Lo que pasa en Carnaval ya no se queda en Carnaval


Mónica Salvatierra, periodista

Comenzó el Carnaval y, con él, la sensación colectiva de que todo está permitido. En diferentes ciudades y poblaciones más pequeñas del país, la fiesta es tradición: identidad, economía, orgullo regional. Durante unos días, la calle parece suspender las normas y ofrecer una especie de amnistía emocional. Nos convencemos de que el exceso es parte del ritual y que la libertad, aunque desbordada, sigue siendo inofensiva. Pero hay un poder que no entra en pausa, que no bebe, que no baila y que no se deja llevar por la euforia: el poder de las redes sociales.



Antes, el exceso duraba una noche. Lo que pasaba en Carnaval se quedaba en la memoria imperfecta de quienes estuvieron ahí. Hoy no. Hoy cada gesto puede convertirse en contenido. No solo vivimos la fiesta: la transmitimos, la subimos, la archivamos. Plataformas como Facebook, Instagram, TikTok o X no son simples vitrinas sociales; son archivos permanentes de conducta. Son memorias que no olvidan.

El problema no es celebrar. El problema es no entender el nuevo ecosistema del poder. En Carnaval se combinan tres factores explosivos: desinhibición, presión social y cámara en mano. El alcohol reduce el autocontrol, la euforia colectiva empuja a hacer lo que normalmente no haríamos y la necesidad de validación inmediata nos lleva a compartirlo todo. La pregunta ya no es qué haces. La pregunta es quién lo graba, quién lo etiqueta y quién lo viraliza.

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Vivimos en la era del “todo queda”. Una imagen comprometedora puede reaparecer años después, cuando buscas trabajo, aspiras a un cargo público o intentas construir una carrera profesional. En países como Estados Unidos, los procesos migratorios revisan huellas digitales públicas como parte de sus filtros. No es paranoia ni teoría conspirativa: es la lógica contemporánea del análisis de datos. La fiesta de hoy puede convertirse en el obstáculo de mañana.

Lo más inquietante es que el poder ya no se ejerce solamente desde arriba. No es solo el Estado el que vigila. Nos vigilamos entre todos. Un amigo sube un video “de broma”. Otro lo comparte. Otro más lo convierte en meme. Y cuando intentas reaccionar, el archivo ya circula por canales que no controlas. Las redes han creado una forma de vigilancia horizontal que no necesita jerarquías ni órdenes formales. Es espontánea, pero profundamente efectiva.

El algoritmo no distingue contexto. No sabe si estabas en confianza, si fue ironía o si fue un error de una sola noche. Solo mide impacto. Y lo que genera emoción —indignación, burla, escándalo— se amplifica. El ridículo también viraliza. La imprudencia también genera tráfico. Y el tráfico es dinero. Las plataformas ganan con cada publicación, con cada clic, con cada reacción. El individuo, en cambio, asume el costo cuando su reputación se erosiona.

Y aquí está el punto central: hoy la reputación es capital. Capital social, profesional y político. Un reclutador revisa tus redes antes de contratarte. Un adversario político escarba en tus publicaciones antiguas para desacreditarte. Un socio potencial analiza tu coherencia entre discurso e imagen. Vivimos en una era donde el pasado digital es presente permanente.

Muchos creen que exageramos. Que un video “no es para tanto”. Que todo el mundo entiende que en Carnaval se pierde un poco la compostura. Pero internet no opera bajo el principio de la comprensión contextual; opera bajo la lógica de la acumulación y la permanencia. Borrar no siempre significa desaparecer. Las capturas de pantalla, los archivos descargados y la replicación constante hacen que el rastro digital sea más resistente de lo que imaginamos.

No se trata de moralismo ni de prohibir la fiesta. El Carnaval es parte de nuestra cultura y de nuestra libertad. Se trata de conciencia digital. De entender que cada publicación es una pieza en la construcción de nuestra identidad pública. Que cada imagen suma o resta en ese capital invisible que puede abrir o cerrar puertas.

En el fondo, el verdadero poder no está en la espuma ni en la comparsa. Está en quien controla la imagen y en cómo esa imagen circula. Hoy el poder no solo gobierna desde un palacio o desde una institución; gobierna desde el teléfono. Y la diferencia entre libertad y exposición puede reducirse a un clic.

Carnaval pasa. Internet no. La pregunta no es si vas a celebrar. La pregunta es si vas a administrar tu poder digital con la misma intensidad con la que administras tu alegría. Porque en el mundo contemporáneo, tu reputación es tu capital. Y el capital, cuando se pierde, rara vez se recupera por completo.