Hace unos días se hablaba de los primeros 100 días de gobierno del actual presidente de Bolivia, Rodrigo Paz. Cien días llenos de cambios: algunos leves, otros drásticos; cien días de renovación, de errores, pero sobre todo de expectativas sobre lo que realmente nos espera como país.
En el plano económico, Rodrigo decidió recurrir al Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y a la Corporación Andina de Fomento (CAF) para obtener préstamos destinados a la inyección y salvataje económico. Eliminó la subvención a los hidrocarburos, liberó de impuestos y aranceles ciertos productos y, además, la baja del dólar junto con el descenso del riesgo país permitió una escena casi cinematográfica: vehículos blindados llegando al Banco Central para reforzar la disponibilidad de divisas y liberar parcialmente el retiro de dólares, aunque en montos limitados.
Los cambios, sin duda, se sienten. Sin embargo, varios miembros de la oposición advierten que las medidas son superficiales, más cosméticas que estructurales. Y aunque muchos de esos cuestionamientos tienen puntos lúcidos, también se ha evidenciado que la oposición puede venir de todos los frentes, incluso desde el propio entorno político del presidente, cuya estructura partidaria ha mostrado fisuras. Esa combinación —crítica externa y fragmentación interna— es un desafío que Rodrigo aún no termina de manejar con solvencia.
Tal vez uno de sus mayores logros se encuentra en el manejo de la imagen exterior. La Cancillería ha desempeñado un papel notable: pese a ciertos sesgos evidentes, ha sabido sostener una posición pragmática de Bolivia ante el mundo. Con tropiezos incluidos, el país parece recuperar algo de credibilidad sin proyectarse como un Estado satélite. Esa narrativa de autonomía genera una sensación de certeza y relativa tranquilidad tanto en analistas como en el público general.
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No obstante, el gobierno ha atravesado errores importantes, algunos inevitables y otros claramente autoinfligidos. El cuestionable D.S. 5503, más allá del debate sobre los hidrocarburos, planteó atribuciones que irritaron a sectores amplios de la población y terminaron acorralando políticamente al Ejecutivo. A ello se sumaron decisiones mal comunicadas que revitalizaron a la Central Obrera Boliviana (COB), otorgándole un nuevo aire de protagonismo. Asimismo, la polémica por la calidad de la gasolina y el manejo errático de las candidaturas oficialistas en las elecciones subnacionales proyectaron una imagen de desorden e improvisación.
Rodrigo, por su parte, se jacta de los niveles de aprobación que —según Ciesmori— alcanzan el 65%. Sin embargo, la credibilidad de las encuestas en Bolivia es un debate recurrente. Más que un dato estrictamente técnico, el porcentaje termina convirtiéndose en bandera política, exhibida con pompa para reforzar una narrativa de respaldo popular, sea este sólido o circunstancial.
Quizás el error más persistente radica en la comunicación. A pesar de que Rodrigo insiste en destacar a Catalina Paz como su asesora, es evidente la influencia de Fernando Cerimedo, conocido por su cercanía con Javier Milei. Más que construir una estrategia propia, el oficialismo parece intentar un “copiar y pegar” del modelo argentino, con sus aciertos y, sobre todo, con sus excesos en redes sociales. La confrontación permanente puede servir para movilizar a una base dura, pero también desgasta y trivializa el debate público. Rodrigo debería revisar no solo el mensaje, sino el tono y las batallas que decide librar.
Ayer, el presidente ofreció un mensaje a altas horas de la noche, sin su séquito ministerial y, como se diría popularmente, “entre gallos y medianoche”. La escena transmitía una mezcla de cautela y control: tal vez la conciencia de que no todo ha sido un éxito rotundo, aunque acompañado del carisma habitual y la promesa reiterada de que todo estará bien.
En conclusión, estos primeros 100 días han sido caóticos. No se sienten como cien, sino como doscientos. El ritmo vertiginoso de decisiones, polémicas y rectificaciones ha marcado una gestión intensa, pero también frágil. Más allá de los números y de la aprobación coyuntural, Rodrigo debe cuidar el desgaste de su equipo y de su propia figura. Un gobierno agotado —internamente dividido y comunicacionalmente errático— es siempre más vulnerable que uno que, aun en medio de la tormenta, logra cohesión y claridad de rumbo.
Jorge Caro Molina
Analista y Abogado
