, ni una burocracia más competente, ni reglas de juego más claras. Dejó, más bien, una cultura de improvisación, de culto al líder y de impunidad negociada.

Por lo que, el MAS como sigla puede agonizar, pero el “paradigma MAS” sigue vivo en muchos de sus exacólitos, vástagos políticos y “expulsados a conveniencia” que hoy se presentan como renovadores o víctimas de aquello que ellos mismos ayudaron a construir.

El problema no es solo histórico, sino de ADN político:

— Quien se formó en esa escuela aprendió que el fin justifica los medios, que la ley es un obstáculo moldeable, que el control social se compra, se intimida o se cooptan.

— Aprendió que la militancia da derecho a vivir del Estado y que “perder el poder” es sinónimo de “persecución”, aunque los delitos sean concretos.

— Interiorizó que el líder está por encima de las instituciones y que el relato vale más que los datos.

Por lo que, no basta con que el MAS pierda su sigla o su caudillo original. Mientras sus cuadros reciclados sigan ocupando espacios cruciales, el paradigma de la mano destructora seguirá colonizando las decisiones públicas: el mismo reflejo de manipular, controlar, repartir, castigar y usar al Estado como feudo. La forma cambia, el fondo no.

La salida de un ciclo político no se consuma el día de la elección; se consuma cuando la sociedad decide no volver a entregar el timón a quienes demostraron, reiteradamente, que no saben manejar el barco. Eso implica algo duro pero imprescindible:

— No otorgar el beneficio de la duda a quienes ya demostraron qué hacen con el poder.

— Reconocer que la experiencia masista no fue una “oportunidad perdida” sino una advertencia clara de a quiénes no puede devolverse la llave del Estado.

— Entender que la verdadera renovación no es estéticamente “joven” ni discursivamente “radical”, sino éticamente incompatible con la cultura política que el MAS sembró.

Bolivia no puede permitirse que los vestigios del MAS, sus exacólitos, sus herederos de ocasión, sus conversos tácticos; vuelvan a mandar sobre presupuestos, ministerios, empresas públicas y justicia. No porque se les niegue el derecho a participar, sino porque su historial demuestra que, cuando les das la mano, no convierten nada en oro: lo convierten en ruina.

El MAS nos enseñó, al precio más alto posible, que hay proyectos que no deben volver a gobernar. La tarea ahora es tener la memoria y la firmeza suficientes para que esa lección no se diluya en el próximo cálculo electoral.